capítulo 27.

6 0 0
                                        

—¡Eh, Mac!

El susodicho se da la vuelta. Estamos en la calle, él a punto de meterse en su viejo Mustang. En su lugar, descansa su brazo sobre el coche. Me coloco el pelo detrás de las orejas.

—¿No tenías turno de noche hoy? En el gimnasio, quiero decir —aclaro—. Recuerdo que el anterior conserje trabajaba también los festivos.

Él echa la cabeza hacia atrás y ríe un poco.

—Sí... Trabajé esta mañana para poder venir al concierto por la noche.

Parpadeo varias veces.

—¿En serio? —Él se limita a asentir—.Vaya. No tenías por qué hacer eso. Es decir, si no hubieras podido venir no habría pasado nada. A no ser... Espera. ¿Pensabas que lo de esta noche iba a ser... una cita?

Deja la boca entreabierta durante sólo un segundo. Entonces tuerce el gesto y niega con la cabeza.

—No, para nada. Hace mucho que rompimos, Nova.

—No, ya lo sé. Es sólo que...—Trago saliva, y él me contempla de forma expectante. Termino sonriendo—. Me alegro de que estemos en la misma página. Gracias por venir. Y por, ya sabes, ser un ex alentador y esas cosas.

Los dos reímos con incomodidad, y me rasco el brazo. Levanto la mano como despedida y me doy la vuelta, dispuesta a irme a dónde sea. A unos cuantos metros, visualizo a Ariel y Charli entrando en el coche de Jennifer. Me quedo paralizada. Papá me mira con las cejas alzadas y me llama.

—¿Vienes, Nova?

Sé que lo está intentando. Siempre ha sido el que más se esfuerza. Ojalá eso fuera suficiente ahora mismo.

Creo que Mac debe darse cuenta de que algo va mal, porque oigo su voz a mis espaldas.

—Oye, ¿quieres que te lleve?

No me lo pienso dos veces.

—Eh, sí, gracias.

Me abre la puerta del copiloto y me meto dentro. Espero a que él se siente frente al volante y, durante los próximos cinco minutos, tan sólo conduce. La música de la radio suena apenas. Miro por la ventana y, de vez en cuando, observo su perfil. Ni siquiera estamos hablando, siento que mirarle es un crimen... Cuesta creer que nos hayamos reducido a esto.

Me siento aliviada cuando se gira hacia mí más segundos de la cuenta. Al fin, me pregunta:

—¿Qué ha pasado?

Me encojo de hombros.

—Lo de siempre.

—Jennifer.

Asiento, aunque en realidad no sé por qué he dicho eso. No es lo de siempre. Al menos, no me lo parece.

—Lo siento —añade. El estómago me da un vuelco cuando me aprieta la rodilla.

Durante unos segundos, sólo puedo respirar.

—No pasa nada.

—Pero sé que lo superarás. Siempre lo haces.

Ahora el apretón se ha convertido en una caricia suave, y nunca pensé que un gesto tan absurdamente inocente me podría revolucionar tanto por dentro. Pero entonces aparta la mano.

—Gracias —consigo decir.

—Para eso están los amigos.

Y llegados a este punto, no sé a qué estamos jugando. Sólo sé que me da rabia, y que no tengo energía para ello. Algo me dice que para él es lo mismo. Así que cuando se detiene en un semáforo en rojo, le digo que puede dejarme aquí mismo y que andaré el trecho que queda hasta mi casa. Insiste en dejarme en la puerta pero le aseguro que no hace falta y pronto el frío y las luces de la noche son todo lo que conozco.

InfameDonde viven las historias. Descúbrelo ahora