Londres siempre tenía un brillo distinto en Navidad. Todo estaba cubierto por un resplandor dorado, desde las luces que colgaban entre las fachadas victorianas hasta el reflejo de los escaparates adornados con coronas de abeto y cintas rojas. El aire era frío, pero estaba cargado de una calidez especial, de ese murmullo constante de gente que, envuelta en bufandas gruesas, caminaba deprisa por las aceras iluminadas.
Callejeando, Covent Garden era un espectáculo en sí mismo. Bajo la estructura de hierro forjado y vidrio, las guirnaldas de luces colgaban con una perfección casi irreal, rodeando la fuente, enmarcando los puestos de flores y brillando sobre los músicos callejeros que tocaban villancicos. El mercado estaba repleto de paseantes que se detenían a comprar adornos o a sacarse fotos junto al árbol gigantesco que presidía la plaza.
Pero más allá de todo aquello, en la esquina donde la historia y el arte se entrelazaban con la ciudad, estaba el Royal Opera House. Majestuoso. Iluminado con una luz cálida que resaltaba sus columnas blancas y las grandes puertas de cristal por las que aquel veintitrés de diciembre los espectadores ya habían entrado, con abrigos elegantes y una emoción casi palpable. Unas letras doradas mostraban el título del cartel navideño de ese año: La Cenicienta. Una variación fresca y acertada en el repertorio de la compañía.
La función llevaba más de dos horas en marcha.
El teatro estaba lleno hasta la última butaca. Los murmullos del público se apagaban tras cada acto, convirtiéndose en una respiración contenida. La orquesta, desde el foso, tejía con precisión cada nota mientras conducía la historia hacia su clímax.
Entre bastidores y la leve penumbra de los telones, Louis esperaba para volver a salir. Apenas quedaban unos segundos y su cuerpo lo sabía. No le hacía falta oír la melodía o esperar una indicación. La anticipación vivía en cada fibra de sus músculos, en la respiración medida y en el pulso que marcaba el ritmo exacto del siguiente compás. No importaba cuántas veces hubiera bailado la misma obra, cuántas noches hubiera sentido aquella misma tensión eléctrica recorriéndole la piel; el instante antes de salir al escenario siempre era único.
Se preparó.
Elevó el pecho, ajustó su postura y flexionó levemente los dedos dentro de las zapatillas. La respiración de sus compañeros a su alrededor, el crujido sutil del suelo de madera, el tintineo lejano de algún accesorio en el vestuario... todo formaba parte de un lenguaje mudo que su cuerpo entendía mejor que las palabras. Era el lenguaje que había aprendido desde niño. El mismo que lo había acompañado en cada caída, en cada ensayo hasta la extenuación, en el tiempo que había pasado en un estudio vacío, repitiendo un movimiento hasta que su reflejo le devolvía la imagen exacta que tenía en la cabeza.
El último acto estaba en marcha y el escenario, un lugar que había sido hogar desde que tenía memoria, aguardaba sostenerlo con la misma familiaridad de siempre.
En La Cenicienta, Louis era El Príncipe. Era el protagonista no solo en la historia que contaban esa noche, sino en la realidad de su carrera. Louis también era principal en la compañía y eso significaba más que un título. Significaba responsabilidad. Significaba haber trabajado más duro que nunca, haber perfeccionado cada detalle, haber entendido que la excelencia no era un destino, sino un camino que debía recorrer todos los días. Y eso lo hacía con una pasión que lo llenaba por completo.
Así que cuando sus zapatillas por fin tocaron el escenario, todo lo demás desapareció. Atravesó el decorado de una gran sala de palacio con pasos firmes. Su silueta se recortaba elegante bajo la luz de los focos. La Cenicienta estaba allí, al otro lado, vestida con el mismo esplendor con el que la había visto aquella noche mágica. Louis se detuvo con su respiración sincronizada con el vibrato de la orquesta. Se giró con elegancia, recorriendo el espacio con la mirada.
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Doppel
FanfictionHarry perdió al amor de su vida, Alec, de una forma trágica, convirtiéndose en un hombre autómata y desolado. Louis llegó a Londres movido por su única pasión: el ballet. Cuando se cruzan, Harry se da cuenta de que no solo la mirada de ojos azules d...
