capítulo 29.

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—¡Cariño, ya estoy en casa!

Desde el sofá, rio por la voz que ha puesto Mac. Acaba de volver de su turno en el gimnasio, y calculo que dispone de un par de horas antes de tener que marcharse de nuevo, esta vez a dar clases. Deja las llaves sobre la mesa del comedor y yo me levanto para saludarle. Sus manos me sujetan con firmeza mientras yo engancho las mías en su pelo, y sus labios se abren justo a tiempo cuando le beso.

Al apartarme, veo que le ha quedado el pelo como si le hubiera pasado la corriente. Se ríe con los ojos abiertos.

—Buenas tardes a ti también —bromea, y mira su reloj—. Se ha atrasado la clase así que si quieres, podemos ir al cine a ver algo.

Niego con la cabeza, sin dejar de mirarle.

—¿No? Vale. Pues cuéntame, ¿cómo te ha ido el día?

—Creo que no lo has entendido. Lo que me apetece hacer, no requiere hablar.

Entonces una sonrisa se asoma en su cara, y se pasea por el comedor.

—Ahhh vale, ya entiendo. Es esto, ¿no? —Señala su mono de conserje y gira sobre sí mismo. —Te gusto con el uniforme.

Me aguanto la risa y asiento. Él también.

—Lo sabía. Vale, me lo dejo pues...

Lo empujo hasta que cae al sofá, y acto seguido me coloco sobre él. Entonces pongo música y Hypnotize de Biggie Smalls suena por los altavoces. Bailo mientras deshago el nudo de mi camisa, luego la lanzo y aterriza en una silla. Él abre la boca, tan sorprendido como divertido.

—Llevas toda la tarde preparando esto, ¿no?

Yo me encojo de hombros y él niega mientras se muerde el labio, atrayéndome hacia sí. Deja besos por mi clavícula a la par que yo desato los botones de su uniforme. Nuestros labios se juntan de nuevo, y le bajo el mono hasta la cintura. Él lleva sus dedos hasta el borde de mi camiseta, y pienso que me la va a levantar cuando se detiene y dice:

—Agh, todo es tan fácil contigo. ¿Alguna vez te he contado que Jake tiene ansiedad?

Mi cara debe ser un poema.

—¿Hm?

—Sí, diagnosticada.

Alzo las cejas, asintiendo. No me puedo creer que haya mencionado a su ex mientras estoy sentada encima de su ya-sabes-qué. Creo que esto es más embarazoso que mi "accidente" delante de todo el mundo en la capital de los dichosos Estados Unidos. Aun así, le sigo la corriente.

—Vaya, qué... fuerte. Siempre se lo veía tan... alegre y positivo.

Mac suelta una risa.

—Ya...

Frunzo el ceño, sonriendo.

—¿Qué?

—Nada, es que... Igual lo parecía por fuera, pero por dentro era un puto desastre.

Ladeo la cabeza. Pongo la música en pausa.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que se sentía inseguro a todas horas. Todo le causaba inseguridad, así en general. Pero me refiero a que siempre estaba paranoico por mi relación contigo, por nosotros.

Por un momento, siento hasta bochorno.

—Vale, pero... ¿Acaso no tenía razones para estarlo?

Mac resopla.

—A ver, supongo, sí. Tú y yo habíamos sido pareja, eso es innegable. Pero al final era un lastre tener que convencerle todo el rato de que quería estar con él, ¿sabes? Necesitaba validación constante. —Hace una pausa para estudiar mi cara—. No me digas que te sientes mal por él.

Me remuevo en mi sitio, incómoda. Y por cómo suena mi voz, podría estar disculpándome perfectamente.

—Bueno, no me siento genial al respecto.

Y debe percibirlo, pues nos quedamos en silencio unos segundos, pero finalmente habla de nuevo.

