Lo hacían a tal punto que los bordes de uno y del otro se perdían entre sí, creando una combinación desastrosa.
O maravillosa.
El aire estaba más frío de lo que había previsto y maldije cuando me erizó la piel al descender del auto. Alguien más sensato habría optado por utilizar una cafarena dentro de una gabardina en una gélida noche en lugar de un saco sin nada dentro, esperando que fuera suficiente para mantener a raya la baja temperatura.
Una equivocación, pero no iba a dejar dentro de mi clóset el arma letal que me daría la victoria en la batalla de esta noche.
—¿Seguro que no quieres ir a cambiarte?—preguntó mi hermano por enésima vez cuando bajó del auto y abrió la puerta a Chaewon.
—No, estoy bien—mentí sintiendo que me congelaba y me arrebujé en los bolsillos de este delgado saco buscando fútilmente transmitirles calor.
Yeonjun me miró poco convencido.
—No creo que haya sido la mejor elección con este clima.
—Se ve divino con el traje, deja de molestarlo—acudió al rescate su prometida, caminando tomada de su brazo. —Además, dentro del restaurante estará cálido.
—¿Ves?—apunté yendo a su paso—. Es elegante, bonito y adecuado para la ocasión. Es solo una cena en la que no me quedaré más de dos horas.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—¿Por qué?—preguntó curiosa Chaewon.
—Tengo una corazonada—me encogí de hombros haciendo mi mejor esfuerzo por no sonreír.
Cuando cruzamos las enormes puertas de cristal que precedían al ornamentado vestíbulo, agradecí el asalto de aire cálido que me golpeó la cara al entrar, permitiendo que la sangre circulara a mis tiesas piernas.
Dentro había unos cuantos hombres y mujeres aglomerados en pequeños grupos que charlaban entre sí. Unos reían cerca del ascensor, interrumpidos por la gente que subía constantemente; otros estaban dispuestos frente a una colección de pinturas con un estilo que era un feo híbrido entre Francisco de Goya y Gustav Klimt; a la derecha, sentados en unos sillones de cuero, había unos cuantos hombres debatiendo acaloradamente algo.
Algunos hombres se apresuraron a saludar a mi hermano y su prometida; otros me estrechaban la mano con sonrisas tan enormes que parecían dolorosas.
La sensación de ansiedad que percibía por no reconocer ninguna de las caras ya hormigueaba bajo mi piel.