capítulo 23.

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Durante mi turno en Vinyl Prix, un cliente me mira demasiado, lo cual me perturba hasta que se acerca a pagar. Entonces me dice algo como "oye, ¿tú no eres Nova Masipag, esa gimnasta famosa de aquí?" y yo le respondo "ya lo creo, tío". Casi pienso que me va a pedir un autógrafo cuando comienza a partirse de la risa, mencionando uno de los memes que protagonicé en su día, cuando me caí. Me limito a sonreírle con todos los dientes una vez le he cobrado, y con una falsa amabilidad, exclamo:

—Vale, ¡que vaya bien!

—¿Puedes darme una bolsa?

—Nop.

Se queda boquiabierto. Sasha aparece a mi lado, con las cejas alzadas.

—Ya la has oído —le suelta—, respeta el medio ambiente.

Lo taladro con la mirada mientras se aleja. Algo me dice que no va a volver. Qué tío. En realidad, cuesta creer que no haya ocurrido hasta ahora. Con discreción, Sasha me pregunta:

—¿Estás bien?

Niego con la cabeza.

—No. No me puedo creer que esta sea la primera vez que me reconocen. ¡Debería ser mucho más famosa!

Me fulmina con la mirada y yo río cuando responde:

—No tiene gracia. ¿Por qué siempre evitas las preguntas serias?

—Eh, ¡mi psicóloga dice lo mismo! ¡Chócala! —Alzo la mano, pero Sasha rueda los ojos con hastío—. ¿No te va ese humor? Lo comprendo.

Por suerte, un cuarto de hora después, las dos nos estamos partiendo de la risa. El padre de Xander ha venido a la tienda y nos está enseñando un vídeo de su hijo cantando "Feliz Navidad" cuando tenía dos años, en calzoncillos. Xander es el que iba en calzoncillos, no su padre.

Nosotros tres no paramos de reírnos; Xander es el único al que no le hace ninguna gracia. Me arrebata el móvil y se lo devuelve a su padre diciendo:

—Bueno, creo que ya es suficiente.

Sasha se queja exageradamente y yo la miro, conteniendo la risa. Justo entonces llega el repartidor con vinilos nuevos. Me dispongo a salir del mostrador.

—Uh, ya voy —les aviso.

Xander me sigue, escandalizado.

—¡Em, ni hablar! No puedes llevar tanto peso con tu mano así.

Claro, mi mano fracturada. Sasha me echa una mirada cómplice. Yo me doy un golpe en la cabeza con la mano buena, haciéndome la tonta.

—Es verdad.

El padre de Xander tiene el cuello abrigado con una bufanda de cuadros. Se dirige hacia mí con una mezcla de preocupación e interés, sus manos en sus bolsillos.

—Qué horrible. ¿Cómo te hiciste daño, Nova?

Dejo la boca entreabierta. Menuda lerda estoy hecha. Regla número uno de cualquier farol: siempre debes tener una coartada. Por supuesto, he estado demasiado ocupada viviendo peor que Britney en el 2007 como para buscarme una.

—Seguro que ni se acuerda —responde Sasha por mí, sonriendo—. A mí me pasó. En un momento estás en el aire, y de repente estás en el suelo, notas un dolor punzante y no sabes ni qué te ha golpeado. ¿Verdad?

Asiento con la cabeza.

—Me lo has sacado de la boca.

Sí que hay algo de verdad en sus palabras. Hace un tiempo ya que aprendí que no se trata de lo bien que se te dé flotar en el aire. Se trata de lo que ocurre una vez llegas al suelo. Recepción. Eso es lo más importante, lo que más machacaba Coleman cuando yo me sentía su fiel escudera. Pero estamos hablando de días en que cumplir años era algo guay y One Direction estaba de moda. Ahora todos sabemos que el grupo no volverá, y que los cumpleaños son los peores días del año.

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