30 Pluma de colibrí

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He tratado de buscar cualquier indicio de la identidad de Sharie, su nombre, su silueta, lo que sea en otro de los lienzos, pero hasta ahora no he encontrado nada.

Llevo tiempo viendo la puerta, quizás deba animarme a ver que hay mas allá. La abro con cuidado, rogando que no haya algún guardia afuera y no lo hay, pues se trata de una escalera en forma de caracol que asciende hasta alcanzar una puertecilla tan desgastada que no es fácil de percibir como tal.

¡Vaya sorpresa que acabo de llevarme!

Podría gritar de la emoción que me da ver este sitio, pero me tapo la boca llevando los ojos al cielo, agradeciendo a Dios por tan afortunado suceso.

Para mi dicha se trata del primer piso de la biblioteca. Todos estos días estuve tan cerca de mis tan anheladas lecturas.

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Los días se me han hecho cortos, pues todas las noches corro al encuentro con mis libros, tratando siempre de no dejar ningún rastro que revele mi presencia aquí, y por el día me dedico a recuperar mis horas de sueño, teniendo que fingir con mi séquito un resfriado, indisposición o simplemente cansancio para ausentarme de los paseos y comidas.

Varios de los cofres que trajeron de Asteria están en este lugar, en su interior hay decenas de hojas, algunas en libros y otras enrolladas, con datos numéricos sobre impuestos y otras cuentas del reino.

Mi atención se centra en leer todo lo que puedo, tanto que me parece poco, a sabiendas de que debo aprovechar mi oportunidad y disfrutar de este dejo de consuelo que el cielo me ha concedido. Relatos, cuentos, poemas... devoro cuanto puedo desde el rincón junto a la escalera, siempre al pendiente de no hacer ningún ruido o poder escabullirme a la menor advertencia.

"Cesad, Memoria, cesad... De castigar este pecho abrumado con severas pruebas... Sin embargo, puedo cesar, mientras temblorosa me agito... De suspirar y murmurar tu nombre melancólico... Oigo tu espíritu en cada gemido de la tormenta... Mi corazón salvaje se sentó triste sobre la llanura... Hasta que el Odio complete lo que el Amor comenzó... ¿Por qué mi alma siente el vago vuelo de la aflicción? ¡Tembloroso y débil, suelto el culpable acero! Frío sobre mi corazón yace la mano del terror, Y sombras de horror se agitan ante mis lánguidos ojos..."

Amor y locura, Campbell, T.

Los versos que recito me cobijan y tranquilizan, y por este periodo puedo imaginar que estoy en Elea y en cualquier momento mi padre ingresará por la puerta preguntándome que hago y entonces descubrirá mi aprecio por los libros al igual que ella, mi madre, por quien construyo esa pequeña pero hermosa biblioteca; pues ya he perdido la cuenta de las veces que me encierro en este lugar para rebuscar entre estos textos esas historias que me permiten viajar lejos y soñar despierta.

Paso la página y no puedo evitar contemplar mi mano, regresándome al presente, con el anillo que llevo puesto, al que intente ignorar, pero por extraño y abrasivo que parezca no puedo desecharlo.

Hay algo que no me había percatado, los detalles con los que fue moldeado, supongo que no valore ninguno por considerarlo solo el símbolo de mi apresamiento. Pero ahora que lo veo con detenimiento, tiene el aro hecho de ramificaciones de oro que convergen en la base de la montura con finas florecillas de zorel con su característico, aunque apenas apreciable tono púrpura que sostienen la joya... es mi anillo de esposa, de reina... de su reina a mi pesar.

Entonces mi vista se vuelca irremediablemente hacia los estantes junto a mí, a ese fortuito momento en que ese hombre me besó, hacia la noche de nuestro primer beso... sus manos tocándome de esa forma desconocida y... atrevida.

Sacudo mi cabeza como si con eso pudiese ahuyentar la serie de recuerdos que se desencadenan por mi cabeza y que me abochornan.

¡Aunque eso no menoscaba la prepotencia y crueldad que me ha mostrado!

El rey de hierroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora