Capítulo XI

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"Nuestras cicatrices nos hacen saber que nuestro pasado fue real."
Jane Austen
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3 de abril, 1985

Rosé podía decir con seguridad que pocas veces en su vida había estado tan nerviosa como en ese momento, mientras esperaba que Leanne saliera del salón donde estaba dando su examen atrasado.

Recordaba claramente la negación con la profesora cuando Arti y Leanne le pidieron una segunda oportunidad. También recordaba, con una sonrisa, la cara que puso cuando ella entró al salón, saludando a la profesora y pidiéndole una segunda oportunidad en su nombre, más bien, en su apellido.

Porque Rosé sabía los favores que su padre le hizo para que fuera contratada en la escuela como maestra de matemáticas.

Sabía que su padre no hacía nada sin recibir algo a cambio, eso siempre les decía a las personas que le pedían favores. Si llegaba el momento y él lo necesitaba, les cobraría el favor y ellos debían aceptar sin dudarlo, ese era el trato.

Will y ella lo descubrieron cuando, jugando en la oficina de su padre, la cual siempre está cerrada bajo llave cuando él no está, tiraron al suelo una carpeta y los papeles dentro de esta se esparcieron por el piso.

Mientras trataban, desesperadamente, recogerlos antes de que papá los encontrara y castigara por no obedecerlo, vieron unos cuantos papeles firmados bajo el sello oficial de la familia.

No eran unos niños en ese entonces, sus edades bordeaban la adolescencia, así que lograban entender el contenido de aquellos acuerdos firmados. Recordaba específicamente que los abogados de la compañía los certificaron.

En eso momento los mellizos descubrieron el poder que su padre poseía en la sociedad y en New Spring. Aquello los aterró. Su padre ya no era la persona con más poder en la mansión, sino en la misma ciudad.

El contrato que el actual alcalde firmó con su padre lo confirmaba.

Sus pensamientos divagaban en aquellos recuerdos, un tanto agridulces, debido a que su padre, para su mala suerte, los encontró en su oficina y por sus ojos pasaron el momento en el que él les gritó, enfurecido y se acercó a ellos.

Podía entender el miedo que tuvo a esa edad, en ese entonces ella le aterraba la forma en la que su padre los intimidaba sin piedad, excusándose que era su deber educarlos con mano dura si no obedecían sus ordenes.

Con dolor también recordó como el hombre les reclamó diciendo que más de una vez les había dicho que no entraran a su oficina y al parecer necesitaban una lección para entenderlo. Aunque, antes de que los descubrieran, habían logrado ordenar y guardar los documentos, o si no habría sido peor, ya que ellos sabían que lo que venía no era algo agradable.

Rosé cerró los ojos en ese instante, como lo hizo en ese entonces, y el recuerdo de aquel sonido crudo y seco la arrasó. También recordó la forma en la que vio a William caer al piso frente a ella, cuando el chico se interpuso en el golpe que ella iba a recibir a manos de su padre.

Lo que vino después tampoco fue agradable para ella. Su padre, ajeno a sentirse mal por sus hijos que temblaban de miedo, quería seguir golpeándolos. Aunque en todo momento William se interpuso en los golpes que ella podía recibir, Rosé temblaba de miedo.

Cuando pudo reaccionar, William ya estaba en el piso, escupiendo sangre y con un sangrado nasal. Ahí fue cuando su padre se detuvo antes de volver a arremeter contra el chico, al escuchar su grito. Y no solo eso lo que lo detuvo de ser golpeando a su hijo, sino el hecho de que Rosé en ese momento dejó de temerle y se enfrentó a él para defender a su hermano.

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