Capítulo XX

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"El amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio"
Stendhal
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22 de abril, 1985

Leanne jamás había estado entre tanta gente por voluntad propia. Porque si eliminamos las veces que salió a la calle, escuela, supermercado o centro comercial cuando estaban repletos de gente, no existía ningún evento al que haya asistido porque quiso.

Y ahora se encontraba rodeada por más de cuarenta personas en un espacio bastante pequeño. Sintiendo los cuerpos de los otros pegados al suyo mientras trataba de llegar al baño. Quizá en otro momento, en cual el alcohol no estuviera en su sistema, ella habría entrado en pánico por la cantidad de gente a su alrededor, pero ahora no le parecía tan... ¿malo?

De hecho, creía que era hasta divertido, como si todos le contagiaran su felicidad. Algo parecido a un virus. Deseaba bailar, reír, cantar, divertirse. Mierda, Leanne quería divertirse tanto. Sentía que se había perdido de muchas cosas por siempre ponerles un juicio moral que, a su edad, estaba demás.

Tenía solo dieciséis años, sus años dorados estaban ahí mismo, en frente suyo para ser tomados con libertad. Estaba en la edad en la que estaba bien equivocarse, en la edad que debía equivocarse. Debía caerse y levantarse mil veces de ser necesario. Era el momento para trazar un camino de vida y borrarlo hasta quedarse sin papel y lápiz para seguir.

Era su momento para ser ella misma antes de que la sociedad la obligara a seguir un camino que ella no deseara. Era el momento de defender su identidad antes de que alguien pretenda quitársela. ¡Era su maldito momento de ser libre!

¿O toda la vida era el perfecto momento para hacerlo?

En ese instante, mientras se veía al espejo y sonreía, Leanne solo podía pensar en lo eufórica y feliz que se sentía, y en cuánta razón tenía Rosé cuando le dijo que debía vivir. Que debía salir de esa cárcel autoimpuesta para buscarse a sí misma.

Oh, Rosé si logró mover a Leanne como no tiene idea.

La castaña se miró al espejo y se rio de ella misma. Es decir, en ese momento todo le parecía tan divertido... ¡muchísimo! Y estaba clara de que aquello era por el tequila y pisco que había bebido junto a sus amigos.

Sus mejillas estaban algo enrojecidas, sus labios mojados y sus ojos algo entrecerrados. Se encontró algo... ¿linda? Sí, se sentía bonita en ese momento. Pocas veces lograba verse al espejo y encontrarse atractiva. Porque cuando se miraba solo lograba encontrar imperfecciones en ella misma y eso le quitaba mucha autoestima.

Se comparaba con las modelos que salían en las revistas, con las mujeres que encontraba hermosas... mierda, ¿era normal encontrar a mujeres bonitas? Dudó un poco, pero no quiso seguir la corriente de ese pensamiento intrusivo. Solo siguió pensando en lo atractiva que se sentía.

Vestía unos cargo anchos color beige, una polera blanca con estampado de la banda ABBA en ella, una camisa a cuadros color marrón claro y zapatillas converses negras. Llevaba el cabello tomado en una cola alta con algunos mechones suelos en su rostro. No se maquilló mucho, solo encrespó sus pestañas y les aplicó rímel, pintó sus labios con un sutil color cereza y se aplicó una pasada de rubor en sus pómulos.

Sí, se veía muy causal. Su estilo era muy diferente al de Rosé... demasiado.

Rosé iba vestida con una camisa blanca, una falda negra, medias oscuras algo trasparentes, botines negros y una gran chaqueta de cuero, dos tallas más grande que la suya. El cabello de la chica estaba ondulado, sus labios iban maquillados con un labial rojo, sus parpados con una sombra oscura y sus pestañas negras por el rímel.

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