#22 Ren Keitani Vol. I: La Grieta

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El primer recuerdo nítido que tengo es el de mi madre, entrando en el cuarto con un desconocido, cerrando la puerta, y dejándonos a Randy y a mí en la calle

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El primer recuerdo nítido que tengo es el de mi madre, entrando en el cuarto con un desconocido, cerrando la puerta, y dejándonos a Randy y a mí en la calle. El segundo recuerdo es el de la aguja perforando la piel de mi madre mientras se drogaba y el tercero... El tercero, no sé discernir bien si es el olor a jabón de la madama que también se ocupaba de dar de comer y "educar" a los hijos de sus chicas o la mirada de terror de mi hermano cada vez que caía la noche, y mamá olvidaba abrirnos la puerta.

Ni Randy ni yo, conocimos a nuestro padre, el resto de mujeres que vivían en esa especie de comuna en la que nos criamos decían que mi hermano y yo éramos de padres distintos. En cambio, mi madre afirmaba lo contrario, y el que lo hiciera con la misma vehemencia con la que repetía que él volvería a buscarla, debería haberme puesto sobre aviso; pero siempre la creí.

De igual manera, no habría cambiado nada.

A ambos nos puso el apellido de ese hombre que para mí jamás dejó de ser una sombra y los hermanos Keitani, siendo o no hijos del mismo padre, siempre fueron inseparables.

Desde que tengo memoria he velado por mi hermano pequeño, al principio lo hacía por orden de mi madre, la madama o el resto de mujeres. Con el paso de los años se volvió algo natural y tan arraigado en mí, que cuando debía tomar una decisión o pedir algo, lo hacía siempre pensando para dos.

Vivíamos en la zona más sórdida, del barrio más pobre, de la parte más tétrica de la ciudad de Tokyo. No aparecía en los mapas y al resto del mundo incluso parecía darle miedo pronunciar su nombre. 

Comúnmente era conocido como La Grieta, ya que se trataba de una larga calle que atravesaba la ciudad como si de una cicatriz de miseria se tratara.

La Grieta era habitada por esa clase de personas que en toda gran ciudad existen, pero que la gente común, prefiere ignorar e incluso negar su existencia: drogadictos, asesinos, prostitutas, dementes... La mayoría era personas desahuciadas de su propia vida, de esa clase de seres con la mirada perdida y el alma rota.

En la parte más septentrional de La Grieta se alzaba un antiguo cuartel, era prácticamente el único edificio de más de una planta de altura que aún se mantenía en píe y allí; la madama creó un mundo propio, dónde olía a jabón, lubricante y loción de masajes.

Un oasis de telas rosas y transparencias, en el centro del infierno.

En la parte baja del edificio, en lo que una vez fueron las celdas individuales de los militares, las chicas de la madama ofrecían sus servicios y en una de esas habitaciones convertidas en hogar, nos criamos Randy y yo. En el cuartel sólo habitaban la madama, sus chicas, los hijos de éstas y el Mudo.

El Mudo era un tipo tan grande como una mole y con una inteligencia tan pequeña, como enorme era su cuerpo. Jamás le oímos hablar; se rumoreaba que en un ajuste de cuentas le cortaron la lengua por hablar demasiado, también se decía que, en esa misma disputa, fue dónde le marcaron la cara y le cortaron una oreja. La función del Mudo era proteger a la madama y a las chicas de los clientes conflictivos y ocuparse de aquellos que no pagaban por los servicios recibidos. Los niños del Cuartel crecimos evitando su hosca presencia y su oscura mirada. Él sólo se comunicaba a través de señas con la madama, quién dirigía el local con la misma férrea disciplina que durante años, se ejerció con los soldados que habitaron esas mismas paredes.

El pecado de amar a tu enemigoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora