Último capítulo

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Aquella tarde la lluvia golpeaba los cristales con una cadencia constante y casi tranquilizadora, sin embargo, Harry se encontraba muy lejos de notarlo. Estaba sentado en su escritorio, moviendo una pierna de manera incesante bajo la mesa, mientras su móvil descansaba frente a él. A su alrededor estaba el caos organizado de su vida: dos moldes de yeso, un cuenco agrietado que no había tenido corazón para tirar, un bloc de notas lleno de garabatos y su agenda, con varios números de teléfono anotados.

Había pasado días pensando en Louis; nada nuevo. Louis siempre había estado ahí, en algún rincón de su mente, pero desde que se habían cruzado de nuevo y, concretamente, desde que lo había abrazado por segunda vez en aquella cafetería, después de la separación, su terapia y Canadá, Harry se sentía como si hubiera vuelto a abrir una puerta que no estaba preparado para cerrar. Y tampoco quería hacerlo. Porque, aunque intentara convencer a cualquiera de que era solo casualidad, de que no esperaba nada, sabía la verdad. Siempre la había sabido.

Harry seguía enamorado de Louis; llevaba mucho tiempo sin ocultarse de sí mismo. Lo siguió incluso cuando la distancia parecía insalvable. Incluso cuando todo se había roto. Y ahora que estaban en aquel punto, compartiendo cafés y conversaciones torpes, era como si algo dentro de él se estuviera reconfigurando o encontrando un nuevo equilibrio que incluía, inevitablemente, a Louis.

Harry soltó un suspiro, tomando su móvil en la mano y repasando, una vez más, su lista de contactos. Había hecho varias llamadas esa tarde, buscando algo que fuera útil, algo que pudiera ofrecerle al otro como excusa para volver a verlo. Para demostrarle, tal vez, que podía ser alguien confiable, alguien en quien apoyarse. Pero con cada llamada, con cada "lo siento, no tengo nada disponible", su plan se desmoronaba.

No era un plan, en realidad. Era un impulso.

Tomó aire antes de volver a darle a la opción de llamada.

—Hola, Klaus. —Intentó sonar casual, como si no estuviera conteniendo un extraño nerviosismo—. Soy Harry. Oye, estoy buscando un piso para un amigo. ¿Sabes si tienes algo disponible en la zona de Islington?

El tono amable de Klaus le respondió con un "me temo que no", añadiendo un "pero te aviso si sé de algo". Harry agradeció, colgó y anotó una pequeña línea en el margen de su agenda. Aquella había sido la quinta llamada.

—¿Qué estoy haciendo? —murmuró, pasándose una mano por el cabello. También se le escapó una risa amarga, tan breve que apenas pareció un sonido. Porque sabía exactamente lo que estaba haciendo.

El recuerdo de la última vez que lo vio seguía clavado en su memoria, no por algo monumental, sino por un detalle tan insignificante como el color de una vajilla. La risa de Louis, ligera y despreocupada, seguía resonando en su mente con una claridad casi cruel. Y lo perturbador no era solo ese instante, sino lo fácil que había sido todo. Lo natural. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si las heridas o el llegar tarde a la verdad no hubieran existido. Podía verlo con una claridad que dolía: Louis riendo, con sus labios curvándose mientras él le hablaba de la cerámica, inclinando la cabeza interesado, como si descubriera algo nuevo. Como si lo viera de verdad, después de todo.

Harry entonces se sacudió, como si pudiera quitarse la sensación física que cada pensamiento le provocaba, volviendo a deslizar el dedo por la pantalla de su móvil. En realidad, también había empezado todo con un propósito práctico: ayudarle a encontrar un piso.

Marcó otro número.

—Hola, Nathan, soy Harry. Oye, estoy buscando algo para un amigo, ¿sabes si tienes algún contacto que pueda ayudarme?

Nathan fue cortés, incluso amigable, pero terminó la conversación con un "lo siento, no sé de nada ahora mismo". Harry le agradeció igualmente y colgó, haciendo una mueca mientras anotaba otra línea.

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