Capítulo XXV

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"La* amaba mucho, más de lo que me había atrevido a decir, más de lo que podía expresarse con palabras"
Charlotte Brontë
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1 de mayo, 1985

Rosé ya sabía donde era llevada.

En el instante que Leanne dijo que irían a su lugar, ella lo entendió.

Aunque, en la mente de Rosé, todo New Spring podía ser de las dos si así lo querían. Solo necesitaban desearlo, nada más, para que se hiciera realidad. La magia que tenía Leanne era esa, era hacer que cada lugar, ya conocido y frecuentado por Rosé en el condado, se volviera uno nuevo y especial. Eso solo lograba conseguirlo únicamente cuando estaba al lado de la castaña.

Mientras corrían, esquivando las ramas de los arboles y sintiendo la humedad del bosque y la brisa de este rozando su piel, solo lograba sonreír y seguir corriendo detrás de Leanne, tomada de la mano de ella, aferrada a esta.

Hace unos minutos su mundo se había ido cuesta bajo al ser nombrada reina, al ser buscada por muchas personas, al tener una masa de gente esperando por algo que ella no quería hacer. Todo se volvió un gran infierno en la tierra en menos de un segundo y se sintió como una verdadera pesadilla.

Quizá era algo estúpido para otra persona, muy estúpido. Es decir, ser nombrada reina era el sueño de muchas, pero para ella se sintió de la peor forma porque Rosé no quería ser reina, porque no se postulo puesto que no quería nada de eso y otra vez estaba siendo obligada a hacer algo que no quería únicamente y el pánico la atacóo porque no sabe decir que no ante la presión social.

Era tan jodido, pero aún luchaba contra ese mal creado en ella.

Solo cuando llegó Leanne a su vida ella entendió que era libre de decir que no si quería y de romper con las expectativas que tenían de ella. La castaña le había dado la fuerza necesaria en ese momento para no ir a esa cita con Michael, la fuerza para mandar a la mierda a sus disque amigos y revelarse contra las expectativas que tenía su madre y padre puestas en ella.

Había logrado todo eso con mucho esfuerzo y trabajo, pero le seguía costando cuando muchos ojos la miraban expectantes. La hacían sentir pequeña, débil, indefensa y vulnerable. Lograban tener poder sobre ella, poder que odiaba sentir que por sí misma les daba.

Lo horrible era recordar en todos esos ojos los penetrantes y temerarios de su padre. Eso era lo peor de ser vista por muchas personas: recordar a Charles.

Pensar en ello le escocia el pecho porque, mierda, ella estaba hablando de su padre, ¿no? El recuerdo de su padre debía ser uno lindo o cálido como el de la mayoría de las personas que conocía, no uno doloroso y algo traumante, pero para Rosé el recuerdo o mención de su padre era sinónimo a echarle sal a una herida aún abierta y sangrante.

La chica recordaba el momento en que sentía envidia de sus compañeras cuando era muchísimo más pequeña. Recuerda sentir envidia cuando, al salir de clases, los padres de las chicas iban por ellas a la escuela. Veía desde su lugar, mientras esperaba a Henry, como las abrazaban pareciendo que ellos no se hubieran visto en años. Escucha a como les decían lo mucho que las amaban y se tomaban la mano para ir a casa juntos con la promesa de comprar un helado en el camino.

Rosé las odiaba siendo tan pequeña, odiaba la suerte que ellas tenían, odiaba que no se dieran cuenta de que tenían en bandeja lo que ella más rogaba tener y sentir porque Rosé no la iba a buscar su padre ni tampoco la recibía de esa forma tan cariñosa y paternal.

Casi debía agradecer si se lo encontraba en casa al llegar y si este le daba un segundo para decirle hola, abrazarla o preguntarle como le fue en su día. Mientras otros niños recibían ese innato y puro amor, contención, apoyo y tiempo de sus padres, ella solo recibía desdén, criticas, gritos y manipulación por parte de Charles.

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