𝐂𝐚𝐩í𝐭𝐮𝐥𝐨 21: 𝐓𝐨𝐝𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐞𝐜𝐢𝐚 𝐩𝐞𝐫𝐟𝐞𝐜𝐭𝐨.
El taxi se detuvo frente a la casa de Guido, un edificio antiguo con una fachada desgastada pero llena de personalidad. Había algo en ese lugar que lo hacía encajar perfectamente con él: genuino, auténtico, y un poco desordenado.
Subí las escaleras hasta su departamento, sintiendo cómo la ansiedad se mezclaba con la expectativa. Toqué la puerta dos veces y apenas pasaron unos segundos antes de que se abriera.
“Hola,” dijo Guido, apoyado en el marco de la puerta, con el cabello despeinado y una remera blanca que parecía haberse puesto al azar.
“Hola,” respondí, intentando no parecer demasiado nerviosa.
Me hizo pasar, y de inmediato me envolvió ese ambiente tan suyo. Había guitarras apoyadas contra las paredes, hojas de letras escritas a mano sobre la mesa del living, y un tocadiscos sonando suavemente con algún disco de Los Beatles. La luz era tenue, cálida, casi como si la casa misma supiera que ahí no hacían falta grandes adornos.
“¿Querés algo de tomar?” preguntó, y yo negué con la cabeza.
“Estoy bien, gracias.”
Nos sentamos en el sofá, al principio en silencio. Él parecía pensativo, como si estuviera buscando las palabras correctas para decir algo importante.
“¿Sabés que nunca dejo que nadie venga acá?” soltó de repente, rompiendo el hielo.
Lo miré, sorprendida. “¿Por qué no?”
“Porque esto... es mi refugio. Donde todo lo demás desaparece. Donde no tengo que ser el Guido de los escenarios, ni el de las entrevistas. Acá soy yo, y nada más.”
“Entonces, ¿por qué me invitaste?” pregunté, intentando no sonar demasiado emocionada.
Guido me miró directo a los ojos, algo que siempre hacía cuando estaba a punto de ser completamente honesto. “Porque con vos no siento que tenga que fingir nada.”
Mis defensas se desmoronaron con esas palabras. Siempre había sentido que entre nosotros había una conexión especial, pero escuchar que él también lo veía de esa manera lo hacía real, tangible.
“¿Sabés que yo también me siento así con vos?” confesé, casi en un susurro.
Él asintió, como si ya lo supiera. Se acercó un poco más, y por un momento pensé que iba a besarme, pero en lugar de eso comenzó a hablar de cosas que nunca antes había compartido conmigo.
Me contó sobre su infancia, sobre cómo la música había sido su salvación en momentos difíciles. Yo le hablé de mis miedos, de la presión constante de mis padres por convertirme en alguien que no quería ser.
“No quiero vivir una vida que no sea mía,” dije, con un nudo en la garganta.
“Entonces no lo hagas,” respondió él, con una simpleza que me dejó sin palabras.
La conversación fluyó como un río tranquilo, sin prisas, pero cargada de significado. Era como si estuviéramos desnudando nuestras almas, quitándonos las máscaras que llevábamos ante el resto del mundo.
---
El espacio entre nosotros se fue acortando poco a poco, como si fuera lo más natural del mundo. Cuando nuestros labios finalmente se encontraron, fue suave al principio, como un susurro. Pero pronto, el beso se volvió más intenso, más urgente, como si estuviéramos tratando de decirnos con nuestras acciones todo lo que las palabras no podían expresar.
Guido se levantó del sofá, tomándome de la mano para llevarme a su habitación. Nos recostamos juntos, y el resto del mundo se desvaneció. Todo lo que importaba era ese momento, su piel contra la mía, la forma en que me miraba, como si fuera la única persona en su universo.
No había necesidad de palabras, porque todo lo que sentíamos estaba ahí, en cada caricia, en cada suspiro.
---
El sol se colaba por las persianas, iluminando suavemente la habitación. Guido seguía dormido, con el cabello revuelto y una expresión de paz que rara vez veía en él. Me quedé un rato observándolo, tratando de grabar ese momento en mi memoria.
Finalmente, me levanté y empecé a buscar mi ropa, intentando no hacer ruido. Mientras me vestía, noté una guitarra en un rincón del cuarto, con un cuaderno abierto a su lado. La curiosidad pudo más, y me acerqué a ver qué estaba escribiendo.
Eran letras, fragmentos de canciones que parecían tan caóticas como él, pero con una belleza cruda que me dejó sin aliento.
“¿Qué hacés?” preguntó de repente, con la voz ronca por el sueño.
“Perdón, no quería espiar,” dije, cerrando el cuaderno rápidamente.
Él sonrió, incorporándose en la cama. “No pasa nada. Si alguien puede ver eso, sos vos.”
Me acerqué de nuevo, y él me tomó de la mano, tirando suavemente de mí para que volviera a acostarme a su lado.
“¿Qué vas a hacer hoy?” preguntó, todavía medio dormido.
“No sé. Pero creo que cualquier cosa va a ser mejor después de esto,” respondí, sonriendo.
Y en ese momento, todo parecía perfecto.
---
hola corazones, como están? bueno, paso a decir que dentro de muy pocos capítulos la historia va a cambiar totalmente, y pedirles una opinion de lo que viene siendo la historia!
- viku
ESTÁS LEYENDO
𝐄𝐋𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐉𝐎 | 𝐺𝑈𝐼𝐷𝑂 𝑆𝐴𝑅𝐷𝐸𝐿𝐿𝐼
أدب الهواةE𝑛 𝑒𝑙 𝑓𝑟𝑒𝑛𝑒𝑡𝑖𝑐𝑜 𝑚𝑢𝑛𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑙 𝑟𝑜𝑐𝑘 𝑛𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎𝑙, 𝑀𝑎𝑛𝑢𝑒𝑙𝑎, 𝑐𝑜𝑛 𝑎𝑝𝑒𝑛𝑎𝑠 18 𝑎𝑛̃𝑜𝑠, 𝑒𝑚𝑝𝑖𝑒𝑧𝑎 𝑎 𝑖𝑛𝑣𝑜𝑙𝑢𝑐𝑟𝑎𝑟𝑠𝑒 𝑒𝑛 𝑙𝑎𝑠 𝑛𝑜𝑐ℎ𝑒𝑠 𝑣𝑎𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 2010. 𝐴𝑛̃𝑜𝑠 𝑚𝑎𝑠 𝑡𝑎𝑟𝑑𝑒, 𝑦𝑎...
