037

239 20 2
                                        

Capítulo 37: Irresponsables

Habían pasado tres días. Setenta y dos horas enteras desde que lo vi por última vez. Y no es que lo estuviera contando... pero sí. Lo estaba contando.

'La Lógica del Escorpión ' estaba a minutos de presentarse, y junto a ello, una gran sala del Teatro Colon se inundaba de euforia y perfume caro.

Era una mezcla de todo. Productores que iban y venían, meseros que corrían por los pasillos. Y yo, Manuela, me perdía en el humo de un cigarrillo.

No lo había visto todavía, pero algo en el aire me avisó que estaba cerca. Como cuando sentís que alguien te está mirando, o cuando una canción te eriza la piel antes de que arranque. Lo sentí. Y odié sentirlo.

Como tanto odiaba sentirlo, decidí verlo. Como su ambiente natural, estaba rodeado de Whiskys que aromatizaban su entorno, mujeres que iban y venían en un baiben. Ese era él, el Guido fácil de distinguir, visible hasta de espaldas.

Y eso era lo que más odiaba, que pareciera que era otro, pero terminaba siendo el mismo, y yo la misma.

—¿Vos no laburabas con él? —me preguntó Clara, una productora de la Rolling que apenas conocía pero hablaba como si fuéramos íntimas.
—¿Con quién? —pregunté, sabiendo perfectamente con quién.
—Con ese —señaló con la copa en la mano, sin disimular—. El rubio de lentes, el de la camisa beige. Guido. Qué bomba, ¿no? Aunque tiene pinta de quilombero. Me encantan esos.

Sí, yo también caí en eso.

Puse una sonrisa de compromiso y tragué el resto del vino como si fuera agua. No necesitaba que nadie me confirmara que era un quilombo. Yo ya lo sabía. Lo sabía desde el primer día que me miró como si pudiera desarmarme sin tocarme.

En un instante, los telones se cerraron, las luces se apagaron, se iluminó una figura en el escenario, y ahí estaba él, Charly. Alguien que no pensé ver en vida, pero ahí estaba, como si fuera inmortal.

Se me apretó el pecho. No por Guido, por primera vez. Era Charly. Con sus gafas negras, su voz rota y el piano eterno. No sé si fue una canción o media, pero por unos minutos me olvidé de todo. Hasta que, entre los aplausos, me di vuelta. Y ahí estaba él. Guido. A unos metros. Mirándome como si no hubiéramos peleado, como si nunca me hubiera mentido, como si yo no estuviera rota.

---

Luego de la presentación, del disco eterno, el Teatro Colon se llenó de aplausos para el más grande del Rock, para el Rock.

El ambiente del festejo se hacía presente cada vez más, con vestidos y trajes elegantes, miradas cómplices, y podía decir que yo pertenecía a eso.

Me moví entre las copas y los flashes como si fuera parte del decorado, pero algo dentro mío empezaba a hacer ruido. No por lo que acababa de ver en el escenario, sino por lo que sentía viéndolo a él, otra vez, tan cerca.

Haber estado en su casa, ver todo intacto, todo como siempre, me hizo volver a lugares donde estuve años para salir. Verlo devuelta así, tan natural conmigo, hizo que algo resonara, y lo que más me preocupaba es no saber qué.

Agarré una copa de algo burbujeante que no identifiqué, sonreí por compromiso a un par de conocidos, y me escapé. Busqué aire. Literalmente. Caminé por uno de los pasillos laterales del teatro hasta dar con una puerta entreabierta. Un balcón. Perfecto.
El aire de la noche me recibió como un abrazo. Agarre un atado de cigarrillos y tomé una bocanada. Hasta que escuché la puerta abrirse de nuevo.

Se apoyó en el marco de la puerta como si fuera el dueño del mundo. O al menos de ese balcón.
—¿Desde cuándo fumás? —preguntó con esa voz entre curiosa y molesta que tanto conocía.

