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𝐂𝐚𝐩í𝐭𝐮𝐥𝐨 19: 𝐌𝐞 𝐞𝐧𝐜𝐚𝐧𝐭𝐚𝐬.

Las últimas semanas habían sido un torbellino. Los Estelares habían dejado de ser “esa banda que abría shows” para convertirse en un nombre reconocido. Los ensayos se habían intensificado, las fechas aumentaban, y los mensajes de felicitaciones llegaban de todas partes.

Uno de esos mensajes me dejó helada:

De: Andrés Calamaro
andresc.rock@gmail.com
Para: Manuela Santillán manu.pr@gmail.com
Asunto: Una nueva canción

Manu,
Tengo algo en mente y quiero que estés. Si podés, venite al estudio la semana que viene. Te paso los detalles.

Andrés.

Era mi segunda oportunidad de trabajar con él, y aunque todavía no lo terminaba de procesar, sabía que esto significaba algo grande. Todo estaba cambiando para mí, para la banda, para mi vida.

Pero entre todo ese caos, había algo —alguien— que se mantenía constante: Guido.

Después de un ensayo largo con Los Estelares, con mis padres ocupados en sus propios asuntos y mi hermano escondido en su pieza con sus amigos, aproveché la oportunidad para escaparme.

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“¿Estás segura?” me preguntó cuando lo llamé.

“Si no lo estuviera, no te estaría llamando.”

Lo escuché reír al otro lado de la línea antes de darme la dirección. No era la primera vez que iba a su casa, pero algo se sentía diferente esa noche. Quizás porque, en el fondo, sabía que no era solo una visita casual.

Me subí al colectivo con una mochila al hombro y las manos temblando ligeramente. La ciudad parecía distinta desde la ventana: las luces más brillantes, las calles más vivas, como si supieran a dónde iba.

Cuando llegué, Guido ya estaba esperándome en la puerta.

“Viniste rápido,” dijo, sonriendo de lado mientras me hacía pasar.

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El departamento de Guido era pequeño, pero tenía una calidez que no esperaba. Las paredes estaban llenas de afiches de conciertos y fotos enmarcadas de momentos que no reconocía, pero que de alguna manera sentía cercanos. Había una guitarra apoyada en un rincón, un par de discos tirados sobre la mesa de café y una pila de libros que parecía a punto de caerse.

“¿Vivís solo?” pregunté, dejando mi mochila en el sofá.

“Casi siempre. A veces Pato se queda, pero ahora está en lo de mis viejos.”

El lugar tenía un olor característico, una mezcla de incienso y tabaco, con un dejo de algo dulce que no podía identificar. Era un espacio que gritaba Guido en cada detalle, desde las chaquetas de cuero colgadas en las sillas hasta la taza con un logo de The Beatles en la mesada de la cocina.

“¿Querés algo? ¿Agua? ¿Vino?”

“¿Qué tenés?”

“Lo que quieras.”

Me trajo una copa de vino mientras se sentaba a mi lado en el sofá. Por un momento, solo nos miramos. Había algo en el aire, algo eléctrico, que hacía que cada segundo se sintiera más pesado.

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“Me gusta que estés acá,” dijo finalmente, rompiendo el silencio.

“¿Sí?”

“Sí.”

Me incliné hacia él, casi sin pensarlo, y lo besé. Fue un beso lento, cargado de todo lo que no habíamos dicho en las últimas semanas. Su mano se deslizó por mi cuello, su pulgar acariciando mi mejilla, mientras la otra descansaba en mi cintura.

“Vení,” susurró, tomándome de la mano y llevándome hacia su habitación.

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Su cuarto era más desordenado que el resto de la casa. La cama estaba cubierta con una colcha oscura, y las paredes tenían fotos pegadas con cinta, junto con algunas letras escritas en papel. Había una ventana abierta, dejando entrar el ruido lejano de la ciudad y una brisa que movía ligeramente las cortinas.

“Perdón por el quilombo,” dijo, recogiendo un par de camisetas del suelo y tirándolas sobre una silla.

“Está perfecto,” respondí, y lo decía en serio. Había algo en ese caos que lo hacía más humano, más real.

Nos sentamos en la cama, y él encendió una pequeña lámpara en la mesita de noche, dejando el resto de la habitación en penumbra. Por un momento, solo nos miramos, como si tratáramos de leer los pensamientos del otro.

“Manu,” dijo, su voz más suave de lo que la había escuchado antes.

“¿Qué?”

“Me encantás.”

No respondí, porque no sabía cómo. En lugar de eso, lo besé otra vez, dejando que mis manos exploraran su rostro, su cuello, el borde de su camisa.

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Las palabras dejaron de importar. Lo que vino después fue algo que no necesitó explicaciones, algo que ocurrió de manera natural, con una mezcla de nervios y confianza. Cada gesto, cada caricia, tenía un ritmo propio, como si estuviéramos improvisando una canción que solo nosotros podíamos entender.

La brisa seguía entrando por la ventana, moviendo las cortinas mientras todo parecía detenerse a nuestro alrededor. Guido fue cuidadoso, atento, asegurándose de que me sintiera cómoda en cada momento.

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Horas más tarde, nos quedamos acostados en la cama, con su brazo alrededor de mi cintura y mi cabeza apoyada en su pecho. Afuera, la ciudad seguía su curso, pero dentro de esa habitación, el tiempo parecía haberse detenido.

“¿Estás bien?” me preguntó, su voz apenas un susurro.

“Sí,” respondí, cerrando los ojos y dejando que el ritmo de su respiración me calmara.

No sabía qué significaba esto para nosotros, pero en ese momento, no me importaba. Todo lo que quería era quedarme ahí, en su espacio, donde todo parecía más fácil, más libre, más nuestro.

Pero, en el fondo, una pequeña parte de mí sabía que esta felicidad no podía durar para siempre.

"Sabes que, Guido, tengo ganas de enfrentar a mi mamá; decirle que no quiero ir a vivir a Europa con ella. ¿Pero y si me arrepiento? No se que hacer" Le dije, en ese momento en el que solo importabamos nosotros.

"El peor arrepentimiento es de las cosas que no nos animamos a hacer." Respondió, con esas siete palabras que me iban a dejar pensando cada hora.

𝐄𝐋𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐉𝐎  | 𝐺𝑈𝐼𝐷𝑂 𝑆𝐴𝑅𝐷𝐸𝐿𝐿𝐼Donde viven las historias. Descúbrelo ahora