Wendigo - Hambre de nieve

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El aire del bosque era gélido, cruel, como si quisiera robar cada respiración de quienes se atrevieran a cruzar su frontera. Katsuki Bakugou no había olvidado ese frío en todos los años que habían pasado desde la desaparición de Izuku Midoriya. Pero había algo más que lo perseguía, más allá de las bajas temperaturas y las cicatrices de la nieve: el lamento. El grito constante y afilado de un alma perdida.

Habían dicho que era imposible que alguien sobreviviera tanto tiempo atrapado en la montaña. Pero Katsuki, terco como siempre, se negaba a creerlo. Cada noche soñaba con Izuku, con su mirada verde llena de una esperanza que parecía inquebrantable. Y ahora, informes de una criatura, un Wendigo, merodeando por el mismo bosque donde Izuku había desaparecido, lo llevaban de vuelta a ese infierno helado.

Con cada paso que daba entre los árboles cubiertos de nieve, el recuerdo de la última misión volvía a él: el grupo de héroes enviados a investigar los ataques inexplicables en la región, la tormenta que los había separado... y la desaparición de Midoriya. Katsuki lo había buscado sin descanso, pero la montaña no se lo devolvió. Lo dejó con una culpa imposible de sacudir.

Pero ahora estaba aquí de nuevo, y algo dentro de él le decía que Izuku seguía vivo. Aunque el Wendigo, esa bestia de leyenda, hacía que todo sonara como una maldita broma cruel.

Las primeras pistas sobre el Wendigo eran vagas. Descripciones de una criatura alta y delgada, con ojos huecos, como si todo lo humano hubiera sido arrancado de su alma. Pero lo que Katsuki no esperaba era lo que encontró tras seguir esas pistas hasta una cueva escondida en lo más profundo del bosque.

Al principio, creyó que su mente lo estaba traicionando.

"Izuku..." murmuró, con incredulidad.

La figura encorvada en la oscuridad era delgada, pálida, como si la vida misma hubiera sido drenada de su cuerpo. Pero esos ojos verdes —los mismos que Katsuki había visto tantas veces en sus sueños— lo miraban fijamente.

"Ka...Kacchan..." La voz de Izuku era un susurro roto, como si estuviera luchando por recordar cómo hablar.

El corazón de Katsuki se detuvo por un segundo. ¿Cómo era posible que estuviera allí? ¿Cómo había sobrevivido tanto tiempo? Pero cuando dio un paso más cerca, vio algo que le heló la sangre: las manos de Izuku eran delgadas, alargadas, casi huesudas, y su piel, antes cálida y rosada, estaba ahora grisácea, casi translúcida.

"No puede ser..." murmuró Katsuki, dando un paso atrás, su mente intentando encontrar una explicación.

Katsuki había hecho lo imposible para contener la transformación de Izuku. Durante semanas, había buscado respuestas en antiguos textos, leyendas, incluso había hablado con chamanes que entendían la naturaleza de los Wendigos. Pero la transformación de Izuku seguía su curso. Cada noche, más parte de él se desvanecía en la oscuridad, y la bestia en su interior se hacía más fuerte.

Aún así, había momentos en los que Izuku regresaba a sí mismo. Breves instantes en los que los ojos verdes brillaban como antes, en los que lograba pronunciar su nombre con la misma suavidad que antes. Esos momentos mantenían a Katsuki luchando, negándose a aceptar que su mejor amigo se había ido para siempre.

Pero la noche de la luna llena, todo cambió.

El Wendigo en Izuku rugió, liberándose por completo, su hambre insaciable llenando el aire con una fuerza abrumadora. Sus extremidades eran más largas, sus colmillos afilados. Katsuki se quedó quieto, observando cómo la última chispa de humanidad parecía extinguirse en los ojos de Izuku.

"Kacchan..." La voz era un eco lejano, atrapada en algún lugar dentro del monstruo.

Katsuki avanzó, decidido, a pesar del peligro. "Tú eres más fuerte que esto, Izuku. No voy a perderte."

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