No me molesté en mirarlo de frente. Di una calada larga y contesté mientras el humo se escapaba entre mis labios:
—Desde que me crucé con gente que me da ganas de prender fuego algo.

Escuché su risa leve, ese tono sobrador que me erizaba la piel por las razones equivocadas.
—¿Siempre tan dramática o es solo conmigo?

Me acomodé el pelo detrás de la oreja, más por nervios que por coquetería. Después lo miré.
—Solo con vos. Vos sacás lo peor de mí. Felicitaciones.

Su sonrisa se borró un poco.
—Y vos de mí. Supongo que estamos a mano.

Lo odiaba. Odiaba que me hablara como si nada, como si lo que había pasado no significara nada.
—No estamos a mano, Guido. Vos te borraste. Vos siempre te borrás.

Él apretó la mandíbula, como si no le gustara escuchar la verdad.
—¿Y qué querías? ¿Que me quedara para seguir discutiendo?

—No —dije rápido, antes de que me doliera—. Quería que no me miraras como si me quisieras y después te fueras como si no valiera nada.

Lo dije con la voz firme, pero sentí cómo se me cerraba el pecho.

Guido bajó la mirada.
—Nunca dije que no valieras nada. No éramos nada.

Tragué saliva. Me ardieron los ojos, pero no iba a llorar.
—No tenés que decirlo. Se siente.

El aire entre nosotros se puso denso, casi pegajoso. Como si lo pudiéramos cortar con las manos. No sé si era bronca, atracción o las dos cosas.

Él dio un paso más cerca, y bajó la voz:
—Sos un quilombo. Un día tenés la mejor y al otro me querés partir una guitarra en la cabeza.

Me crucé de brazos. Me dolía todo, pero no iba a mostrarlo.
—Y vos un cobarde.

Hice una pausa. Me temblaban los dedos y ni el cigarrillo podía disimularlo.
—Supongo que sos bastante maduro para entenderlo.
Y después, más bajito, más para mí que para él:
—O yo soy una pelotuda...

Pero claro que me escuchó. Siempre escuchaba lo que no tenía que escuchar.

—Me encanta verte enojada. Seguí así, Manu —dijo con esa sonrisa de mierda que siempre me desarmaba.

No lo pensé. Di un paso hacia él.
—¿Ah, sí? ¿Te gusta verme enojada?

Mis palabras salieron casi como un desafío, una provocación.

Y ahí estábamos. A centímetros. Con la furia y las ganas latiendo igual de fuerte. Lo miré. Me miró. Y ya no supe quién fue primero. Solo sentí su boca contra la mía. Fuerte. Apurada. Rabiosa. Como si en ese beso nos estuviéramos diciendo todo lo que no nos habíamos animado antes.

Y yo lo besé. Lo besé con bronca. Como si me vengara de todo. Como si todavía no supiera si lo odiaba o lo quería demasiado.
Nuestros labios parecían que estaban echos solo para eso, para esa bronca, para esa tensión. Pero ahí me di cuenta que teníamos la peor puntería del mundo.
—Gui! ¿Donde estas? —preguntó una voz femenina a lo lejos, de cabellera rubia.—

—La puta madre.. —murmuró mientras el beso se desvanecía.—

Hombre trola.

Me alejé un paso, acomodándome el vestido como si eso pudiera tapar el temblor que me había dejado en la piel.

Él me miró como si quisiera decir algo, pero ni siquiera tuvo tiempo.

—Después decís que yo soy la dramática —le solté, con la voz un poco rota, pero firme.

Y me fui. Porque si me quedaba un segundo más, era capaz de volver a besarlo.

---

hola amores, nos vemos en tw @/reboludamal__ !

𝐄𝐋𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐉𝐎  | 𝐺𝑈𝐼𝐷𝑂 𝑆𝐴𝑅𝐷𝐸𝐿𝐿𝐼Donde viven las historias. Descúbrelo ahora