Capítulo treinta

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Covent Garden era gente con bolsas de compras, turistas indecisos mirando sus teléfonos móviles y ciclistas sorteando el tráfico con prisa. Harry dobló la esquina hacia Floral Street despacio, casi con cuidado, como si temiera llegar demasiado pronto.

Reconoció de inmediato el acceso de personal y se detuvo enfrente de la doble puerta. Por un instante, el tiempo pareció retroceder. Había estado allí antes, pero no así. Recordaba los detalles de aquella estampa con una nitidez casi dolorosa: las luces cálidas de las farolas reflejándose en los charcos de la acera, el murmullo incesante de la calle y ese frío que siempre parecía colarse hasta los huesos mientras esperaba.

Esperar. Siempre había sido él quien esperaba. En aquellos días, lo hacía con una mezcla de nerviosismo y certeza. Sabía que Louis aparecería tarde o temprano, apresurado, con el pelo revuelto y su bolso colgando de un hombro. Harry también sabía que no importaba cuánto tiempo pasara o cuántas personas cruzaran el umbral antes que él; el mundo se detenía en cuanto Louis aparecía, con una sonrisa hecha para desarmarlo, como si no tuviera ni idea del efecto que causaba. Recordaba sus abrazos torpes bajo el paraguas, los comentarios apresurados sobre alguna actuación... Todo era más sencillo entonces. Más fácil.

Ahora, frente a esa misma puerta, lo único que sentía era un vacío incómodo en el pecho, junto a la incertidumbre. La última vez que había estado allí, Louis le había dicho que lo quería, mojados bajo la lluvia y con un temblor en las manos que no podían disimular. Esa versión de ellos se sentía lejana, como si perteneciera a otra vida. Aferrado al mango del paraguas, jugando con una servilleta en la cafetería de enfrente, observando desde la distancia mientras el resto del mundo no importaba... Esperar era lo único que había hecho bien por Louis.

Sin embargo, quien aguardaba en el presente era un Harry que había cambiado, que intentaba sostenerse sobre una calma aprendida en sesiones de terapia. Y a quien esperaba era a un Louis que había visto hacía menos de una semana, uno que aún lograba arrebatarle el aliento con la misma facilidad de siempre.

Estaba ahí porque él lo había llamado.

"Estoy aquí. No tengo prisa."

Harry levantó la mano para tocar la puerta, pero la dejó caer a medio camino, bajando la vista hacia el suelo. Se giró hacia la calle, fingiendo que observaba los edificios colindantes.

Respiró hondo y miró su móvil. Ya lo había revisado al menos cinco veces desde que salió del metro. Sin mensajes nuevos. Louis no había cancelado y se intentaba explicar a sí mismo que eso ya era algo. Aunque no suficiente para calmar la ansiedad que sentía.

Sus dedos encontraron el contacto de Louis en la pantalla y marcó sin pensarlo mucho. Escuchó el primer tono, luego el segundo. El aire le pareció más pesado mientras la llamada conectaba.

—Harry —contestó Louis, con esa voz suya, familiar y tranquila. Ajeno a lo que a él le suponía que volviese a pronunciar su nombre.

—Estoy... aquí. En la puerta de Floral Street —respondió.

—Vale. Dame un segundo, voy enseguida.

Harry dejó caer el brazo sosteniendo el móvil a un lado, y exhaló con fuerza.

De nuevo, la espera, aunque breve, le pareció insoportable.

El sonido de la puerta al abrirse le hizo dar un respingo. Giró la cabeza rápidamente y lo vio: Louis, sujetando la puerta con una mano. Vestía un chándal gris oscuro sencillo, con el cabello ligeramente despeinado y esa expresión tranquila que Harry aún no sabía si debía admirar o temer.

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