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𝐂𝐚𝐩𝐢́𝐭𝐮𝐥𝐨 23: 𝐒𝐢𝐧 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐫𝐨𝐦𝐢𝐬𝐨

La calle estaba en silencio, con solo el murmullo ocasional de algún auto pasando en la lejanía. Manuela se asomó por la ventana para asegurarse de que nadie estuviera despierto. El brillo de los faroles iluminaba el auto estacionado frente a su casa, donde Guido esperaba, apoyado contra la puerta del conductor. Vestía una chaqueta de cuero negra y jeans gastados que parecían hechos a medida para él.

Su computadora vibro en su cuerto al sonido de un mail:
Asunto: ¿Estás lista?

Ella respondió con un simple "Ya salgo", y bajó las escaleras de puntillas, cuidando que las tablas de madera no crujieran. Al abrir la puerta, el aire fresco de la noche la envolvió, pero fue la sonrisa de Guido lo que realmente la hizo estremecer.

-¿Todo bien? -preguntó él, abriendo la puerta del acompañante para ella.

-Todo tranquilo. ¿A dónde vamos? -dijo, acomodándose en el asiento y cerrando la puerta suavemente.

-A donde quieras. Esta noche es tuya. -Le guiñó un ojo y puso el auto en marcha.

El estéreo se encendió, y los acordes inconfundibles de "Tratame suavemente" comenzaron a sonar. Manuela sonrió al reconocer la canción. Guido tarareaba mientras conducía, de vez en cuando mirándola de reojo, como si quisiera asegurarse de que ella estuviera realmente allí.

-¿Es tu favorita de Soda? -preguntó ella, rompiendo el silencio.

-Una de ellas -respondió, sin apartar la vista del camino-. Pero creo que ahora me gusta más porque estás acá.

Manuela sintió un calor subir por sus mejillas, pero no dijo nada. La voz de Cerati llenó el silencio entre ellos, creando una atmósfera íntima mientras la ciudad quedaba atrás.

Llegaron a un pequeño departamento en las afueras, lejos del bullicio. Guido la guió adentro, encendiendo solo una lámpara que bañaba la sala con una luz cálida y tenue. Manuela dejó su bolso en el sofá, mirando a su alrededor. El lugar era sencillo pero acogedor, con discos de vinilo apilados junto a una vieja guitarra apoyada contra la pared.

- ¿Y esto, apartamento nuevo?-preguntó Manuela, acercándose.

- Es otro apartamento más en Palermo, nada más.  -respondió el, alzando la mirada hacia ella antes de besarla.

El beso fue lento al principio, una exploración que rápidamente se tornó más intensa. Guido la sostuvo por la cintura, acercándola más, mientras sus manos se aventuraban por su espalda.

-Sos hermosa -murmuró contra sus labios, su voz grave y cargada de emoción.

La condujo hacia la habitación, donde la cama estaba cubierta con sábanas blancas impecables. Cada movimiento parecía cuidadoso, como si estuviera memorizando cada detalle de ella. Sus manos, fuertes pero gentiles, recorrieron su piel, mientras la besaba con una mezcla de deseo y devoción.

Manuela se sintió vulnerable, pero también completamente segura. Guido la miraba como si fuera la única persona en el mundo, sus ojos reflejando algo más profundo que solo deseo. Mientras se entregaban el uno al otro, cada caricia y susurro construía un momento que ninguno de los dos quería que terminara.

Después, él la envolvió con su brazo, atrayéndola hacia su pecho. Manuela jugueteaba con un botón de su camisa, mientras él trazaba círculos en su espalda con los dedos.

-Esto es perfecto, ¿sabés? -dijo Guido, rompiendo el silencio.

-¿Por qué? -preguntó ella, levantando la vista hacia él.

-Porque estás acá conmigo. Y porque no quiero estar en ningún otro lugar. Quien iba a decir que la piba mas odiosa del bar iba a terminar así, no?

Ella sonrió, sintiendo un nudo en la garganta. Había algo en la forma en que lo decía, como si esas palabras llevaran más peso del que se atrevía a admitir.

Esa noche, mientras el sueño los envolvía lentamente, el mundo fuera del pequeño departamento dejó de existir. No eran novios, no habían hecho promesas, pero en ese momento, eso no importaba. Tenían todo lo que necesitaban: uno al otro.

𝐄𝐋𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐉𝐎  | 𝐺𝑈𝐼𝐷𝑂 𝑆𝐴𝑅𝐷𝐸𝐿𝐿𝐼Donde viven las historias. Descúbrelo ahora