capítulo 25.

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Tiene su gracia, en realidad. De hecho, es para partirse.

Paso años intentando asumir el control de una situación, sopesando sus causas y consecuencias. Adaptándome a mis alrededores para que no me culpen por lo que digo, ni tampoco por lo que me callo. El caso es que el equilibrio es algo crucial, y en mi receta particular, echar los ingredientes a ojo no es una opción. Tienes que medir la cantidad exacta. No te puedes pasar de dulce ni tampoco de amargada, ¿me sigues? Espero que lo hagas.

Porque la clave para entender el chiste es que, a la hora de la verdad, nada de eso importará. Al final, todo se va al garete en el momento que menos esperabas, y cuánto te hayas estado esforzando dará exactamente lo mismo. No soy alguien que haga referencias bíblicas, pero... a veces sólo hace falta una cena.

Son las siete. El concierto benéfico de Ariel es más tarde, por la noche. Es como que, superficialmente, no puedo quejarme de nada. Nos hemos juntado en la Linterna China; no tengo que soportar los comentarios de la abuela Babs, que era una versión empeorada de Jennifer —y en paz descanse, amén—; tengo gambas en mi plato. Incluso uno de mis primos, el que peor me cae, no ha venido porque está estudiando en el extranjero. Somos muy pocos (lo cual me parece bien). Papá, su hermana pequeña Lana, los abuelos, Ariel, Charli, yo. Y por supuesto, las estrellas que protagonizan la noche de hoy: Jennifer y su hermano, Richie. Y si creías que Jennifer es un palo, desde que murió Babs... Bueno, digamos que si mi madre fuese una canción, el tío Richie sería un puto bis. Excepto que nadie lo ha pedido.

—No veas con tu camiseta —comenta entre risas. Entre murmuros, contesto que es un top, pero ni siquiera se percata—. No deja nada a la imaginación.

—Richie —le advierte mi padre. Mi tío alza las manos.

—¿Qué? Perdona, Kai, pero es verdad. ¿Cómo la dejas salir con eso?

—A mí me gusta —interviene Ariel amablemente, lanzándome una mirada. Charli asiente y Lana nos respalda:

—Está muy de moda ahora —explica ella—. Supongo que no vas al día, ¿eh?

—Definitivamente, yo nunca me pondría eso —se burla mi tío.

Así son ellas. Todo el mundo gestiona los momentos desagradables de alguna forma. Ariel tira de amabilidad, paz y amor. Lana utiliza el humor para aliviar la tensión. Desearía poder ser como cualquiera de ellas. En su lugar, me paso la lengua por los dientes, sonrío y anuncio:

—Bueno, no te preocupes. Por suerte, no lo tienes que llevar tú —entonces pongo cara de circunstancias—. Por suerte para todos.

Charli escupe su refresco, y luego se queda inmóvil hasta que dejan de mirarla. Yo estoy sonriendo con todos los dientes, mi cara apoyada en mis manos. Jennifer me frunce el ceño.

—Nova —me llama la atención—, ya vale. No seas grosera.

Rio con incredulidad. Durante un minuto, no digo nada. Casi todos me echan alguna que otra mirada pero yo no digo nada; dejo que sigan comiendo y bebiendo, charlando sobre lo mal que está la economía y cómo todos los políticos son unos ladrones. Pero entonces me empiezo a reír por lo bajo, y dejo mis cubiertos sobre la mesa.

—No, perdona. —Sacudo la cabeza—. ¿Cómo que "ya vale"? ¿En serio te vas a poner de su parte?

Le da un sorbo a su copa de vino antes de responder. Está tan tranquila que me pone de los nervios.

—Lo digo en serio, déjalo estar. Tengamos la fiesta en paz, ¿sí?

Asiento lentamente, con las cejas alzadas. Vaya. Lo peor es que sé que, probablemente, debería hacerle caso. Veo las caras de todos y sé que me lo están pidiendo. No des guerra, hoy no. Pero no entiendo por qué me lo están pidiendo a mí. Y a estas alturas, ya ni siquiera se trata de los comentarios de Richie.

—Eso te gustaría, ¿verdad? —me burlo—. Que lo dejara estar. Siempre es "déjalo estar, Nova", "no sigas por ahí". ¿Por qué te da tanto miedo el conflicto? No te supone un problema cuando me tiras pullitas, burlándote de mí.

Jennifer pone una mueca y ríe apenas.

—Me parece que estás siendo un poco dramática.

Entonces soy yo quien suelta una risa, pero la mía es estruendosa. Junto mis manos de forma brusca.

—¡Dios! Eres una falsa. Desde que no tienes trabajo, parece que tu ocupación es controlar y juzgar todo lo que hago. Estás obsesionada conmigo porque no tienes vida propia. No puedo ni cambiarme de bragas sin que hagas un comentario al respecto.

Se levanta de la mesa, hecha una furia.

—¿Disculpa?

—No, no me disculpo. —Yo también me alzo de la silla—. Eres una abusona, y lo peor es que lo disfrutas. ¿Qué tal si dejas de intentar manipular a todo el mundo?

—¿Manipular a todo el mundo? —repite, entre divertida e histérica—. ¿Te has mirado al espejo, guapa? Es lo único que haces. Todos tienen que pensar siempre igual que tú, que nunca te equivocas.

El tío Richie le echa mano al wantán. Nadie de la familia sabe qué hacer, y llegados a este punto, incluso las otras familias del restaurante empiezan a mirarnos. Gruño apretando los puños.

—¡ARGHHH! ¿Por qué me odias?

Jennifer sacude los brazos, desconcertada.

—¡No te odio!

—¡Pero no te gusto! Tal vez si fuera como Ariel, que es la hija que realmente querías.

Mi hermana no sabe dónde meterse.

—¿De qué estás hablando?

—Venga ya, Jenn. ¿Crees que no noto la diferencia entre cómo la tratas a ella y cómo me tratas a mí? Quizá es porque es más dulce, o porque dejaba que la apuntaras a clases de ballet sin desistir. O no, ¡espera! Quizá es porque se parece más a ti. ¿Es eso, Jennifer? Siempre te ha avergonzado que la gente asuma que no soy tu hija biológica, ¿no?

Sólo lo he dicho para provocar, pero mi padre se masajea la frente, y Jennifer ríe con la boca abierta, sin dar crédito.

—Guau, Nova. Es que no voy ni a contestar. Y ¡perdona por haber querido que tuvieras un interés que fuera normal!

Frunzo el ceño. Cuando hablo, mi voz suena floja y confusa.

—¿Qué?

—¿Sabes lo que es —comienza a hablar, y aparto la mirada cuando veo que va a llorar— que tu hija dedique toda su vida a un deporte que podría matarla en cualquier momento? ¿Sabes lo que es enterarte antes por la tele de que ha tenido un accidente, en lugar de que te lo diga ella misma? ¿Y no poder estar ahí? No lo creo. No sabes cuándo parar, Nova. Es como si quisieras acabar contigo misma.

Tanto Ariel como Charli se están aguantando las lágrimas. Yo noto calor hasta en las orejas. Jennifer vuelve a sentarse, como si nada, y se aparta el pelo de la cara.

—Así que si te molesta que te controle, mala suerte —concluye—. Porque soy tu madre y te vas a tener que aguantar.

Tengo los puños muy apretados ahora, y no puedo soportar esto. Nunca había sentido tanta claustrofobia estando aquí, ni en ningún sitio. Siento que tengo kilos y kilos de tortura oprimiéndome el pecho y necesito salir.

—Y yo tengo veinte años —contraataco por fin—, no tengo por qué seguir dejando que me llenes la cabeza de mierda.

Entonces cojo mi bolso y me dirijo hacia la salida. A lo lejos, oigo lo cabreada que suena.

—¡Nova Masipag! ¡Vuelve aquí ya!

Paso por las diferentes mesas como un vendaval. Cuando empujo la puerta, echo a correr, y las lágrimas me nublan la vista. Me detengo detrás de un edificio y rompo a llorar, tanto que me duele el pecho y me cuesta respirar. Apoyo la cabeza en la pared. No puedo parar, y no sé a dónde ir. Espero unos minutos hasta entender que no van a venir a buscarme. No soy nadie por mi cuenta.

No soy nadie por mi cuenta.

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