𝐂𝐚𝐩í𝐭𝐮𝐥𝐨 25: 𝐓𝐞𝐥𝐚𝐫𝐚𝐧̃𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐜𝐚𝐥𝐥𝐚𝐧.
El sol se filtraba a través de las cortinas, proyectando sombras doradas sobre las sábanas desordenadas. Manuela despertó con la melodía de la noche anterior aún resonando en su cabeza. Trátame suavemente. La canción se enredaba en su mente como un eco lejano, mezclándose con recuerdos que deberían haber quedado enterrados.
Se pasó una mano por la cara, intentando despejarse. No servía de nada quedarse atrapada en el pasado. Se levantó, preparó un café cargado y dejó que la rutina hiciera su trabajo: mensajes de los chicos, la lista de temas para Cosquín Rock, ensayos. Su mente intentaba mantenerse enfocada, pero la sombra de algo más seguía ahí, acechante.
—A ver si nos concentramos, Manuela… —murmuró para sí misma, apretando los dientes.
Pero no era tan fácil.
El día pasó en un parpadeo. La ciudad seguía su ritmo frenético mientras ella intentaba mantenerse a flote. Al caer la tarde, Leo la llamó para confirmar el ensayo del viernes. Cosquín no dejaba margen para errores.
—¿Estás bien, Manu? —preguntó con el tono de quien ya sabe la respuesta.
Ella dudó un segundo.
—Sí, es el cansancio nomás.
Leo no insistió, pero no se lo creyó. Se conocían hace demasiado tiempo como para engañarlo.
La noche llegó con el resplandor de las luces de Buenos Aires titilando como estrellas de neón. Manuela caminó sin rumbo, buscando aire, buscando algo que la desconectara de su propia cabeza. Sin pensarlo, terminó en el mismo bar de siempre.
El lugar seguía igual, aunque con algunos retoques. Ladrillos a la vista, mesas de madera gastadas, el escenario pequeño donde alguna vez se sintió invencible.
—¡Manu! —Una voz familiar la sacó de su trance.
Matías, el barman de toda la vida.
—¿Qué hacés, Mati?
—Lo mismo de siempre. ¿Y vos? Cada vez más famosa. —Le sirvió una cerveza sin que tuviera que pedirla.
Ella sonrió, agradeciendo el gesto. Se acomodó en la barra, mirando de reojo a los músicos que afinaban guitarras en el escenario. Algo en el aire la hizo sentir que el tiempo no había pasado.
—¿Sabías que los de Airbag tocan en Cosquín también? —Matías soltó la bomba como quien comenta el clima.
El comentario le golpeó en el pecho.
—Sí, lo escuché.
Intentó sonar indiferente, pero Matías la conocía demasiado bien.
—Hace mucho que no los nombrás… Que no lo nombrás.
Guido.
Manuela tensó la mandíbula y tomó un trago largo, como si el alcohol pudiera borrar el peso de ese nombre.
—Es mejor así. Algunos nombres es mejor guardarlos.
Matías no insistió, pero el aire entre ellos se volvió denso, cargado de recuerdos que ella no quería revivir.
De vuelta en su departamento, el silencio la envolvió. Tiró las llaves sobre la mesa y encendió la computadora, siguiendo su rutina de revisar mails antes de dormir. Pero entre confirmaciones, invitaciones y prensa, un asunto la hizo detenerse en seco.
"¿Te veo en Cosquín?"
El remitente era un golpe al pecho.
Guido.
La sangre se le congeló en las venas. Dudó un momento antes de abrirlo, pero la curiosidad fue más fuerte que el miedo.
"Manu, no sé si sigue siendo tu correo, pero si lo es… supongo que nos veremos en Cosquín. Escuché lo que están haciendo con Los Estelares y me alegra ver todo lo que lograste. Nos vemos allá, si querés. Guido."
Frío. Distante. Como si no hubieran pasado años, como si no hubiera heridas abiertas.
Manuela cerró la computadora de golpe y se llevó las manos a la cara.
Afuera, la ciudad seguía viva. Adentro, todo se había detenido.
"Siempre de toda caída libre, hay un impacto."
Y el suyo estaba a punto de llegar.
ESTÁS LEYENDO
𝐄𝐋𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐉𝐎 | 𝐺𝑈𝐼𝐷𝑂 𝑆𝐴𝑅𝐷𝐸𝐿𝐿𝐼
Hayran KurguE𝑛 𝑒𝑙 𝑓𝑟𝑒𝑛𝑒𝑡𝑖𝑐𝑜 𝑚𝑢𝑛𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑙 𝑟𝑜𝑐𝑘 𝑛𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎𝑙, 𝑀𝑎𝑛𝑢𝑒𝑙𝑎, 𝑐𝑜𝑛 𝑎𝑝𝑒𝑛𝑎𝑠 18 𝑎𝑛̃𝑜𝑠, 𝑒𝑚𝑝𝑖𝑒𝑧𝑎 𝑎 𝑖𝑛𝑣𝑜𝑙𝑢𝑐𝑟𝑎𝑟𝑠𝑒 𝑒𝑛 𝑙𝑎𝑠 𝑛𝑜𝑐ℎ𝑒𝑠 𝑣𝑎𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 2010. 𝐴𝑛̃𝑜𝑠 𝑚𝑎𝑠 𝑡𝑎𝑟𝑑𝑒, 𝑦𝑎...
