capítulo 28.

11 0 0
                                        

Los siguientes dos días son lo más parecido a la perfección que existe. Amanezco enredada en las sábanas con Mac. Me he adueñado de su camiseta de Metallica, la de And Justice for All, y la utilizo como pijama. Adoro ese disco, pero sobre todo, la llevo porque sé que le gustaba cuando me ponía su ropa. Cuando me levanto, está haciendo el desayuno mientras escucha la radio. Para ser profesor de baile, se contonea de una forma absurda y cuando le pido que pare sólo lo exagera más. Coloca sus manos en la parte baja de mi espalda y sus besos saben a café y no le importa el aspecto que tengo. No hay Jennifer, ni entrenadores-psicólogos ni nada que valga. Durante los próximos dos días, me siento una persona normal. Y pienso: podría acostumbrarme a esto.

Después de desayunar, vuelvo a tumbarme en la cama de brazos cruzados, con la espalda contra la pared. Ladeo la cabeza y lo contemplo mientras se calza los zapatos. En cuanto termina y se pone en pie, lo estiro del brazo. Ríe al caer a mi lado.

—Me tengo que ir a trabajar.

Evidentemente, no le hago ni caso. En su lugar, me dedico a besarle la mandíbula, y luego el cuello. Ríe casi como un bufido y se levanta como puede.

—Nova...

Pero cuando se gira hacia mí de nuevo ya me he sacado la camiseta, y por poco se atraganta. Me mira de arriba abajo, y yo alzo las cejas. Asiente, como analizando la situación. Y vuelve a trepar por la cama, dándome besos mientras dice:

—Supongo que puedo llegar cinco minutos tarde.

Me parto de la risa.

—¿Cinco minutos? ¿A quién llamas tú "cinco minutos"?


Desafortunadamente, Mac no es el único que tiene que trabajar. Yo también tengo turno en el Vinyl Prix. Y es acojonante porque mientras estoy allí, me empiezo a sentir de una forma completamente antitética a los últimos días. De hecho, no me ocurría hace meses. Y, en realidad, para ser más concreta, no siento nada en absoluto. Durante varios minutos, tengo la sensación de estar levitando muy lejos de aquí. Casi como si estuviera observando la situación desde fuera de mi propio cuerpo. Es decir, sé que Xander me está hablando, y quiero escucharle, pero ahora mismo todo lo que me rodea me resulta extraño.

Sólo regreso, relativamente, cuando Xander me sacude por el hombro. Y por cómo me mira, debo tener cara de haber visto a un fantasma.

—Estás asustando a los clientes.

Pero no hay nadie en la tienda, así que obviamente es ironía. Lo cojo tarde y me río tarde también. Creo que el que está asustado es él.

—¿Estás bien? Llevas, como, cinco minutos mirando a un punto fijo. Al principio creía que me estabas gastando una broma.

Y, te lo juro por Dios, no tengo ni idea de qué me está hablando. Ni siquiera sé cómo contestar. Me limito a sonreír, aunque obviamente no cuela. No cuela para nada.

—¿Estás bien? —repite entonces.

Asiento, apoyando las manos en el mostrador.

—Ajá, sí. Todo bien.

—Va-le... O sea, quiero decir, me alegro. Pero sería normal que no lo estuvieras. Sasha me contó bien lo que ocurrió con tu madre. Tal vez te vendría bien algo de clausura. Has pasado por mucho últimamente.

Si yo te contara. Sonrío de nuevo y niego con la cabeza.

—No pasa nada. Y a lo de la clausura, no hará falta. Me voy a mudar con Mac, así que...

Deja la boca entreabierta y sale una especie de sonido. Parpadea varias veces.

—Guau. Vaya, em, vale. Estoy perdido. ¿No acabáis de volver? ¿Ya habéis hablado sobre eso?

InfameDonde viven las historias. Descúbrelo ahora