Capítulo XXIII

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"Tú no me conoces todavía bien, mi amor. Tú ignoras la profundidad de mi vínculo contigo. Dame tiempo, dámelo, para hacerte un poco feliz. Tenme paciencia, espera a ver y a oír lo que tú eres para mí."
Gabriela Mistral
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29 de abril, 1985

«¿Qué hice mal?»

Esa era la pregunta que rondaba por la mente de Leanne día y noche. Una pregunta que lograba punzar su pecho y herir su cuerpo. Cada vez que sentía esa lejanía que Rosé le daba, su mente era atacada por miles de preguntas que solo llevaban a un vacío sin respuesta alguna. Un vacío que dolía, que la desgarraba por dentro.

Para Leanne, en ese momento, no había nada más latente que la indiferencia de Rosé.

Vivió muchas veces en el pasado una indiferencia similar por sus compañeros de clase, siempre fue la chica aparte, la chica fácil de ignorar, la "fantasma" del salón. Sí, en el pasado aquel apodo dolió, pero no tanto como ahora dolía sentirse de la misma forma, pero a manos de Rosé.

¿Por qué era diferente? ¿Por qué se sentía diferente, si eran lo mismo al fin de cuentas? ¿Por qué escocia muchísimo más con Rosé?

Al principio quiso creer que ella era la que se imaginaba todo, pero la forma abrupta que Rosé se quedaba en silencio o la evadía era muy notoria, tanto que Lynn se le había acercado para preguntarle si todo estaba bien y Leanne no supo que responder, así que solo asintió y forzó una sonrisa, pero ella sabía que su amiga no era tonta.

Aunque no había que ser muy inteligente para darse cuenta de que ellas estaban raras, que algo sucedía, algo que Leanne no tenía idea lo que era.

¿Había hecho algo malo? ¿Había molestado a la rubia de alguna forma sin darse cuenta? ¿Había dicho algo estúpido? ¿La había cagado? No le sorprendía si lo hubiese hecho, ella era experta en arruinar todo lo buena que tenía. Lo único que quería era saber que había hecho para poder remediarlo y volver a ser Rosé y Leanne.

Su cuerpo se sentía frío, las noches se sentían frías sin Rosé a su lado. El tiempo corría lento sin ella, los minutos parecían horas y las horas días. La soledad, esa que siempre amó sentir y vivir en el pasado, ahora solo era un signo de decadencia. Pasar el día en su habitación sin Rosé era horrible, tan aburrido y monótono. Hasta leer se había convertido en algo agridulce.

Era estúpido que se sintiera de esa forma si solo había transcurrido tres días de que Rosé comenzó a actuar diferente, pero para Leanne, quien estaba acostumbrada a pasar cada segundo de su día al lado de la rubia, era como si hubieran pasado años en soledad.

¿Era la única que sentía eso? ¿Ella no se sentía igual? ¿No la extrañaba como ella lo hacía? Quizás sí, porque si no fuera de esa forma, Rosé habría vuelto a ella, pero no lo ha hecho.

La extrañaba, como la mierda que lo hacía.

Extrañaba hablar con ella. Extrañaba leerle por las noches. Extrañaba salir a su lado y conocer nuevos lugares. Extrañaba reír y escuchar su linda risa. Extrañaba caminar de la mano con ella. Extrañaba sentir su piel tocando la suya. Extrañaba mirar aquellos profundos ojos. Extrañaba sentir su calor abrazarla. Extrañaba ser al lado de ella. Extrañaba mirar aquel hermoso rostro. Extrañaba mirar aquellos rosados labios...

¡Mierda! La extrañaba tanto. Era como una adicta viviendo la abstinencia. Rosé se convirtió en una droga para Leanne y ahora sufría los estragos de vivir sin ella.

Algo más que rondaba su mente y la jodía era lo que sucedería mañana: el baile de primavera.

Lynn, Rosé, Arti, William y ella se habían esforzado tanto por más de un mes para que todo saliera perfecto y la ansiedad era gigante. Lynn y Arti eran más artísticos, así que ellos se encargaron de la decoración. La armaron ellos, también pidieron ayuda a gente que sabía de este tipo de trabajos y se encargaron de pedir, cotizar y hacer cada mínimo detalle del lugar ellos dos.

Juventud En Primavera Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora