Capítulo XXVI

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"Quiero no quererte y solo logro amarte. Quiero olvidarte, pero vives en mi mente. Quiero no oírte, pero gritas en mi corazón. Quiero alejarme, pero estas en mí"
Desconocido-a-e
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1 de mayo, 1985

Arti se sentía algo mareado.

Desde que tenía memoria la gente le asustaba, ahogaba y causaba ansiedad, muchísima. Salir de casa muchas veces era un reto. Convivir y coexistir con muchas personas era una odisea. Trataba de mantener la calma, pero era difícil. Antes de salir del closet como hombre gay ya le daba angustia el cumulo de personas, prefería evitar y elegir seguir sus pensamientos estúpidos e invasivos que le rogaban esconderse.

Le gustaba su soledad, amaba el silencio y la paz que lo rodeaba, porque en ella no podía ser herido. Pero cuando dijo abiertamente que le gustaban los hombres y no las mujeres, absolutamente todo cambió para él. Si antes creía que su angustia era horrible, ahora era la ansiedad lo torturaba de la peor y más cruel forma.

Muchas veces, cuando caminaba, sentía que todos lo miraban y juzgaban, que se burlaban de él o que se acercarían con malas intenciones. Sentía que lo seguían, que le harían daño, que debía esconderse de todos y ser invisible. No se equivocaba en esa idea, porque los más fuertes lo usaban como saco de boxeo casi, como si él existiera únicamente para ser maltratado.

Ahora, cada vez que entraba a un lugar con muchas personas dentro, sentía que el aire le faltaba, que su corazón latía con mucha fuerza y su cuerpo temblaba. Trataba de cerrar sus ojitos, tapar sus oídos y esconderse lejos de todos para no ser visto por nadie. Le rondaba por la mente la idea de desaparecer por uno o dos días, o volverse realmente invisible.

Cuando alguien caminaba cerca suyo se paralizaba, su mente le gritaba que corriera porque le harían daño, pero él no se movía por el pánico de la situación inventada por su mente. Su miedo siempre fue mayor y su cobardía un castigo. No lograba enfrentarse a nadie, defenderse de nadie porque en su mente él no era nada, solo un intento de hombre débil y vulnerable, uno que jamás podría poner cara para protegerse.

Se odiaba tanto por eso. ¡Se odiaba mucho por permitirles a los demás dañarlo sin hacer nada para salvarse! Mierda, era tan estúpido por ello, tan débil. Pero ¿cómo juzgarlo cuando le han hecho tanto daño? No solo su cuerpo recibía palizas, sino que en cada una su corazón se desangraba en su interior, su alma se partía y su niño interior roto lloraba.

Los golpes que recibía no eran nada, los hematomas y heridas se irían con el tiempo, pero las heridas que su alma y corazón recibían jamás lograrían sanar. Podrían destrozarle la cara, pero tendría atención médica y se recuperaría, pero su corazón nunca lograría cerrar aquellas heridas y él viviría con su dolor por siempre.

Simplemente, Artem Hayes odiaba a la gente.

En ese momento ese era su único pensamiento mientras veía a todos bailar en la pista, emborrachándose a escondidas, riendo de forma desagradable y a los hombres actuando como neandertales.

Lo único que lo mantenía allí era ver a Lynn bailando en medio como si su baile fuera el ultimo que diera en toda su vida, pero no lo soportó más, no pudo calmar su ansiedad y si no salía de allí esta se lo comería vivo. Se levantó de la mesa y caminó lejos del gimnasio, hacia la puerta y salió de allí, jadeante.

Se paseó por los solitarios pasillos mientras su mente se perdía en la nada, en la absoluta nada y oscuridad. No se dio cuenta cuando llegó a la puerta que daba a la esquina de la escuela, a un pequeño y estrecho callejón a un lado del edificio.

Suspiró y abrió la puerta, listo para tomar un poco de aire fresco. Al salir de la asfixiante escuela, cerró la puerta y se apoyó en esta, cerrando sus ojos y calmando el temblor en sus manos. Dios, se estaba ahogando en el gimnasio, la gente lo estaba ahogando de la peor forma.

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