Es la época más agradable del año. Chocolates calientes, jerséis cutres y peleas de bolas de nieve. Vivir entre papel de regalo y ornamentos y, si tienes la misma suerte que yo, librarte de ir al mercadillo navideño. No es que no me guste el mercadillo en cuestión, sino que papá se vuelve loco y nos obliga a coger tantas cosas como nos sea posible. Tiene un poco de Síndrome de Diógenes cuanto se trata de las fiestas, ya sea Navidad, Pascua o lo que sea. Pero este año me he librado con la excusa de la mano.
Voy a ir al infierno cuando todo esto acabe.
Aun así no tengo mucho tiempo libre, porque Jennifer me hace ir a casa de la entrenadora Coleman. Bueno, doctora, ya me entendéis. Me da unos bombones para que se los lleve como forma de agradecimiento por ayudarme, como si esa señora ingiriera azúcar. Estoy bastante segura de que vive a base de batidos.
Incluso antes de llamar a su puerta, ya escucho todo el ruido que viene de dentro. Cuando abre puedo visualizar a sus hijos correteando de un lado para el otro, y a un hombre de su edad que no había visto nunca, el cual está bastante bueno. Me figuro que debe ser su nueva pareja. Alzo las cejas hacia Delaney, asintiendo con picardía.
—Toma ya —digo yo—, bien hecho.
Me mira con los párpados caídos.
—Nova.
—Perdón.
Ella suelta una risa, negando con la cabeza.
—¿Se puede saber qué haces aquí?
—Perdona, no quería interrumpir. Sólo venía a traerte esto. —Levanto la caja de bombones, que para más inri tiene forma de corazón—. De lo contrario, mi madre me mataría.
Le entrego la caja y ella alza una ceja.
—Creía que no te importaba lo que piensa tu madre.
Frunzo el ceño, haciendo un ademán.
—Y no me importa. Sólo estoy intentando mantener el espíritu navideño, ya sabes, por mis hermanas. No quiero presumir, pero me he currado bastante sus regalos, así que... Supongo que sí me hace ilusión que llegue el día, aunque sea sólo por eso.
Delaney asiente lentamente, con una sonrisa.
—Eres buena chica, Nova. Deberías comprarte algo para ti también.
Me rasco la cabeza, con la nariz arrugada.
—La verdad es que llevo tiempo queriendo un vinilo que sólo está en una tienda del centro, pero el hombre es súper borde así que siempre me da miedo ir a preguntar.
Se lo confieso con una risa, aunque no sé ni por qué lo he dicho. Sin embargo, me alegro al recibir su respuesta, que es un:
—Que se joda. Es su trabajo. A veces hay que ser un poco egoístas, hacer lo que queremos y decirle al resto que se jodan. Bueno, tampoco hace falta que se lo digas, que ya te conozco.
Rio de nuevo, asintiendo.
—Vale. Ah, por cierto, también quería decirte que ya no vendré a las sesiones este próximo año. Es decir, te agradezco mucho tu ayuda y todo eso, pero ya estoy mucho mejor, así que...
—No me digas.
—Sí. No creo que la terapia sea para mí, ¿sabes? Pero gracias, en serio.
Ella asiente con el ceño fruncido, y sus hijos y novio nos miran desde dentro. Con su barbilla, Delaney señala hacia la venda en mi mano.
—Ya sólo debe quedarle una semana. Ya sabes, para que se cure.
Sé que esa afirmación es una pregunta. Que me está preguntando qué es lo que va a pasar después. Cuál es mi plan. Pero yo finjo no darme cuenta, porque no me interesa admitirle que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo con mi vida. En su lugar, respondo:
—Feliz Navidad, Delaney.
—Feliz Navidad.
Sonrío con todos los dientes mientras extiendo el vinilo en el aire para observar la portada. Back to Black de Amy, la versión Deluxe. Pink Floyd es mi grupo favorito. Amy Winehouse, mi cantante favorita. Sé que sigue haciendo música en el cielo, y espero que sea lo primero que oiga yo al entrar, si es que no acabo allí abajo.
—Pero su música es tan triste —dice Ariel, sentada en la silla de mi escritorio.
Charli se tira sobre mi cama mientras coloco el vinilo en el tocadiscos. Me observa con la cara entre sus manos.
—Hay que cogerlos por los bordes, nunca por el centro —les explico. Luego frunzo el ceño al procesar lo que ha dicho—. Y las canciones no tienen que ser alegres para ser buenas. De hecho, muchas veces sus canciones hablan de cosas tristes, pero no lo sabrías por cómo suenan.
Consigo ganar el interés de Ariel, que presta atención cuando empieza a sonar Rehab. Y puede que esté delirando, pero siento que puedo identificarme con lo que dice.
—La gente quería que buscase ayuda, pero ella se negaba. Todo eso no le iba. Ella sabía lo que necesitaba, sabía de lo que hablaba.
Charli frunce el ceño. Habla con la mano pegada a su cara.
—¿No murió de una sobredosis?
Abro un poco la boca, pero no sale nada de esta, sólo la dejo así. Entonces les tiendo las manos para que se levanten, pero se miran como si yo estuviera loca. Así que cojo mi cepillo y me giro haciendo playback.
—Cause there's nothing, there's nothing you can teach me —canto dramáticamente, y ellas ríen. Me acerco hacia Ariel y le doy la mano, sin dejar de cantar.
Consigo que se levante y baile conmigo, a lo que Charli tan solo se deja caer de espaldas en la cama. Cada una tiramos de uno de sus brazos para ponerla en pie, y no colabora mucho que se diga, pero lo logramos. Ariel está haciendo piruetas por el cuarto y Charli baila a su rollo, en plan años ochenta. Mientras reímos y la música inunda mi cuarto, pienso en Washington. Pienso en todas las fiestas; en yo bailando delante del chico de turno mientras él estaba en la cama. Antes de darle lo que quería a alguien que nunca sería Mac. Pienso en las competiciones, en el sudor y las lágrimas. Recuerdo las noches sola en mi cuarto. Y sentir un vacío en mi cuerpo que nadie ni nada podría llenar.
Tal vez yo no tenga cura, como si viniera rota de fábrica. Tal vez mi único error haya sido creer que las cosas deberían ser de otra forma.
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Infame
JugendliteraturNOVA MASIPAG no es una buena persona. Sin embargo, sí es una de las gimnastas con más promesa de los Estados Unidos. Con su talento y ambición, iba en camino de las Olimpiadas. Pero cuando sufre un accidente en televisión nacional, Nova se ve obliga...
