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Con el paso de los meses, las cosas entre Alice y __ comenzaron a asentarse con una suavidad que ninguna de las dos se había atrevido a imaginar cuando todo se quebró, lo que inició como un intento tímido de volver a encontrarse —de reconstruir lo perdido, de comprenderse de nuevo— lentamente se transformó en una rutina compartida, en una calma nueva y cómoda que solo se consigue después de haber atravesado el caos juntas.

El tiempo a solas les sirvió más de lo que cualquiera podría haber anticipado, estar lejos de las miradas inquisitivas, de las preguntas, de los consejos no pedidos, les permitió escucharse de verdad, las conversaciones largas, las miradas sostenidas, los silencios compartidos... cada uno de esos momentos sumó como piezas en un rompecabezas que parecía haberse dispersado en mil fragmentos, y que ahora volvía a tomar forma, pieza por pieza

Alice, que al principio había sido un manojo de tensión y miedo —temiendo que cualquier palabra mal dicha o ausencia breve pudiera desatar otra ruptura—, comenzó a relajarse, a sonreír con más frecuencia, a acercarse sin dudar, a dormirse sin tener que comprobar tres veces si ___ seguía ahí

Por su parte, __ también cambió, ya no se le veía tan reservada, ni tan distante, era evidente que había bajado las defensas, que permitía a Alice volver a tocar partes de su vida que habían estado cerradas, no por rencor, sino por miedo y uno de los signos más notables de ese cambio... fue Luna.

Donde antes había una tensión evidente —Luna gruñendo cada vez que Alice se acercaba demasiado o mirándola con ese gesto protector que solo los animales parecen entender del todo—, ahora había una extraña complicidad, no una amistad efusiva, claro, pero sí una aceptación silenciosa, Luna ya no se interponía entre ambas como una barrera peluda de celos; al contrario, muchas veces se le podía encontrar acostada a los pies de Alice mientras esta leía o le ayudaba a __ con alguna tarea doméstica

Hubo incluso una tarde, en la que Luna le llevó su juguete a Alice sin que nadie lo pidiera, __ casi derramó su bebida del asombro, Alice, por supuesto, lo tomó como una victoria personal

—¿Ves? —dijo en aquel momento con una sonrisa orgullosa— Te dije que te quería, solo que no lo sabía

Desde entonces, la dinámica de las tres se volvió casi familiar, paseos nocturnos en pareja —bueno, pareja más una mascota entusiasta— cenas en silencio con risas ocasionales, y mañanas perezosas donde Luna se subía a la cama sin permiso y Alice refunfuñaba solo de manera simbólica

Las heridas todavía estaban ahí, algunas más cerradas que otras, algunas que dolían en los días lluviosos o cuando los recuerdos tocaban fibras sensibles pero ahora eran más llevaderas compartidas, habladas, comprendidas

Lo importante es que la relación funcionaba, no como al principio, sino mejor, más madura, más real, menos basada en la perfección imaginada y más en la aceptación mutua, en la decisión diaria de quedarse, en el compromiso silencioso de avanzar juntas, incluso si el camino se desordenaba a veces

Y así, sin que ninguna se diera cuenta exactamente cuándo pasó, volvieron a ser "ellas"




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