Cap. 42

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JIMIN: 

Miré el reloj en mi buró y caí en cuenta de que había logrado dormir cuarenta minutos.

El sonido amortiguado de unas voces se colaba hasta mi habitación y consideré el permanecer en cama un momento más para apaciguar el lacerante dolor que se asentaba en mi pecho.

JK no estaba por ningún lado, y su ausencia me hizo sentir enfermo.

Me incorporé pese a las protestas de mi cuerpo, que se sentía pesado como plomo y arrastré mis pies escaleras abajo vistiendo la misma ropa de ayer.

Me había quedado despierto esperando a mamá para conseguir alguna migaja de información, algo que me ayudara a mitigar la incertidumbre que me carcomía, sin éxito.

Cuando entré al comedor, papá estaba sentado a la cabeza, con mamá a la derecha.

Lucía tan exhausta como yo, pero no tan demacrada.

Me senté frente a ellos con los ojos escociéndome por la privación de sueño.

—Jimin, ¿estás bien?—preguntó papá preocupado.

—¿Cómo está él?—ignoré a papá emitiendo una voz ahogada y tuve que tragar para formular mejor las palabras—. ¿Cómo está, mamá?

—¿Cómo está quién?

Se pasó la lengua por los labios y le lanzó una mirada dubitativa a papá antes de centrarse en mí otra vez.

—Jeon Jungkook está en el hospital.

El recordatorio envió otro latigazo de dolor desde la base de mi estómago hasta mi pecho.

Papá enarcó las cejas, sorprendido.

—¿Por qué?

—Una contusión, aparentemente por un juego de fútbol.

—Suele pasar—dijo con indiferencia. —Imagino que no es nada grave.

Observé a mamá expectante, en parte rogándole que confirmara lo que papá decía.

Que no era nada grave.

Carraspeó y se rascó una ceja.

—Es muy pronto para determinarlo. Ayer contuvieron la hemorragia y creo...

—¿Crees? ¿Cómo qué crees?—la corté crispado—¿No lo estás atendiendo tú? ¿No se supone que eres la directora del hospital?

—Cariño, tranquilo—habló papá desconcertado por mi desesperación. —¿Por qué es tan importante?

—Mi especialidad es pediatría, Jimin. Los especialistas en esa rama se están encargando de él, están haciendo su trabajo.

—¿Entonces no tienes idea de su estado?—espeté con voz temblorosa, a punto de echarme a llorar.

Guardó silencio, como si buscara las palabras correctas.

—Lo estoy monitoreando personalmente, pero su recuperación no está en mis manos. Es muy pronto para emitir un diagnóstico.

—Entonces...

—Entonces tenemos que esperar—me interrumpió severa, con ese deje clínico que la había visto adoptar en sus consultas—. No hay más que hacer. Están trabajando para aliviar la presión intracraneal, pero todo depende de él y de cómo reaccione con el tratamiento.

—¿Se recuperará?—inquirí en un susurro, con miedo de su respuesta.

Mamá guardó silencio por un tiempo que me pareció una eternidad.

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