Capítulo seis

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Desde la sexta fila se veía prácticamente igual de bien que desde la cuarta, aunque esa vez le hubiese tocado en un lateral y no en las butacas centrales.

Sally, su nueva amiga en Facebook, no le había estafado. De hecho, le había abierto aquella misma tarde un chat para decirle que se animara a compartir una reseña de la obra en el grupo. Harry aún no le había contestado. También había recibido una invitación para unirse al mismo grupo de amantes del ballet.

Aquel viernes cualquier notificación en su teléfono móvil le había molestado. Estaba nervioso.

Había salido temprano de Chessington y había aparcado en Londres, por cuarta vez, en los aparcamientos privados más cercanos a Covent Garden. Aquella noche, a diferencia de cuando fue con Niall y Roxy, fue de los primeros en hacer cola para acceder al teatro. Enseñó su entrada, se pidió una botellita de agua en el bar, por la que le habían cobrado cinco libras, y se la bebió de un trago, sabiendo que aun así la garganta se le volvería a secar pronto.

Llevaba el mismo traje de la primera vez y las palmas de las manos le sudaban. Dio dos vueltas por el vestíbulo, se permitió sentirse ridículo y se encaminó a las escaleras que sabía que tenía que bajar para dirigirse a la zona de plateas. En todo momento lo recibió el mismo lujo y elegancia que recordaba. Miraba todo con un poco más de detenimiento. El bullicio de gente era tranquilo, los palcos se llenaban y se notaba cierta emoción en el aire.

Una amable azafata le indicó su fila. Estaba sentado entre dos hombres, uno con cara de pocos amigos y otro con expresión aburrida. No parecía difícil adivinar que estar allí no era algo que precisamente les apasionara. Después de saber los precios de las entradas, a Harry eso le sorprendió. Aunque también supuso que, según sus pintas y las de sus acompañantes femeninas, debía ser normal a cierto nivel adquisitivo gastarse trescientas libras por pareja para ir a aburrirse a un ballet.

Sin embargo, Harry descubrió que aquel panorama no era la regla general. Se notaba la emoción de la gente. Analizó que había muchísimos turistas, admiradores de la danza y críticos profesionales. Y en medio de todo eso, él, que estaba histérico. Había meditado consigo mismo la reacción que no debía volver a tener cuando viera a Louis. Se repitió muchísimas veces que todos sus sentidos ya estarían en sobre aviso, aunque no descartaba, por supuesto, vivir de nuevo la impresión.

Porque lo volvería a ver y, a conciencia, podría estar todo el tiempo observándolo. Podría analizar un poco más sus gestos, volver a jugar a aquello de omitir su vestimenta y maquillaje y compararlo con la foto en blanco y negro en la que lo había reconocido en la página del teatro...

Harry respiró hondo cuando, tras estar todo el tiempo comprobando la hora, la luces se atenuaron, se hizo un silencio sepulcral y escuchó las primeras notas de la ópera en el foso. El telón de terciopelo rojo se comenzaba a alzar lentamente, revelando el escenario que recordaba. Fue consciente de que se le puso la piel de gallina. La escenografía representaba un castillo en medio de un bosque. Las luces cambiaron y la música de Tchaikovsky inundó el teatro con su melodía.

La función comenzó con un vals suave. Estaban los mismos personajes. Los impecables atuendos de cortesanos para ellos y elegantes tutús de tul para ellas. La misma hada lila, el rey, la reina y el desarrollo del prólogo.

Harry estaba inquieto, apretaba su butaca y trataba de tragar saliva ya que, tal y como predijo, su garganta ya se había secado.

Aguardó y echó un vistazo a la audiencia de su alrededor, descubriéndolos atrapados en la actuación. Los reyes, la presentación de la princesa, los largos momentos de danza... Todo se desarrolló hasta que las luces se oscurecieron y Harry reconoció las figuras de las sombras.

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