20 La espera

369 23 0
                                        

Esto ha colmado mi cabeza provocándome un dolor en la nuca que me acompaña todo el camino de vuelta al castillo, y sin darme cuenta me aprisiona en la habitación del rey, ha donde he sido conducida por mis guardias.

Estoy aquí nuevamente donde estuve la noche de mi boda, y los recuerdos se desbordan de la cama y se encierran en aquella maldita caja con pétalos blancos. La palma de mi mano arde como ardió aquella noche, pero solo queda la herida que ha cicatrizado sin causar mayor molestia.

No me atrevo a sentarme, prefiero esperar lo que sea que vaya a suceder a pie.

La habitación del rey parece diferente, amplia, hay una chimenea que esta apagada, una puerta que da a otro sitio, un par de armarios... quizás siempre ha sido así, pero no me la pareció aquella noche ni la mañana cuando desperté. Me asomo por la puerta, y los guardias me preguntan si sucede algo, respondo que no y cierro de inmediato.

Mis piernas están cansadas, mi cabeza no ha parado de punzar, pero me obligo a seguir de pie, a la espera de que la puerta se abra. Me asomo por la ventana, pero de poco me sirve pues la oscuridad lo ha devorado todo, de vez en cuando algunas antorchas se mueven en el exterior, y eso es todo.

Camino por este lugar que me parece un antiguo confidente al que no deseaba visitar. Deslizo mis dedos por la repisa de la chimenea que tiene grabados las figuras de caballos, ciervos y águilas, uno tras otro. Y entonces me acerco a la mesilla que sí recuerdo, provista de hojas y algunos libros, ¿Podría tomar uno? Miro a la puerta esperando una respuesta, pero nadie aparece.

Hay libros sobre navíos, productos mercantiles y varios mapas. Cuán grande es mi sorpresa cuando veo el libro de James Torrel, lo hojeo y se trata del mío, y no es el único, el segundo tomo también está aquí. Los reconozco porque en sus hojas encuentro las anotaciones que he hecho: frases importantes, lugares que deseo recorrer, la cercanía o lejanía de estos sitios y varios garabatos que suelo dibujar. El rey ha tomado mis libros, los ha traído aquí, cumplió su palabra al despojarme de esa libertad, supongo que tampoco puedo visitar la biblioteca, ¿Cómo puede hacerme esto?

El cansancio se apodera de mi cuerpo y me arrincono a un lado de la mesa sobre la silla. En cualquier momento él aparecerá, y eso me impide leer. Solo el reproche de haber perdido la apuesta viene a mí.

👑

La luz me lastima el rostro, abro los ojos intentando aclarar mi vista y un bostezo se escapa por mi boca, pero no es la luz de los candelabros la que molesta, sino la de un rayo de sol. Levanto la cabeza para observar mejor y ya es de día.

Mi rostro se vira y descubro a Kirian mirándome desde la otra esquina de la mesa, tiene los brazos cruzados.

―¡Regresó!

Me incorporo de un salto y aquello me marea un poco. No sé por qué, pero mi vista se pierde entre la cama y el semblante del rey. Las sábanas siguen intactas y el rey lleva puesto el mismo conjunto negro de anoche.

―No durmió aquí.

―No como usted, al parecer.

―¿Recién ha regresado?

El rey me pide que me retire, y al ver que no me muevo, lo repite por si no lo he entendido la primera vez.

―¿Dónde estaba? ¿A dónde fueron toda la noche?

―Tanto riñe que no quiere estar conmigo y ahora que le pido que se vaya, no lo hace ―su voz se eleva con enojo―. ¡Márchese!

Me señala la puerta y aquello me hace percatarme de algo que no había visto, en su pecho. Sobre la solapa de su atuendo hay manchas de sangre que llegan hasta su costado, y no solo eso, hay salpicaduras de tierra y ceniza.

―¿Está herido? ―le digo acercándome―. Tiene sangre.

―No es mía... no toda.

Las manchas parecen secas, pero no las del costado que lucen frescas.

―Debería verlo un médico.

―¿No le pedí que se marchara?

―Puede enviar a alguno de los sirvientes a por él, quizás lord Tomas...

―¡Váyase! ¡Fuera de aquí!

Arroja las cosas de la mesa al suelo, aquello hace que se lleve la mano a la costilla donde la sangre brota, evidenciando que está herido y le duele.

―¡NO LA QUIERO VER, MALDITA SEA!

Grita enfurecido, sosteniéndome del brazo para arrastrarme hasta la puerta.

―¡LARGO!

Sus palabras me duelen y quisiera desquitarme, pero son mis lágrimas las que se manifiestan, incapaz de hablar salgo corriendo sin importarme nada. Tropiezo con lord Tomas que me dice que se ha tratado de un accidente, que no debe preocuparme y que el médico real viene en camino.

―¡No tiene que explicarme nada, no me importa lo que le pase a ese hombre! ―respondo esbozando una sonrisa fingida―. ¡Por mí, ojalá que muriera!

El rey de hierroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora