Capítulo XXXIV

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"La realidad nos provee con hechos tan románticos que la imaginación no podría añadirle nada"
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Julio Verne

24 de mayo, 1985

Leanne hundió su rostro en la almohada y se aferró de las sábanas cuando la lengua de Rosé succionó su clítoris. Temblaba de pies a cabeza, su espalda se arqueaba cada vez más en cada lamida y los lloriqueos eran silenciados con la almohada, mordiéndola fuertemente.

No podía ser escuchada, nadie debía saber lo que sucedía en su habitación. El silencio reinaba en los tranquilos y oscuros pasillos. Todos se encontraban durmiendo o eso se creía. Mientras todos descansaban en sus habitaciones, dos chicas se encontraban en una situación bastante caliente y riesgosa.

Quizás ese peligro de ser escuchadas o descubiertas sumaba erotismo. La adrenalina aumentaba a cada segundo. La temperatura de la habitación, al igual que las de sus cuerpos, aumentó a tal punto que las ventanas se empañaron.

Gotas de sudor se deslizaban por el tembloroso cuerpo de Leanne mientras se contraía por los ritmos irregulares que la lengua de Rosé hacía en su capullo. Sus caderas trataban se moverse para escapar de la implacable succión de la pelirrubia, pero esta misma la sostenía con fuerza por la cintura para mantenerla en su lugar.

Sus gemidos eran cada vez más difíciles de silenciar, trataba de contenerse, pero el placer que sentía arremetía su sistema. La sangre ardía bajo sus venas, corriendo como pólvora. El interior de Leanne palpitaba, sus fluidos escurrían por su mojado coño hasta ser saboreados morbosamente por la lengua de la chica.

—Leannie, suenas tan linda cuando gimes por mí. —Rosé murmuró, soltando su nucleó y antes de que Leanne lograra procesar las palabras sintió una bofetada en su culo, su piel palpitando y escociendo aumentó el placer— Vamos, bebé. Deja de esconderte de mí. Mírame y muestra cuanto te gusta.

Leanne se sostuvo con sus dos antebrazos, sin mucha fuerza y giró la cabeza hacia su novia. Un gemido se atoró en su garganta al ver la escena que le daba. La boca de Rosé se encontraba manchada con su lubricante, tanto que la chica tuvo que lamer los restos que se deslizaban por las comisuras de sus labios.

—R-Rosie... —balbuceó.

Un fuego ardía en los ojos de Rosé al escuchar a Leanne retorcerse y lloriquear su nombre por el placer que ella le estaba dando. Amaba tanto tener a la castaña reducida a un manojo de gemidos y suplicas.

Para ella no había nada más caliente que ver a Leanne sonrojada, con las pupilas dilatadas, jadeante y perdida en el éxtasis. Si fuera por Rosé tendría a su novia así cada vez que pudiera y la verdad es que no se alejaba mucho de la realidad ese deseo. Desde que tuvieron su primera vez no han parado de hacerlo. Sus pijamadas siempre terminaban con ella y Leanne follando, las tardes en la casita del árbol eran iguales y hasta más calientes, ya que podían gemir tan fuerte como desearan.

Rosé lamió el brote de nervios de Leanne, sintiendo como palpitaba en su lengua. Con sus dedos abrió los pliegues de la castaña para exponer su nucleó y succionarlo con algo de fuerza. Por la forma que Leanne tembló y se arqueó, tratando se escapar de su boca, supo que estaba cerca. Por su frente caían gotas de sudor, se mezclaban con el sabor de la castaña en su lengua. Sentía su intimidad palpitar, mojada y necesitada de atención.

Aun así, para la pelirrubia era tan placentero ver a Leanne llorar por su lengua como frotarse directamente. Una entrega de placer mutua. Con el solo hecho de que su novia existiera para Rosé era suficiente para lograr venirse.

Lamió los pliegues de la castaña de forma morbosa, subiendo y bajando por la vulva de esta hasta volver a comerse su núcleo. Bajó la mano, antes en la vagina de Leanne, y llevó sus dedos a su propio coño goteante y comenzó a masturbarse. Sus ojos subieron hasta los de la castaña, viendo lloriquear mientras sentía placer y la observaba frotarse.

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