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SANG-WOO PARK
Taladré a mi hijo desde el otro lado de la sala, esperando que con ese gesto pudiera hacerlo entrar en razón, pero él continuó alzando la barbilla, sus ojos duros y decisivos.
Siempre creí que quienes decían que criar hijos era una de las actividades más difíciles de la vida eran solo idiotas faltos de carácter, con una clara incapacidad para educarlos.
Pero no.
Estaban en todo lo cierto y tenían toda la puta razón del mundo.
Fue muy idiota de mi parte pensar que mis hijos eran distintos a los demás, que los había educado bien, que serían capaces de discernir entre lo conveniente y lo inconveniente, joder, que podrían distinguir entre lo bueno y lo malo, pero no, claramente no.
Mi garganta aún estaba seca por responder a los alegatos de la histérica de Ye-Ji y el cansancio se asentaba sobre mis hombros como una pesada y gruesa capa.
Las cosas con ambas familias no habían ido bien.
Carajo, había sido un desastre y no sabía cómo limpiar la mierda que mi hijo había regado por todo el lugar con su chistecito.
Despedir a los invitados y evadir sus insistentes preguntas con algo creíble y tajante había sido toda una hazaña. Ahora que Min-Ho se encargaba de entretener a los pocos que quedaban, era momento de exigir explicaciones.
—¿Es real?—inquirí ásperamente, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Qué cosa?
—El matrimonio, Jimin. ¿Qué más va a ser?
Tensó la mandíbula con determinación, como yo solía hacer cuando estaba a punto de emitir una respuesta que no iba a gustarle a los demás.
—Muy real.
La llama de la ira se encendió en la base de mi estómago.
—¿Cuánto tiempo llevan casados?
—Casi seis meses.
Coloqué los dedos en el puente de la nariz y cerré los ojos para tratar de detener la jaqueca que me martilleaba la cabeza.
—¿Quién tiene el acta?—preguntó serena Go-Eun a mi lado.
—La usamos par...
—¿Por qué lo hiciste?—lo corté, estoico.
Me costaba horres asimilar que mi hijo, hubiese caído ante los encantos baratos de un crío cagón, que además era producto de la zorra de Ye-Ji.