Capítulo 38: Con la misma moneda.
Volví a la sala como quien vuelve de una guerra que nadie vio. La música seguía sonando fuerte, los brindis se multiplicaban, y el humo de los habanos se mezclaba con las luces doradas del techo. Me senté en la barra como si fuera un refugio, pedí lo más fuerte que tuvieran y brindé conmigo misma. Por el amor propio perdido, por los besos que no terminan, por los hombres que no saben quedarse. El primer trago bajó como agua. El segundo, como veneno. El tercero ya no lo sentí. Solo quería olvidarme que unos minutos antes había sentido que sus labios eran el único lugar seguro del mundo.
La música y los tragos se mezclaban con todos mis sentidos, decidí ponerme mis lentes negros para disimularlo. Me perdí en la música como todos los presentes ahí. Ví a un grupo de chicos acercarse, murmurando algo entre ellos, que mi estado no me dejaba desifrar.
—¿Por cuantos tragos le das un beso a mi amigo?
—¿Eh? —pregunté, desconcertada.
—¿Por cuantos tragos me das un beso? —exclamó un morocho por lo alto. —
Lo dudé por un momento, pero finalmente fui directo a sus labios. Si él se iba con una rubia, yo me iba con un morocho.
No sé si fue el whisky, la bronca o las ganas de desaparecer, pero después de ese beso no me importó nada. Me reí con ellos, me ofrecieron otro trago, después otro. Y otro. Me sentía liviana, como si ya no pensara. Como si fuera otra. Una que no se tragaba los enojos ni lloraba en silencio. Me subí al escenario improvisado del salón, grité una canción de Estelares que nadie pidió, me chapé a otro flaco con camisa de seda y perfume caro. No me acuerdo su nombre. Pero tampoco me importaba. No quería pensar en su boca sobre la mía. No quería pensar en cómo se fue. Ni en la rubia. Ni en la rubia.
Siguiendo con lo que hacía, con la nublosa vista que tenía, vi a esa figura familiar. Quien más podía ser.
Lo vi antes de querer verlo. Guido. De nuevo. Apareció entre la gente como si la fiesta se hubiera hecho a un lado para dejarlo pasar. Estaba serio, con esa cara que no mostraba nada pero decía todo. Su mirada me buscó como si ya supiera lo que iba a encontrar. Y me encontró. Con los labios de otro flaco en la boca, el rimel corrido, los lentes torcidos y una copa tambaleando en la mano.
—Manuela —dijo firme, seco, mientras se acercaba como un huracán contenido.
—¡Mirá quién volvió! ¡El ausente! —exclamé alzando la voz y la copa, riéndome sin gracia—. ¿Venís a brindar conmigo o a señalarme?
—Estás en pedo —dijo él, con la mandíbula tensa.
—Gracias por la observación, genio del rock. ¿Querés un trago?
—No.
Y sin decir más, se acercó, empujó suavemente al chico que tenía al lado y me agarró del brazo con firmeza, pero sin lastimar.
—Vámonos de acá.
—¡No! No me voy a ningún lado con vos. Andate con tu rubia, Guido. Dale. Terminá la noche como empezaste.
—Cortala. No voy a dejar que termines hecha mierda en la casa de un desconocido.
—¿Y por qué te importa? ¿No éramos nada?
Él me miró con una mezcla de bronca, culpa y algo más que no pude descifrar.
—Porque aunque no sepa lo que somos, no puedo mirarte así y hacerme el boludo. Dale, Manu. Vamos.
Y no sé si fue por el alcohol, por lo rota que me sentía o por lo que todavía me generaba su voz, pero no me resistí. Dejé que me llevara, entre la gente, con mis piernas tambaleando y el corazón un poco más roto.
ESTÁS LEYENDO
𝐄𝐋𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐉𝐎 | 𝐺𝑈𝐼𝐷𝑂 𝑆𝐴𝑅𝐷𝐸𝐿𝐿𝐼
FanfictionE𝑛 𝑒𝑙 𝑓𝑟𝑒𝑛𝑒𝑡𝑖𝑐𝑜 𝑚𝑢𝑛𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑙 𝑟𝑜𝑐𝑘 𝑛𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎𝑙, 𝑀𝑎𝑛𝑢𝑒𝑙𝑎, 𝑐𝑜𝑛 𝑎𝑝𝑒𝑛𝑎𝑠 18 𝑎𝑛̃𝑜𝑠, 𝑒𝑚𝑝𝑖𝑒𝑧𝑎 𝑎 𝑖𝑛𝑣𝑜𝑙𝑢𝑐𝑟𝑎𝑟𝑠𝑒 𝑒𝑛 𝑙𝑎𝑠 𝑛𝑜𝑐ℎ𝑒𝑠 𝑣𝑎𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 2010. 𝐴𝑛̃𝑜𝑠 𝑚𝑎𝑠 𝑡𝑎𝑟𝑑𝑒, 𝑦𝑎...
