capítulo 36.

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—¿Qué más has hecho esta semana?

Yo hago memoria, resoplando. Estoy mirando por la ventana de la consulta de Delaney Coleman. Entrenadora, sí. Psicóloga, también. Pero mucho más que eso.

Volver a terapia no fue una decisión difícil. Por muy incómodo, doloroso incluso, que me resulte abrirme de esa forma, la alternativa no era mejor en absoluto. Está claro que algo no ha estado funcionando en mi vida, en mi forma de operar. Sé que debo dejar de poner excusas ahora. Porque no sólo me hacen daño a mí; como una reacción en cadena, afectan a los que me rodean. Es tan bonito como vertiginoso pensar en lo conectados que estamos realmente. No estar solo haciendo algo.

—Fuimos a un partido de Charlotte. Mi familia, Xander y yo.

—¿Qué tal fue?

Yo río un poco, recordándolo. Le cuento que eran las siete de la tarde pero el cielo ya casi estaba negro.

—Masipag, sales a jugar —le dijo su entrenador.

Le llevó unos segundos procesar las palabras, por lo que tuvo que insistirle para que se levantase del banquillo. Se deshizo de su sudadera y se apresuró hacia el campo, recogiéndose el pelo de cualquier forma. Todos chillamos, sobre todo Ariel. Nos sorprendió gritándole al árbitro a pesar de no saber muy bien qué estaba pasando.

Mi hermana golpeó la pelota con el bate y esta fue lejos, muy lejos. Pareció sorprenderse de su propia fuerza, pero el grito de Xander la devolvió a la realidad. Nunca había visto a alguien correr tan rápido. Sin embargo, lo recuerdo como si hubiera ocurrido a cámara lenta. Primera base, segunda base, tercera.

—Hizo un homerun —concluyo, más orgullosa de lo que podría explicar.

Pienso en esa Charli despeinada, en el suelo después de resbalar, sabiendo lo que acaba de hacer por su equipo. Pienso en ella riendo tanto que la sonrisa no le cabía en la cara.

Delaney me avisa de que nos quedan cinco minutos para terminar la sesión.

—Ya veo que han sido unas vacaciones moviditas. ¿Algo más que quieras comentar antes de irnos?

Desde luego, sí lo han sido. Le he contado lo de mi tío Richie, mi discusión con Jennifer, los días en casa de Mac, el día de año nuevo, lo de Sasha. Me encojo de hombros.

—Sí, pero no es nada que no sepas. Creo que he estado gestionándolo bien, todos los cambios, quiero decir. Dejar la gimnasia, volver a terapia y demás, pero... Aún no he explotado, y presiento que va a venir el bajón. Me da miedo pensar en cómo me voy a sentir cuando realmente lo procese del todo.

—Te voy a dar el mismo consejo que alguien me dio a mí una vez —responde, y le presto atención—: no tomes prestado el dolor del futuro.

Yo sonrío un poco, y tengo la sensación de no lograré apreciar la sabiduría dentro de esas siete palabras hasta más adelante. No sé quién soy sin este deporte, quiero decir.

—Tienes toda tu vida por delante, Nova —me recuerda.

Se me escapa una risa irónica.

—Ese es el problema.

Miro a Delaney con seriedad. Esta vez sí, lo digo en voz alta.

—No sé quién soy sin este deporte.

Ella sonríe y me mira con empatía, lejos de pasar por la lástima. De hecho, más bien parece animada.

—No puedo esperar a verte averiguarlo —me asegura—. Me alegra que hayas vuelto.

Y entonces, a la vez, ambas canturreamos:

—Siempre lo hacen.


Después de la sesión, paso por el gimnasio para recoger algunas cosas que me había olvidado en la taquilla. Me echo la bolsa al hombro, intentando no pensar en que quizá sea la última vez. Cuando salgo del vestuario, veo a Mac con su uniforme, fregando el suelo de la salida. Siento que debería hablar con él, tomar la iniciativa en alguna conversación absurda que ninguno queremos tener. Pero entonces pienso en lo que me diría Delaney, qué haría ella en esta situación. Seguramente diría algo como: no tienes que hacer nada que no quieras hacer.

Así que me limito a forzar una sonrisa, y él hace lo mismo.

—Masipag.

Giro la cabeza y me topo con LeBlanc. No pensaba que estaría aquí, pero ahora me siento más relajada en su presencia. A veces me avergüenza pensar en la confianza que tenía en mí, aunque no lo dijera, y pienso que lo he defraudado. Sin embargo, luego pienso que si hay alguien que podría entender mi decisión de irme, es él.

—Hola —lo saludo, alzando las cejas.

Le pregunto por sus vacaciones, si ha hecho algo divertido con su marido. Cómo no, sigue regocijándose en su privacidad, pero había que intentarlo. Me hace valorar todavía más aquel día en que compartió un pedacito de su historia conmigo.

Estoy a punto de despedirme cuando me dice:

—Sabes que siempre tendrás un empleo aquí si así lo quieres, ¿verdad?

Su mirada me brinda algo que llevo meses intentando conseguir, arrancarle de dentro de la forma que sea. No sólo a él, a todo el mundo. Respeto.

Sonrío de una forma extraña, casi traviesa.

—¿Como entrenadora?

—Como ayudante —repone él, dejando caer sus párpados—. Mi ayudante.

Me imagino conduciendo el coche de Jennifer hasta el trabajo, quizá incluso mi propio coche. Llevar el polo azul del gimnasio, el mismo que llevó aquella ayudante de Delaney que no duró más que un mes o dos con nosotras. Me gusta la idea de enseñar a niñas pequeñas a ser más fuertes, pero...

—Por ahora no. Gracias, entrenador.

André me dedica una sonrisa de lado y nos despedimos, por ahora.


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