|Que las cosas vuelvan a su lugar|

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Había pasado una semana desde que se detuvieron a descansar. Y como cada año, ese momento cayó justo al inicio de la primavera, en el cumpleaños de Nenet.

Italia le seguía pareciendo un lugar agradable. Si nada de lo que paso hubiese sucedido, Circe estaba segura que en ese momento estaría desayunando feliz junto con su hija y esposo.

Frente a un pensamiento como ese, Circe agitó la cabeza. No le gustaba sumergirse en un mundo imaginario como ese. Le daba miedo un día no salir de allí.

Baltimore aun dormía. Le daba la espalda, y le molestaba. Extrañaba cuando la abrazaba para dormir. Y ahora solo se dedicaba a verlo, sin poder hacerlo realmente.

  Claro que no le disgustaba la espalda desnuda de su esposo; una que amaba besar en las mañanas , y conservaba algunas extrañas marcas de encuentros lejanos. Pero en ese momento no deseaban que le diera esa vista.

Salió de la cama, con cuidado de no despertarlo, y antes de irse del cuarto, tomo un grueso abrigo y de paso le dio un suave beso en la frente. Este apenas se movió, y giro en dirección contraria. Otra vez la espalda.

—Increíble —murmuro.

Mientras el agua calentaba, puso un mapa en la mesa, y fue pasando el dedo por cada lugar que visitó. Desde el día en que se llevaron a Nenet, había transcurrido al menos diez años. Tan largos, y lentos por el momento. Cada tanto el tiempo parecía detenerse y hacerse interminable. Causando una gran agonía.

—Quedan muchos lugar por visitar —murmuro—. Quizás deba visitar islas Galápagos de nuevo. Seguro hay una novedad.

Cuando menos se dio cuenta, el agua hervía, y ella no despegaba los ojos del mapa. Unos pasos, algo apurados, se acercaron a donde hacían de comer y evitó un próximo incendio.

—Circe —la llamo Baltimore—. El agua, ¿Quieres incendiar la casa?

Ella no dijo nada. Giro sobre si, y se acercó para saludarlo, sin embargo este esquivó cualquier muestra de cariño de la hechicera.

Frunció el seño, y guardo silencio. Preparo el té para ambos, y corto algunas rodajas de pan. Tomo el dulce fresco que le habían dado hacía unos días, y fue a sentarse al lado de Baltimore.

Este no le dirigía la vista. Veía hacía la puerta cerrada de ese pequeño cuarto que le supo hacer a ella. Tenía un gran ventanal, donde Circe se sentaba a mecer a Nenet.

—Baltimore —le llamo—. ¿Quieres pan? El dulce está muy rico. Creo que es frambuesa, no recuerdo bien lo que me dijo Margarita.

El volteó, y le sonrió. Una sonrisa después de tanto tiempo sin hacerlo. Y a ella se le derretía el corazón cada vez que sucedía, y últimamente no pasaba seguido.

Él tomo su mano, y la acercó a su boca para darle un beso. Circe lo vio con vergüenza, y pronto sus mejillas pecosas se tiñeron de rojo.

No cruzaron muchas palabras luego de eso. Ella lo besaba como cuando era más joven y recién comenzaban su relación. Con la necesidad de que el fuego arda hasta consumir sus corazones. Con temor a separarse por mucho tiempo, de nuevo.

Eran tan lejanos esos recuerdos de juventud. Así como la última vez que recorrió su cansado cuerpo con las manos. Qué la vio con devoción, y la deseo como si fuese la única mujer en su vida.

El desayuno se pospuso, así como cualquier otro plan durante esa mañana.

Circe se quedó viendo al techo. No había pegado un ojo en lo que iba del día. Mientras que Baltimore reposa sobre su vientre, y abrazaba lo que alcanzaba como si ella fuera capaz de huir.

Glitter & Gold.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora