Una pócima que puede salir mal.

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|Camelot, XII|

Por el bien del castillo y el de ella misma, plantaron una bandera blanca, y estrecharon sus manos a modo de amistada. Cada vez que Helena iba Camelot, Arabella buscaba nuevas maneras de entretenerse, desde paseos para demostrarle al rey que era capaz de mantenerse tranquila, acorde a su edad y a su posición en el castillo, hasta la búsqueda de recetas para llevar a cabo pócimas nuevas.

Esa mañana se dedicarían a eso. Arabella esperaba a Helena cerca de la biblioteca de Morgana, un poco somnolienta. Se quedó hasta tarde con el rey leyendo cosas relacionadas al reino y lo que implicaba ser una princesa. Todo un reglamento, horarios de próximas visitas, y él, pese a que quedó claro que ella no se casaría con nadie, insistía con una lista de invitados certificados para que tomaron su mano.

La conversación termino con: —Que compitan por ella, si tan capaces son.

Recapitulando, le dio la peor idea de todas, pese al deje de sarcasmo en la voz.

Se enderezó en el lugar al oír a Helena, acompañada por Hisirdoux. Hacia un par de días que no lo veía por tareas reales, y lo primero que hizo al divisarlo fue correr a su encuentro. Se abalanzó contra él, estirando los brazos para capturarlo contra su pecho. Tanto tiempo sin verlo, y siempre se le hacia refrescante cada encuentro. Él parecía tan diferente, aunque seguro se trataba de un peinado nuevo.

—Te extrañe tanto —dijo contra su oído.

Hisirdoux le correspondió el abrazo de inmediato y largó el aire como un suspiro ante su contacto, ante la suavidad de su piel, el aroma fresco de su cabello.

—También te extrañe —murmuró.

Tras unos segundos, se apartaron sin soltarse. Sonreían como lo jóvenes que eran, y el amor que se tenían. Podían oír el corazón del otro, y las mariposas parecían conocerse.

¿Cómo el rey ponía tanta resistencia a su amor? Arabella prefería no buscar una respuesta inmediata.

—Hola Helena —la saludó alegre—. Tengo una idea espectacular.

—Y es acá donde me retiro —dijo Hisirdoux, antes de besar su mejilla.

—¿Por qué no te quedas con nosotras? —preguntó Helena.

El pelinegro dio un paso atrás, y miró de reojo la entrada a la biblioteca de la hechicera. Ante sus ojos era inmensa, con una energía oscura brotar de hasta las viejas bisagras. Torció la boca, seguido de un escalofrío que le hizo tiritar. Morgana nunca fue muy simpática con él, y aseguraba que se mantenía a raya solo por Arabella. Sin ella de por medio, su estadía en el castillo podría ser peor.

—Tengo deberes que hacer —respondió Hisirdoux—. Si, Merlín quiere que ...

Hizo una pausa, no se le ocurría nada.

—Tiene miedo de entrar —dijo Arabella—. Esta bien, mi madre tampoco te querría allí dentro.

Hisirdoux suspiró aliviado.

—Gracias, eres la mejor —dijo, encorvándose relajado.

Se despidió de ella con un beso en la mejilla, acercándose peligrosamente a su comisura, que provocó en Arabella un sonrojo imposible de disimular, mucho menos controlar. Lo vio marcharse, desaparecer al final del pasillo, y sus ojos brillaron emocionada. Su corazón palpitaba emocionado y cosquilleaba el centro de su cuerpo.

—Y bien, ¿Han puesto una fecha para el matrimonio? —preguntó Helena, dándole un leve empujón.

Arabella tiró sus hombros hacía adelante.

Glitter & Gold.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora