𝐂𝐚𝐩𝐢́𝐭𝐮𝐥𝐨 22: 𝐒𝐚𝐥𝐭𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐚𝐥 𝐯𝐚𝐜𝐢́𝐨.
Y ahí estaba yo, recostada sobre su cama, después de lo que había sido casi nuestra octava noche consecutiva.
Mi relación con Guido estaba subiendo, saltándose algún que otro escalón que estaba por ahí. Desayunábamos juntos, hablábamos todos los días, venía a mis ensayos, iba a los suyos. Solo nos faltaba el título de novios.
Mi vida también estaba bastante estable; había vuelto a grabar con Calamaro y cada vez nuestro vínculo se fortalecía más, como si fuera un hermano mayor.
Los Estelares estábamos cada vez más en la escena del rock nacional, y mientras grabábamos nuestro primer disco, cada vez más disqueras nos querían para ser su nuevo proyecto.
La rutina era clara: de vez en cuando me reunía con Calamaro, tocábamos todas las noches en el bar con Los Estelares, y para cerrar con broche de oro, terminaba las noches con Guido.
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Esa noche, como tantas otras, terminamos en el departamento de Guido. Apenas abrimos la puerta, su guitarra estaba apoyada en el sillón, y en la mesa del living había restos de un almuerzo olvidado: un plato con migas y una botella de vino a medio terminar.
“¿Siempre vivís así?” pregunté, sonriendo mientras colgaba mi campera en el perchero.
“¿Así cómo?” respondió, tirándose en el sillón con una media sonrisa.
“No sé… caótico,” dije, señalando con la mirada el desorden que lo rodeaba.
“Este es mi orden,” respondió mientras se levantaba y se acercaba a mí. Antes de que pudiera replicar, me tomó de la cintura. “Y parece que a vos no te molesta tanto, porque siempre volvés.”
“Idiota,” murmuré entre risas, pero mi voz se desvaneció cuando sus labios rozaron los míos.
Guido tenía esa manera de mirarme, de tocarme, que hacía que olvidara cualquier cosa que no fuera ese momento. Nos besamos en el pasillo, y de ahí todo fue una sucesión de movimientos que se sentía natural, como si nuestros cuerpos entendieran algo que nuestras palabras no podían explicar.
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La habitación de Guido era pequeña y estaba desordenada, pero de alguna manera se sentía acogedora. Había posters de viejas bandas de rock pegados en la pared, un amplificador en una esquina y su cama deshecha en el centro. Me senté en el borde mientras él buscaba un encendedor para prender un cigarrillo.
“Esto es lo más ordenado que estuvo en meses,” bromeó, tirándose a mi lado.
“¿Vos llamás ordenado a esto?” le respondí, alzando una ceja.
Pero cualquier respuesta que pudiera dar se perdió en el aire cuando me abrazó, girándome hacia él. Nos miramos por un instante, y luego me besó otra vez, esta vez más lento, más profundo.
Las sábanas se enredaron alrededor nuestro mientras la ropa iba desapareciendo pieza por pieza. Sus manos recorrían mi piel con una mezcla de ternura y urgencia, y yo me aferraba a él como si fuera lo único sólido en un mundo que se tambaleaba constantemente.
No era nuestra primera vez, pero cada vez que estábamos juntos había algo nuevo, algo diferente. Guido tenía una manera de hacer que todo se sintiera intenso, como si cada momento fuera único. Aunque fuera yo la única que quedaba desnuda.
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Después de un rato, nos quedamos acostados, nuestras respiraciones todavía entrecortadas. Guido prendió un cigarrillo y dejó caer la cabeza contra el respaldo de la cama, mirando el techo. Yo me giré hacia él, apoyando mi cabeza en su pecho mientras trazaba círculos con mis dedos en su piel.
“¿En qué pensás?” le pregunté, rompiendo el silencio.
Él tardó un momento en responder. “En todo… la música, los ensayos, nosotros…”
“¿Nosotros?” repetí, levantando la mirada hacia él.
“Sí, en lo que tenemos,” dijo, soltando el humo lentamente. “Está bueno, ¿no?”
“Sí,” respondí, aunque mi pecho se apretó un poco al escuchar la palabra “bueno”.
“Es que no sé… nunca fui de ponerle títulos a nada,” continuó, con ese tono relajado que siempre usaba. “Las cosas fluyen mejor así, sin presiones, sin etiquetas. ¿No te parece?”
No sabía qué decir. Por un lado, entendía lo que quería decir. Lo nuestro había sido espontáneo, natural, sin discusiones ni expectativas. Pero, por otro lado, había algo en sus palabras que me dejó confundida.
Asentí lentamente, como si estuviera de acuerdo, aunque por dentro no estaba segura de cómo me sentía. Guido me miró y sonrió, como si mi silencio fuera suficiente.
“Bueno, no pensemos tanto,” dijo, aplastando el cigarrillo en un cenicero junto a la cama. “Vení.”
Me acercó otra vez, y por un momento dejé que el calor de su abrazo disipara las dudas que comenzaban a surgir en mi mente.
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Cuando volví a casa, todos estaban dormidos. Entré en silencio, cerrando la puerta con cuidado, y subí a mi habitación. Me dejé caer en la cama, sin siquiera quitarme los zapatos, y miré el techo.
Las palabras de Guido seguían resonando en mi cabeza. “Nunca fui de ponerle títulos a nada.”
Saqué mis auriculares de la mesita de noche y abrí el reproductor de música. Busqué la canción que siempre escuchaba cuando no sabía qué sentir.
“Trátame suavemente” comenzó a sonar, llenando la habitación con su melancolía.
Cerré los ojos y dejé que las palabras me envolvieran, cada verso golpeando algo profundo dentro de mí.
“Siempre de toda caída libre, hay un impacto,” pensé, recordando algo que leí una vez. Y aunque todo con Guido se sintiera como un salto al vacío, ahora estaba empezando a entender que tarde o temprano iba a sentir la fuerza del impacto.
Mientras la canción continuaba, me prometí que iba a estar bien. Aunque todavía no tenía idea de cómo.
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𝐄𝐋𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐉𝐎 | 𝐺𝑈𝐼𝐷𝑂 𝑆𝐴𝑅𝐷𝐸𝐿𝐿𝐼
Fiksi PenggemarE𝑛 𝑒𝑙 𝑓𝑟𝑒𝑛𝑒𝑡𝑖𝑐𝑜 𝑚𝑢𝑛𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑙 𝑟𝑜𝑐𝑘 𝑛𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎𝑙, 𝑀𝑎𝑛𝑢𝑒𝑙𝑎, 𝑐𝑜𝑛 𝑎𝑝𝑒𝑛𝑎𝑠 18 𝑎𝑛̃𝑜𝑠, 𝑒𝑚𝑝𝑖𝑒𝑧𝑎 𝑎 𝑖𝑛𝑣𝑜𝑙𝑢𝑐𝑟𝑎𝑟𝑠𝑒 𝑒𝑛 𝑙𝑎𝑠 𝑛𝑜𝑐ℎ𝑒𝑠 𝑣𝑎𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 2010. 𝐴𝑛̃𝑜𝑠 𝑚𝑎𝑠 𝑡𝑎𝑟𝑑𝑒, 𝑦𝑎...