—Al final tampoco habría importado —me asegura—, porque la persona con la que quiero estar eres tú. Y no puedo hacer nada para cambiar eso. Tenemos que pensar en nosotros mismos, no podemos estar siempre mirando por los demás.

Le sonrío, pero me aparto para sentarme de nuevo en el sofá, rascándome la mejilla. Mac coloca su mano sobre mi rodilla.

—Sólo intentaba decir que me encanta lo sencillo que es todo contigo. Ahora que estamos juntos, quiero decir. Es genial que nos parezcamos tanto, ¿no crees? Los dos somos personas tranquilas, normales.

—¿"Normales"?

Chasquea la lengua.

—Ya me entiendes.

Entonces se me escapa una risa, y me froto la frente con los ojos cerrados. Me lleva unos segundos expresarme como quiero.

—O sea, que te gusta estar conmigo porque no tengo traumas ni problemas.

De repente, siento que estamos hablando de un maldito coche o algo así, de cómo describirlo para atraer compradores. "No viene con rasguños ni averías, está como nuevo". Es decir, no sé. ¿En serio?

Mac me da un empujón con el hombro, divertido.

—Eso es algo bueno, Nova.

Ya, y también es mentira. Me muevo para que su mano deje de tocarme, y me echo a reír. Niego con la cabeza y me levanto, sin dar crédito.

—Mmm, ya. ¿Sabes qué? No puedo.

Tuerce el gesto.

—¿No puedes qué?

—Hacer esto. Nop, no puedo. No va a funcionar.

Suelta una risa que suena más a aire que otra cosa.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

Me limito a asentir, para luego dirigirme a su cuarto. No traje muchas cosas conmigo, pero me dispongo a recogerlas todas. Me aparto el pelo de la cara tras encontrar mis zapatos, y oigo la voz burlona de Mac desde el comedor.

—O sea que te largas, tal cual. Qué sorpresa. Nova la nómada, siempre huyendo.

Me sale una carcajada de bien adentro. Vuelvo a andar hacia él.

—¿Sabes qué, Cory? Este tema ya me cansa. Porque sí, puede que me marchase en su día, y sí, puede que no fuera la mejor novia del mundo.

—¿"Puede"? —ironiza, y me arden las mejillas.

—Pero no te estaba dejando a ti. Me lancé hacia lo que me daba más miedo, tal y como Delaney nos ha enseñado siempre.

Mac se pone a aplaudir mientras me pongo mi camisa.

—¡Gran historia! Pero esto no es una peli sobre superación y perseguir tus sueños. Es la vida real, con personas reales. Todo acto tiene su consecuencia, por si lo habías olvidado.

—¿Cómo iba a olvidarlo? ¡No haces más que recordármelo!

Resopla con pesadez.

—Por favor.

—Y no hace falta que me juzgues por las decisiones que tomé con diecisiete años, yo ya lo hago de sobra. Hice lo que me parecía mejor en aquel momento, que es lo que estoy haciendo ahora también. Así que por mucho que te amargue, no te queda otra que aceptarlo. Espero que lo entiendas.

Entonces me sigue hasta la puerta. La abro y salgo al rellano mientras me pongo el abrigo. Por la cara que pone, sé que ya se arrepiente de lo que me ha dicho, pero yo no. Yo no me arrepiento de lo que he dicho, y ni siquiera estoy triste.

—Entonces —reanuda—, crees que esto ha sido un error.

Respiro pesadamente, y no entiendo como alguien puede pasar de ser tan cruel como si nada a ser la persona más inocente que has visto. Miro para otro lado.

—Creo que si me quedase aquí ahora mismo, sería porque no quiero estar sola. Porque me da miedo afrontar lo que tengo que afrontar. Y eso no sería justo para ninguno de los dos.

Se queda ahí de pie mientras bajo por las escaleras del edificio. Tú ya me conoces, y es por eso que lo digo: no soy la persona más madura del mundo, ni la más correcta. Pero hasta yo sé que eso no estaría bien.

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