Le hablo a las sombras, a la voz del hombre que me habla desde alguna esquina de este lugar, explicando que ha sido el regalo del pequeño, aunque eso ya lo sabe.
―Es un amuleto de protección. Los zorianos creen que el zorel, un árbol antiguo alberga el espíritu de los primeros pobladores de estas tierras. Por eso le colocan ofrendas, y a cambio les otorga ramas y flores como protección contra los malos espíritus.
―¿Por qué me lo dice?
―¿Como fiel devota no se cuestiona usar símbolos que muchos considerarían paganos?
―Solo es el regalo de un niño.
Acaricio el colgante en mi cuello.
―He sabido que todas las mañanas frecuenta la capilla. Supongo que ya habrá notado que no contamos con la presencia de ningún clérigo, me sorprende que no lo haya cuestionado.
―Si, lo he notado, pero no sabía si era prudente preguntar o no, porque no siempre obtengo respuesta.
―La iglesia no permite que ningún representante suyo permanezca en Zoria pues no me reconocen como rey.
―¿Pero? Entonces la boda... aquella mujer era...
―Es una sacerdotisa, una creyente del poder del bosque y también del cielo, tiene el respeto del pueblo, tanto que oficia las bodas de acuerdo con las costumbres zorianas, pero no está reconocida por la ley eclesiástica. ―Lo escucho moverse por la habitación―. ¿Eso le preocupa? ¿Haberse casado sin los sacramentos correctos que dicta la iglesia?
No lo sé.
―¿Tiene miedo de condenarse por haberse casado con un excomulgado?
Esta frente a mí, su voz ha dejado de ser distante.
―Yo sé a dónde irá mi alma, quizás debería preocuparse por la suya.
Se ríe, lo sé, otra vez reconozco ese sonido.
―¿Le causa gracia?
―Usted lo hace...
―¿Así que no le preocupa el tormento eterno?
―No.
―Sus palabras rozan la herejía.
―Me conformo con que uno de los dos alcance la salvación ―prorrumpe obstinado, demasiado cerca de mi rostro. Entonces me besa. Un beso impreciso y fugaz―. Quizás deba rezar por mi alma.
―No se burle de...
No puedo terminar de hablar porque ha vuelto a besarme, pero esta vez sus labios capturan los míos con determinación, mientras su mano acoge mi nuca y la otra mi espalda para apretar mi cuerpo contra el suyo. Creí que había olvidado aquella sensación, pero sigue latente. Sus labios me engullen compartiéndome el sabor del vino, dulce y embriagante, que recién ha empapado su paladar.
Mi cadera roza la suya, y entonces lo siento, un bulto que se irgue entre sus piernas. Es un movimiento rápido el que hace cuando me despoja de la camisola, porque en breve yacemos en su lecho.
Podría quizás... empujarlo cuando su mano acaricia mi mejilla... podría negarme... pero mi cuerpo exhala calor, y eso ablanda mis piernas que se abren para recibirlo.
La rigidez de la primera vez ha desaparecido.
Su lengua sale de mi boca para lamer mi barbilla, y devorar mi cuello. Contengo la respiración cuando su miembro se desliza por mi interior. Su resuello vibra imperioso. Se abre paso en mi carne, pronto con impaciencia, con hambre. Me obliga a unirme a su ímpetu, mi pulso también lo hace.
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El rey de hierro
Historical FictionEloise está por casarse con el príncipe de Asteria, pero su boda se ve interrumpida cuando el cruel rey Kirian ataca al reino. Por amor a su pueblo Eloise se verá obligada a casarse con el nuevo monarca, descubrir los secretos que oculta y conocer e...
