Los primeros rayos de sol se cuelan por la pequeña abertura de la esquina de la celda de enfrente, despertando a las afortunadas que pudieron conciliar el sueño. Estamos a la espera de que en cualquier momento los soldados del rey aparezcan para llevarnos, pero aún no lo han hecho.
Las palabras de mi lord resuenan en mi cabeza "Ese hombre usa las peores artimañas para conseguir lo que su presuntuoso corazón desea".
¿Sera acaso esta otra de sus artimañas? ¿Le causara placer tener a los prisioneros torturados pensando en la hora de su fatal muerte?
El tiempo sigue su curso, otra vez no sé cuánto. Algunas mujeres han comenzado a desesperarse, otras a llorar y rezar en silencio. El tiempo vuelve a avanzar, y entonces aparece un guardia trayendo un balde de agua y un par de hogazas de pan que deja en la celda; alguna de las mujeres le exige respuestas, le pide ser liberada como si en sus manos estuviera el hacerlo, pero el guardia no responde y se marcha. Algunas se niegan a beber del balde sugiriendo que puede estar envenenado, pero otras sedientas beben a sorbos.
La verdad es que estoy sedienta y me uno al segundo grupo, aunque si es verdad que tiene veneno supongo que moriré saciando mi sed.
Las horas pasan acompañadas de nuestras suposiciones sobre quien morirá primero o si lo haremos juntas en la horca, pero ninguna de las dos sucede, no al menos este día, ni el siguiente.
Hemos compartido la celda estos días a la espera de un fatídico final, y esto ha permitido que se nos olvide que existen diferencias en la forma en que nos criamos, curioso como el indiscutible final de la muerte nos une. Hemos empezado a escuchar las historias de las demás y de otras sus preocupaciones: algún noble que se quedó en casa, hijos que esperan por ellas, padres que viven en otras ciudades del reino, y no falta la que maldice al hombre que nos encerró y la que ruega porque el príncipe no haya sido asesinado y pronto pueda venir a recuperar lo que es suyo.
Del vestido de novia no ha quedado mucho, me he visto en la necesidad de arrancármelo para poder respirar en medio de este lugar, auxiliada por alguna de las mujeres que ha reconocido a la que sería la futura esposa del príncipe. El corsé y las capas extras de tela las he usado para hacerme una improvisada manta, algo de mayor utilidad.
Estamos en la mañana del tercer o cuarto día de encierro, no lo sé bien. Cuando repentinamente aparece un grupo de soldados y esto alarma a todas, quizás nuestra hora ha llegado. Uno de ellos abre la celda y una vez dentro me señala con la mano ordenándome que lo siga.
Observo a todas, quizás por última vez, y hago el intento por sonreír para compartirles un poco de esperanza, pero la verdad es que no la tengo. Camino, escoltada por estos soldados y salimos de la torre.
El sol sigue en el cielo y me ciega por un momento haciendo que casi tropiece.
Avanzamos hacia la plazuela frente al gran palacio, ahí se encuentra montada una estructura, pero no se trata de la horca sino de la guillotina junto a un hombre encapuchado preparado para realizar su trabajo.
Mis pasos se alentan, pero el soldado detrás de mí me empuja para que me apresure. Me quedo paralizada cuando me encuentro a solo pasos de la estructura, negándome a avanzar hacia ella, pero entonces vuelvo a sentir un empujón, pero el soldado no me pide que me dirija hacia la guillotina, sino al contrario, hacia el palacio.
Confundida, me dirijo hacia ahí y avanzo por las escaleras, las mismas que subí junto al conde cuando llegué por primera vez, solo que ahora el palacio no es más que un lugar sin lujo ni excentricidad. Entramos a una sala donde ya nos esperan.
Al entrar al primero que veo es a Lord Baltus, de pie y escoltado, tiene la apariencia desgastada por el encierro al igual que yo, pero lo importante es que sigue vivo. Este me recibe con un fuerte, pero breve abrazo, y me pregunta si estoy bien, a lo que solo puedo asentir.
―Querida, debes aceptar ―me susurra―. Te lo ruego.
―¿Aceptar?
Y él me señala con la mirada al frente y cuando volteo, me encuentro observada por ese hombre de la máscara, otra vez, sentando en completa quietud.
―Querida, escucha, el rey... hum... su majestad ha hecho una propuesta para ti...
Sigo confundida, no entiendo.
―Una propuesta de... matrimonio.
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El rey de hierro
Historical FictionEloise está por casarse con el príncipe de Asteria, pero su boda se ve interrumpida cuando el cruel rey Kirian ataca al reino. Por amor a su pueblo Eloise se verá obligada a casarse con el nuevo monarca, descubrir los secretos que oculta y conocer e...
