Capítulo XVIII

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"A veces estoy aterrorizado de mi corazón; de su constante hambre de lo que sea que quiera. La forma en que se detiene y comienza"
Edgar Allan Poe
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20 de junio, 1985

Miedo.

El miedo puede paralizarte, romperte, congelarte. Es un sentimiento tan humano y cotidiano que llega a ser monótono en la vida de todas las personas. ¿Seríamos más felices si no sintiéramos miedo? Quizás sí, pero ¿a que le tememos? ¿Qué nos genera aquel terror erizante? Hay demasiadas respuestas a esa pregunta, pero para Leanne había una en específico:

Los humanos.

Los humanos aterraban a Leanne, desde que era una pequeña e ingenua niña les temía. Le temía a la crueldad de estos, la maldad escondida, el egoísmo palpable, el narcisismo arraigado y la frialdad con la cual pueden convertirte en cenizas si lo desean.

Le aterraba salir herida si se acercaba a alguien más. Si abría su corazón y desnudaba su alma a otra persona. ¡La hacía temblar del miedo! En el pasado ella se cerró a todos y escondió la llave bajo mil capas; capas que construyó en base al temor.

Sí, Leanne era una cobarde que se aterraba por todo lo que pudiera dañarla, pero ahora... ahora era completamente distinto. Ahora Leanne temblaba del miedo mientras veía los ojos de Rosé. Unos que siempre admiró por su calidez, pero que ahora estaban fríos.

Un bloque de concreto se formó en su garganta. No sabía que decir en ese momento. No tenía idea que responder. La descubrieron, la descubrió. Aunque Leanne esperaba el momento para ella decirlo, se demoró mucho y ahora sus miedos se hicieron realidad. Y sintió tanto asco de sí misma porque convirtió en aquellos que juró nunca ser.

Leanne hirió a Rosé.

—Rosé... —trató de modular, pero las palabras se deshacen en su boca al intentarlo. El sonido de la música se detuvo, Rosé se levantó con rapidez del colchón, como si la cercanía de Leanne quemara su piel y le dio la espalda— Yo...

Se calló a sí misma, tembló más fuerte y sintió unas tremendas ganas de llorar. Sus ojos picaron, su garganta se cerró por completó y juró que su corazón dejó de latir por unos segundos cuando Rosé se dio la vuelta para mirarla.

—¿Cómo pudiste, Leanne? ¿Cómo pudiste mentirme? —el tonó de Rosé solo denotaba el dolor que sentía— Te pregunté mil veces si te conocía y siempre lo negaste. Llegué a sentirme mal por desconfiar de ti. Sentí que estaba siendo cruel, pero al final... al final eras tu la que estaba siendo cruel conmigo.

Leanne trató de levantarse del colchón, pero no lo logró. Estaba tan aturdida, tan perdida. ¿Cómo es que todo se fue al carajo tan rápido? Hace unos minutos ellas estaban viendo las estrellas y ahora...

—Rosé, por favor, escúchame... —le rogó, pero la chica no la dejó ni hablar.

—¡No! ¡No lo haré, Leanne! —la castaña bajó la cabeza y cerró los ojos. No deseaba ver la rabia en los ojos de Rosé. No en los suyos, jamás en esos hermosos zafiros— ¡No me pidas que me calme y te escuche cuando me has mentido desde el inicio! ¡¿Qué me dirás?! ¡¿Qué mentira inventaras para salir de esta?!

Leanne levantó la cabeza y negó, levantándose del colchón en un impulso que logró controlar, aunque se tambaleó un poco. —Y-Yo no quería. Yo traté de decirte, te... te lo juró.

—¿Trataste? —soltó una risa irónica— ¿Y qué te detuvo? ¿Qué te tomó tanto tiempo para decirme la verdad? —abrió su boca para responder, pero la vergüenza de decirle que, otra vez, fue su miedo la que la detuvo, hizo que la cerrara— ¡Dime algo, Leanne!

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