Capítulo 30: Cuerdas más que Tensas.
Llegué al ensayo con Los Estelares con la sangre hirviendo. La primero que vi fue a Leo, así que descargue mi enojo con él.
— ¿Porqué mierdan toman decisiones sin mí? — sostuve mientras sentía que la bronca me inundaba el pecho.
— Tranquilízate, Manu. Somos grandes. Es trabajo, profesionalidad. — refutó Leo.
Tenía razón. En estos momentos estaba cegada de enojo, comportandome como la adolescente insoportable que solía ser.
Respiré hondo, intentando no dejar que la bronca me dominara. Sabía que Leo no tenía la culpa, pero necesitaba sacar todo esto de alguna manera.
—No es solo profesionalidad, Leo. ¿Sabés lo que significa esto para mí? ¿Lo que me va a costar pararme ahí como si nada hubiera pasado? —mi voz sonó más frágil de lo que quería.
Leo me sostuvo la mirada, serio. El y Manuel son los únicos que saben todo.
—Sí, lo sé. Pero también sé que sos más fuerte que eso.
Chasqueé la lengua y aparté la vista. Odiaba que me dijeran que era fuerte cuando en realidad sentía que estaba a punto de quebrarme.
Antes de que pudiera responder, la puerta del estudio se abrió de golpe. Un sonido metálico, el eco de unos borcegos contra el piso, y luego una voz que hizo que mi estómago se encogiera.
—¿Siempre armás tanto quilombo cuando trabajás o es solo cuando sabés que voy a estar?
El nudo en mi garganta se transformó en un ardor en el pecho.
Guido.
Me di vuelta con el ceño fruncido, lista para matarlo con la mirada.
—¿Y vos siempre entrás sin que te inviten o es solo cuando querés romperme las pelotas?
Guido sonrió, ese gesto ladino y arrogante que me volvía loca, en el peor de los sentidos.
—No te hagas la dura, Manu.
Como detestaba que me llamara por un apodo. Que hijo de puta.
Detras de Guido estaban Pato y Gaston, juntos a los chicos, estaban en silencio, como si presenciaran un duelo a muerte. Leo suspiró y se pasó una mano por el pelo.
—Por favor, no empiecen. No llevamos ni cinco minutos y ya se quieren matar.
—Yo no lo quiero matar —respondí, cruzándome de brazos—. Solo quiero que no me dirija la palabra.
—Qué lástima, Manu —dijo Guido, con falsa pena—. Porque nos vamos a ver bastante seguido.
Me hirvió la sangre. Sabía que lo hacía a propósito, que disfrutaba provocarme, pero no iba a darle el gusto de verme perder la compostura.
—Lo único que tengo que hacer es tocar —susurré para mí —. Lo demás, me da igual.
Mentira. Me importaba más de lo que quería admitir. Y lo peor de todo era que él lo sabía.
—Perfecto. Entonces vamos a ensayar —dijo Guido con una sonrisa burlona—. Espero que todavía sepas tocar bien.
Ese fue el empujón final.
Me acerqué hasta quedar a pocos centímetros de él, clavándole la mirada.
—Cerrá el orto y agarrá la guitarra.
Los demás hicieron un murmullo incómodo, pero Guido solo se rió bajo, como si se divirtiera con mi reacción.
—Como digas, Manu.
Nos miramos un segundo más, un choque de orgullo y resentimiento que electrificaba el aire. Entonces di media vuelta y tomé mi instrumento, sintiendo cómo cada músculo de mi cuerpo se tensaba.
Este ensayo iba a ser un infierno.
ESTÁS LEYENDO
𝐄𝐋𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐉𝐎 | 𝐺𝑈𝐼𝐷𝑂 𝑆𝐴𝑅𝐷𝐸𝐿𝐿𝐼
ФанфикшнE𝑛 𝑒𝑙 𝑓𝑟𝑒𝑛𝑒𝑡𝑖𝑐𝑜 𝑚𝑢𝑛𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑙 𝑟𝑜𝑐𝑘 𝑛𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎𝑙, 𝑀𝑎𝑛𝑢𝑒𝑙𝑎, 𝑐𝑜𝑛 𝑎𝑝𝑒𝑛𝑎𝑠 18 𝑎𝑛̃𝑜𝑠, 𝑒𝑚𝑝𝑖𝑒𝑧𝑎 𝑎 𝑖𝑛𝑣𝑜𝑙𝑢𝑐𝑟𝑎𝑟𝑠𝑒 𝑒𝑛 𝑙𝑎𝑠 𝑛𝑜𝑐ℎ𝑒𝑠 𝑣𝑎𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 2010. 𝐴𝑛̃𝑜𝑠 𝑚𝑎𝑠 𝑡𝑎𝑟𝑑𝑒, 𝑦𝑎...
