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Han pasado dos días desde la visita del lord, cuando de improviso, la gran campana satura la ciudad con sus repiques, me pongo en pie sobresaltada y guardo los libros que había tomado en el estante, al unísono los pasos y las voces resuenan por el corredor. Corro tan rápido como puedo, con el eco aun sobre mi espalda hasta que llego a mi habitación y acomodo todo como si nada hubiera pasado.
El libro con la plumilla lo encubro bajo mi cama, en una esquina entre lo compactado de las sábanas y la estructura.
Salgo a donde se encuentran los ventanales del frente por el pasillo principal, a lo lejos puede verse el rojizo humo que sale de la torre anunciando que el monarca está cerca.
Mi pulso vibra con fuerza inquietando mis manos y revolviendo mi estómago. Regreso a mis aposentos justo cuando mis doncellas y guardiana aparecen para recalcar lo evidente, y pedirme que me prepare para recibirlo.
―Aún estoy indispuesta, no tengo ánimos para ver a nadie ―reconvengo antes de que puedan husmear en mi armario en búsqueda de un vestido para la ocasión.
No quiero presentarme y esperar de él su desprecio. Tratan de hacerme cambiar de opinión, pero no lo logran.
Les pido que me dejen sola, pues deseo descansar, aunque sé que no podré hacerlo.
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¿Cómo le entregaré la carta que me dio Bastian si no quiero verle? ¿quizás pueda dársela al consejero? ¿Qué hago?
Mi dilema continúa cuando la noche ya ha caído y sigo sin poder dar un paso fuera de aquí, cuando de golpe la puerta se abre.
―¿Es cierto? ―atesta en seco.
No sé qué responder, no le entiendo y no dice más, pues me contempla de pies a cabeza, logrando que yo misma me observe, como si algo me hubiera pasado.
¡Quizás lo sabe, me juzga, me reprocha, sabe de la visita de Bastian o sabe de que he estado en su biblioteca, de alguna manera lo sabe, siempre lo sabe!
―Ha vuelto.
Retira su guante y se acerca a mí, poniendo su mano sobre mi frente, extrañamente.
―No tiene fiebre... me dijeron que ha perdido el apetito, sus constantes náuseas y su indisposición para salir de la cama...
Tiene el mismo aspecto de siempre, el mismo tono de voz al que me he acostumbrado, aunque hoy parece preocupado, quizás supone que he enfermado.
―Si... no tengo fiebre... pero no sé qué ocurre...
No sé qué decir, no puedo decir la verdad. Entonces entran a la habitación mis damas, Daria, un grupo de nobles, y Lord Tomas anunciando al médico real escoltado por soldados que cargan sus alforjas.
En un momento, todas las personas parecen moverse liosamente, abriendo las maletas, sacando sus instrumentos, encaminándome a volver a mi cama, cambiando de lugar la mesa y la silla, incluso esculcando mis prendas de ropa.
Mi vista se vira entre el armario, para luego ir a la esquina de mi cama, luego a los artilugios que hacen y dicen los presentes hasta terminar a mi costado con el enmascarado. Como si todos supieran algo de mí que yo no sé.
El hombre vestido con sayo y un bonete que cubre su calva comienza a hacerme preguntas, en tanto el resto sigue en su labor, él pregunta y yo no respondo, pues no entiendo las palabras que salen de su boca con todo ese ruido y cuchicheos. Siento un pinchazo en la frente, seguido de otro y otro, sobo mis sienes para tratar de apaciguarlos.
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El rey de hierro
Fiksi SejarahEloise está por casarse con el príncipe de Asteria, pero su boda se ve interrumpida cuando el cruel rey Kirian ataca al reino. Por amor a su pueblo Eloise se verá obligada a casarse con el nuevo monarca, descubrir los secretos que oculta y conocer e...
