capítulo 22.

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Rio con ganas sentada frente a la doctora Coleman, y niego con la cabeza. Me limpio una lágrima, esta vez por la risa.

—Están locos. Xander y Sasha están locos.

Suelto un gran suspiro tras terminar de relatarle todo lo que hicimos la otra noche y lo bien que me lo pasé con ellos. Bailando Get Lucky por la calle, llevando gafas de sol aunque fueran las dos de la mañana. Me recuesto en mi asiento, casi espatarrada.

—Sabes —reinicio—, es fuerte, pero ahora que me he reconciliado con Mac y también con Sasha, estoy bien con todo el mundo. Quién me lo iba a decir, ¿eh? La infame gimnasta es capaz de enmendar las cosas.

Delaney sonríe, con el portapapeles sobre sus piernas cruzadas.

—Suena a que tuviste una noche espectacular. Me alegra mucho oírlo, Nova. Así que, ¿no tienes problemas con nadie ahora mismo?

—Nop —respondo tranquilamente, moviendo la cabeza de izquierda a derecha.

Ella aprieta los labios, con el ceño levemente fruncido.

—¿Qué hay de tu madre?

La expresión me cambia lentamente hasta que se me borra la sonrisa de la cara.

—¿A qué te refieres?

—A nada —alza las manos—. Es sólo que sé que has tenido dificultades con ella en el pasado.

Me encojo de hombros, incómoda.

—Ahora estamos bien. En plan, no nos gritamos ni nos tiramos pullas así que, ¿para qué hurgar en el tema?

Delaney se limita a asentir despacio, y me saca un poco de quicio cuando anota algo en el papel. Suelto una gran bocanada de aire. Su silencio habla más que mil palabras. Me echo hacia delante, entrelazando las manos.

Alza la mirada cuando vuelvo a hablar.

—La cosa con Jennifer es así: cuando yo tenía unos dieciséis, Katy Perry sacó una canción nueva que me encantaba. Me gustaba tanto que me la puse de politono. Joder, incluso la elegí para mi rutina de gimnasia. ¿Te acuerdas?

—Sí que me acuerdo. También recuerdo que la terminaste cambiando.

Asiento varias veces.

—Unos días después o al cabo de una semana o así, oí la canción desde la radio de la cocina mientras mi madre hacía la cena. Bajé por las escaleras. Y ella estaba como, cantando la letra, y bailando y todo eso. Y fue como que lo arruinó todo para mí. Es decir, ver que la disfrutaba, hizo que yo la odiara. Así que cambié mi tono de llamada y cambié toda mi rutina. Era como que...

—No querías tener algo en común con ella —termina Delaney por mí.

—Exacto. Sigue siendo así, en realidad.

No puedo evitar sentirme culpable nada más lo admito.

—¿Y por qué crees que te pasa eso?

Yo rio un poco, echándome hacia atrás de nuevo. De repente, quiero esconderme.

—No lo sé. ¿No se supone que eso me lo tienes que decir tú?


Vuelvo a casa en autobús, escuchando música con los cascos. Es el mismo bus que cogía del Benjamin Franklin hasta el gimnasio. Excepto que esta vez, en la dirección opuesta. Cuando llego a casa, me voy directa a mi cuarto y estoy dispuesta a pasarme el resto de la tarde en mi cama mirando al techo si hace falta. O algo todavía mejor, puede que me ponga a ver una serie en el ordenador mientras hojeo una revista para evitar la posibilidad de tener algún pensamiento. He leído que Fleabag está bien.

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