Había pasado un año desde la última vez que caminó por aquellas calles. Louis pensó que la llovizna constante de Londres parecía, cuanto menos, una apropiada bienvenida.
Tal y como recordaba, la ciudad conservaba bullicio y un olor dulzón, mezclado con el humo de los autobuses rojos y los bocinazos del constante tráfico de coches. Louis se ajustó el cuello de su abrigo y se tomó un momento para observar a su alrededor, tratando de volver a reconocer en su presente aquel escenario.
El taxi lo había dejado frente a la entrada principal del Royal Opera House. La leve bruma de la mañana de aquel martes del mes de febrero envolvía el edificio. La luz de la tarde, sin embargo, lo hacía parecer sacado de un mero recuerdo. Louis respiró hondo, dejando que la humedad del aire llenara sus pulmones. Tenía una extraña sensación de familiaridad, definida como un latido acompasado que resonaba en el centro de su pecho. Porque a pesar de todo, algo no se sentía igual.
Él no era igual.
Correteó hasta Floral Street e introdujo un código numérico que hizo que la puerta de acceso de personal autorizado se abriera. Cada mes, siguió recibiendo en su correo electrónico el documento que recordaba el código de cuatro dígitos que cambiaba por seguridad.
El murmullo de los bailarines y el personal llenó sus oídos mientras caminaba por el pasillo. La calidez de la pequeña recepción hizo que respirara hondo. La vista de los carteles que anunciaban los salones de ensayo, las salas de maquillaje, de vestuario... Todo seguía igual.
—¡Louis! –oyó una voz que lo sacó de sus pensamientos. Glenn, la responsable de maquillaje, lucía tal y como recordaba: con unas gafas puestas y otras en lo alto de su cabeza. Le sonrió con ojos brillantes y caminó por el pasillo con los brazos en alto—. ¡Cómo te hemos echado de menos por aquí!
Louis sonrió y se acercó para dejarse estrechar en un abrazo. Las palabras de la mujer, aunque reconfortantes, también hacían eco en su revoltijo de emociones.
Desde que aquella mañana se montó en el taxi que lo llevó hasta el teatro, no se había replanteado cuán abrumador podría llegar a ser el volver. Apenas llevaba cuatro días en Londres.
—¡Y yo! —respondió con sinceridad.
—Sublime en la gira de Canadá. ¡Los dos estuvisteis sublimes!
Louis la miró, tragó saliva y optó por volverla a abrazar.
Tras una breve y profesional charla con Glenn, el aroma a madera barnizada lo rodeó mientras caminaba por los pasillos, dirección a los camerinos. Cada paso despertaba otro torbellino de emociones: la textura familiar de la alfombra bajo sus pies, los ecos de las risas y las conversaciones que se filtraban desde los camerinos, con la melodía de algún piano resonando desde las puertas entreabiertas. Le resultó imposible no comparar aquella sensación con lo que había vivido en Canadá.
El Four Seasons Centre había sido un refugio temporal, un lugar donde podía perderse en la rutina del día a día sin que las paredes cargaran tantos recuerdos. Sus pasillos eran más amplios y modernos. Los espacios siempre estaban muy iluminados y los espejos siempre lucían impecables. Era como si en Toronto todo hubiese estado diseñado para la funcionalidad y el orden, desde las salas de ensayo hasta los camerinos. Sin embargo, carecían de esa alma, ese peso histórico del que solo parecía estar cargado el Royal Opera House.
Allí, los suelos estaban desgastados por décadas de pasos de bailarines. Aquellas paredes habían escuchado cantidad de suspiros de agotamiento, júbilo, frustración... Las puertas crujían como si intentaran susurrar anécdotas, a la vez que revelar verdades. Aquel lugar no era un teatro, sino un testigo silencioso de la evolución de Louis como profesional, como persona.
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Doppel
FanfictionHarry perdió al amor de su vida, Alec, de una forma trágica, convirtiéndose en un hombre autómata y desolado. Louis llegó a Londres movido por su única pasión: el ballet. Cuando se cruzan, Harry se da cuenta de que no solo la mirada de ojos azules d...
