026

410 33 2
                                        

𝐂𝐚𝐩í𝐭𝐮𝐥𝐨 26: 𝐂𝐨𝐬𝐪𝐮í𝐧 𝐑𝐨𝐜𝐤.

El Cosquín Rock era un mundo aparte. Un torbellino de sonidos, luces y personas que se movían como un solo organismo, latiendo al ritmo del rock nacional. Nosotros, Los Estelares, éramos parte de ese caos ordenado que tenía vida propia.

Llegar al festival siempre me llenaba de adrenalina. El aire caliente del verano, el eco de las bandas ajustando sus instrumentos, los técnicos corriendo de un lado a otro y la gente vibrando incluso antes de que empezara todo. Cosas así me recordaban por qué valía la pena cada kilómetro recorrido, cada noche sin dormir, cada sacrificio.

Los chicos y yo nos instalamos en el camarín, como tantas veces lo habíamos hecho en festivales similares. Nico revisaba las cuerdas de su guitarra por quinta vez, asegurándose de que todo estuviera en su punto. Leo acomodaba sus efectos de sonido con la precisión de un cirujano. Yo me limitaba a dar sorbos a mi botella de agua mientras repasaba mentalmente la lista de temas. No éramos nuevos en esto, pero el Cosquín siempre tenía algo especial.

—¿Listos para romperla? —preguntó Leo, haciendo chocar su puño con el de Nico.

—Siempre —respondí con una sonrisa.

Pero había algo raro en mí esa noche. Un cosquilleo en el estómago. ¿Nervios? Tal vez. ¿O era intuición?

Salimos a prueba de sonido y todo quedó impecable. Los técnicos hicieron su magia y, en pocos minutos, ya estábamos caminando por el predio, despejando la mente antes del show.

—Manu, mirá —dijo Nico, señalando una lista de horarios pegada en una de las paredes del backstage—. Parece que Airbag toca después de nosotros.

El nombre apareció en mi cabeza como un relámpago. Un destello de algo que prefería evitar.

—Mirá vos —respondí con un tono despreocupado, sin mirar directamente la lista.

—Siguen activos, eh. Pensé que se habían tomado un descanso —comentó Leo.

—No, siguen llenando estadios —acotó Manuel—. Me crucé con Pato hace un tiempo en un estudio. Buena onda el tipo.

Me limité a asentir, cortando cualquier posibilidad de que profundizaran más en el tema. Airbag. Para cualquiera, solo otra banda en la grilla del festival. Para mí, un recuerdo que había esquivado durante años.

—Manu, ¿vos los conociste, no? —preguntó Leo con curiosidad.

—De vista nomás —mentí sin titubear—.  ¿Vamos al camarín? Quiero repasar Ella Dijo.

—Vamos.

---

El sol empezaba a esconderse detrás de las sierras cuando subimos al escenario. El cielo, teñido de tonos naranjas y violetas, le daba al momento una magia especial.

Desde la primera nota, el público se convirtió en un mar de voces y movimientos. Saltaban, cantaban, coreaban cada palabra como si fueran propias. En esos momentos, me sentía invencible.

Nosotros, Los Estelares, ya no éramos solo una banda que tocaba en bares pequeños de Buenos Aires. Éramos una pieza más en la historia del rock nacional. Y ahí arriba, con las luces cegadoras y la energía de la gente, todo se sentía en su lugar.

—Gracias, Cosquín —dije entre canción y canción, sonriendo—. Esto es Ella Dijo.

El público respondió con un rugido de entusiasmo. Los primeros acordes sonaron, y tomé aire antes de cantar.

Esta canción siempre había sido especial. Para ellos, un hit. Para mí, otra cosa. Algo más íntimo, más profundo.

"Durmiendo en su casa,
los jeans en el suelo.
Mientras me abrazaba,
me dijo sonriendo:
‘Manuela, me encanta ir a la cama contigo,
pero no quiero nada, nada más.’”

El cambio fue sutil, pero se sintió como un puñal. En vez de decir “Manuel”, cantó “Manuela”.

Manuel lo hizo  sin pensar, como en la mayoria de los recitales. El es el único que sabe la historia detrás de esa letra.

Aunque esta vez se sentía diferente. Tal vez porque el protagonista no se encontraba tan lejos.

El nombre resonó como un eco en el aire, y en ese instante, el público se quedó levemente sorprendido. Solo un segundo. Apenas un instante de confusión antes de seguir cantando.

Pero yo lo sentí como un golpe en el estómago.

La letra original había salido de su boca, pero mis pensamientos y de mis recuerdos. Y ahora, al cambiar ese pequeño detalle, todo se volvió más real.

Más mío.

Seguí cantando, dejando que la música me envolviera, pero la sensación de nostalgia era demasiado fuerte. Durante años había querido dejar atrás ciertos fantasmas, y ahora, de la nada, estaban ahí de nuevo. Como si un recuerdo de esos tormentosos años siguiera ahí, esperando para sorprenderme y lastimarme una vez más.

Pero esta vez no permitiría que vuelva a pasar, ya no tengo 17 años.

Terminamos el show con una ovación ensordecedora. Sonreí, hice una reverencia junto a los chicos y bajamos del escenario entre abrazos y felicitaciones.

—¡La rompimos! —gritó Nico, sacudiéndome el hombro con entusiasmo.

—Sí, estuvo increíble —respondí, intentando concentrarme en el presente.

Pero entonces los vi.

A unos metros de distancia, dos figuras familiares. Pato y Gastón.

Mi primer instinto fue ignorarlos, hacer de cuenta que no estaban ahí. Pero la voz de Pato me hizo detener el paso.

—¿Manuela?

Cerré los ojos un segundo y me giré lentamente.

Ahí estaban. Más grandes, más maduros, pero inconfundibles.

—Pato, Gastón —dije con una sonrisa algo tensa.

—¡Mirá quién es! —exclamó Gastón, sorprendido—. Hace años que no nos cruzábamos.

—Sí… bastante —murmuré.

—¿Cómo estás? —preguntó Pato con una sonrisa genuina.

—Bien, bien. ¿Ustedes?

—Laburando como siempre —respondió con naturalidad—. Los vimos recién en el escenario. La rompieron, de verdad.

—Gracias —respondí, sintiéndome un poco incómoda sin motivo aparente.

—Estás igual —dijo Gastón, mirándome con cierta nostalgia—. Aunque más madura.

Reí suavemente.

—El tiempo pasa, por suerte.

Charlamos unos minutos sobre música, el festival, cosas triviales. Pero mi cabeza seguía girando. Sabía que él estaba cerca. Aunque ellos no lo mencionaron, su presencia era inevitable.

—Bueno, nos vemos después, seguro —dijo Pato, antes de despedirse con un abrazo cordial.

—Sí, seguro —asentí.

Los vi alejarse, y respiré hondo antes de volver al camarín.

Los chicos celebraban con una ronda de cervezas, riéndose y disfrutando el momento. Me uní a ellos, pero mi cabeza estaba en otra parte.

El estribillo de la canción volvía a sonar en mi mente.

"Manuela, me encanta ir a la cama contigo,
pero no quiero nada, nada más."

Y ahí estaba yo otra vez.

Lidiando con fantasmas que creía haber superado.

𝐄𝐋𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐉𝐎  | 𝐺𝑈𝐼𝐷𝑂 𝑆𝐴𝑅𝐷𝐸𝐿𝐿𝐼Donde viven las historias. Descúbrelo ahora