capítulo 21.

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No soy la mejor gimnasta que ha pasado por Filadelfia. No, para nada. Y llegados a este punto, ya no me pesa decirlo. Bueno, puede que un poco. El caso es que los contratos, las medallas o cuán lejos te puedas forzar sin romperte no son lo que te convierte en gimnasta. A veces, sólo se trata de talento crudo. De tener un alma pura. Mi problema es que siempre he intentado desafiar la gravedad. Pero no se trata de reírse en su cara: tienes que convertirte en uno con ella.

Eso es lo que hace Sasha Mendoza. O por lo menos, eso es lo que hacía. Me doy cuenta al día siguiente de acompañarla a su rehabilitación. Ya le han quitado la escayola, por cierto. Estoy sentada a la mesa de la cocina con el portátil delante y YouTube abierto. Remuevo mi té mientras contemplo un vídeo de Sasha: su rutina con Let's Groove de Earth, Wind & Fire. Entonces tenía trece años y la sonrisa no le desaparecía de la cara. Recuerdo la estupefacción de los jueces, cómo no podían apartar sus miradas de ella. También recuerdo la emoción con la que vino corriendo hasta mí al terminar, mientras que yo sólo pensaba en cómo superarla.

Cuando termina el vídeo, me sale otro en "Recomendados". Su discurso de graduación.


Me pasé las manos por mi pelo largo. Todavía me llegaba hasta la cintura. Iba masticando un chicle mientras hablaba por mensajes con Mac, sonriendo por alguna estupidez. Bajé las escaleras a la salida del instituto, rodeada de las chicas del equipo que también estudiaban en el Benjamin Franklin. Teníamos entreno de gimnasia al salir de clase y luego, la graduación. Más tarde, fiesta en casa de no sé quién. Lo importante era que iba a ir con Mac.

Las chicas comentaban lo que se iban a poner aquella noche, y Taylor Martin empezó a despotricar sobre cómo su madre había encontrado un vestido idéntico al que Gigi Hadid llevó en un desfile.

—Es el mismo —nos aseguró, asintiendo—. Mi madre conoce al hermano del novio de su diseñador, o algo así. Trabajaron juntos.

Algunas nos miramos de reojo, esforzándonos por contener la risa. Yo puse los ojos en blanco cuando Taylor se dio la vuelta, devolviendo la atención a mi móvil. Sasha estaba callada y se limitaba a andar, sus manos sobre las correas de su mochila.

—¿Tú qué te pondrás, Nova? —preguntó otra de las chicas.

Busqué entre mis fotos del móvil para enseñarles la que me había sacado con el vestido puesto. Era largo y rojo, de tirantes y con escote. Todas jadearon y yo alcé las cejas, con una sonrisa suficiente. La verdad es que me quedaba como un guante, sobre todo si podía quedarme quieta veinte minutos y soportar a Jennifer mientras me hacía su "recogido estrella".

Très chic —comentó Taylor, y se puso una mano en el pecho—. Et très courageux. ¿Lo veis, chicas? Nova es todo un ejemplo a seguir. ¡No hay que perderse una ceremonia sólo porque no puedas permitirte un vestido de alta costura!

Levanté una ceja, de mala baba. Sin embargo, nada iba a estropearme ese día. Me había organizado a la perfección para que todo saliera a mi manera. Salir pronto del entreno para tener tiempo de comprarme el pintalabios que se me había acabado, empezar a prepararme en casa con ayuda de Ariel. Graduarme de la secundaria y luego, por fin, ver a Mac.

—Eh, Nova. —Sasha interrumpió mis pensamientos, cogiéndome del brazo. Hacía bastante que no hablábamos, en plan hablar de verdad, por lo que se me hizo raro. Me la quedé mirando—. Estoy muy agobiada con el discurso de la graduación, no termina de convencerme. ¿Podrías venirte a mi casa y ayudarme? No sé, echarle un vistazo y decirme tu opinión. Te lo agradecería mucho.

—¿Ahora? —pregunté desconcertada, sin dejar de andar. Quería alcanzar a las otras para coger el bus hasta el gimnasio—Hay entreno, Sasha.

Se apresuró para seguirme el paso.

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