capítulo 31.

5 0 0
                                        

O sea, no me puedo creer que haya dicho eso. ¿Cómo me has dejado decir eso? ¡Creía que podía contar contigo! Creía que, a estas alturas, me avisarías para que mantuviera mi bocaza cerrada. Pero supongo que una vez has sido (yo, no tú) un desastre total, siempre serás un desastre total.

Por suerte, la madre de Sasha irrumpe en el cuarto segundos después de eso, con el prometido tupper. Y sé que se lo tendré que devolver, pero ahora mismo no lo veo claro. Sólo siento vergüenza a medida que me alejo de su casa. Bueno, y otras cosas. Pero no tengo tiempo de detenerme a analizarlas. Porque, para bien o para mal, Sasha Mendoza me ha inspirado. Y por primera vez en lo que parece una eternidad, me veo capaz de hacer lo único que siempre he querido. Lo único en mi vida que nunca ha variado.

Tal y como esperaba, la puerta trasera del gimnasio está abierta. Y esta vez, no hay conserjes que se valgan. Cory no trabaja hoy, así que no sé quién seguirá por aquí. Lo único que sé es que parece que no hay nadie, y eso me basta.

Me pongo mi top de deporte y leggins cortos, pues al parecer había dejado un par en mi taquilla. Mientras me coloco en la estera, me invade una ráfaga de pensamientos. Mi cuerpo se está buscando la vida para ponerse al día con mi cerebro. Es raro darte cuenta de que no eres intocable. De que todo lo que ocurre sí te afecta, y mucho. Las cicatrices que llevo —ya sea por dentro o por fuera— lo dejan bastante claro. Quiero seguir creyendo que soy invencible. Pero no lo soy.

Tras estirar y poner la canción, comienzo a moverme. No tengo una rutina: me limito a improvisar. Cierro los ojos. La voz de H.E.R. me hace sentir que entro en otro reino, al ritmo de Hold On. Y me deslizo, sí. Y bailo, y salto, y supongo que se podría decir que vuelo. Pero trato de olvidarme de mi técnica, e intento centrarme en cómo me siento. Me aseguro de llenar el espacio. Eso es lo importante.

I can't wait too long, I don't wanna keep

It's hard to sleep

I wanna be free

Estoy llorando, y también estoy enfadada, pero no me voy a detener. Lo bueno es que esta vez, no me estoy haciendo daño. Creo que esto es lo más sano que he hecho en mucho tiempo.

Cuando la canción termina estoy respirando muy fuerte; mi pecho sube y baja. Me quedo quieta en mi sitio hasta que escucho unos aplausos pausados pero atentos. Doy un respingón. Creo que en el fondo, no me sorprende ver a LeBlanc. Se encuentra en uno de los vomitorios, pero comienza a bajar por las gradas. Puede que sea la primera vez que no sé qué decirle, así que me espero a que hable él. Y entonces lo hace.

—¿Soy yo —pregunta, casi como un regodeo— o esa rutina es lo mejor que has hecho desde que llegaste aquí?

Me pongo las manos en la cintura, todavía recuperando el aliento.

—Gracias, aunque no es una rutina.

—Puede que no lo sea aún, pero tiene el potencial de serlo.

Ladeo la cabeza, sonriendo un poco.

—¿Me acaba de hacer un cumplido?

Él alza una ceja, sin dar crédito.

—Masipag, me caes mucho mejor cuando eres modesta. Cuando llegaste arrastrándote para ocupar el lugar de Sasha, no me imaginé que serías tan...

—¿Diva?

Pone cara de circunstancias.

—Lo has dicho tú, no yo.

Aprieto los labios en una línea recta, asintiendo. Me dirijo hacia las gradas.

—Bueno, no se preocupe por eso. Ya no me lo tengo tan creído. De hecho, no me lo creo para nada.

Me dejo caer en la primera fila de gradas. Él me observa de brazos cruzados, sus gafas sobre su cabeza.

—Los extremos no son buenos. ¿Nunca lo has oído?

Tiene gracia que lo diga: mi vida entera ocurre en los extremos. No me veo capaz de encontrar el punto medio y, aunque lo fuera, no sabría cómo seguir desde ahí. Tras secarme la cara con los brazos, sacudo la cabeza.

—No quiero sonar borde ni nada de eso pero... ¿qué quiere de mí? Pensaba que me odiaba. Sin embargo, me acaba de ver haciendo gimnasia cuando se supone que tengo la mano fracturada. Soy el mayor fraude del mundo. Debería estar arrastrándome fuera de este gimnasio por la coleta, y aun así...

Dejo de hablar cuando LeBlanc ríe un poco. Me observa de brazos cruzados antes de suspirar. Acto seguido, se sienta a mi lado, con un asiento de por medio. Y justo cuando creo que no podré seguir soportando el silencio, va y suelta:

—André White.

—¿Cómo dice?

—Ese es mi verdadero nombre —me explica.

Yo alzo las cejas.

—Vaya. White, ¿en serio?

Suelta una risa que suena como aire.

—Sí. No queda tan glamuroso como André LeBlanc, ¿verdad? Ya sabes algo de mí que el resto no sabe.

Me sale una risa incómoda y tengo que pensarme cómo proceder.

—No se ofenda, pero no creo que fingir una... —Me agarro al asiento y bajo la mirada—. Dos, lesiones, sea comparable a cambiarse de apellido. Lo suyo no es algo de lo que avergonzarse.

—No he dicho que sea comparable. Pero no eres la única que se avergüenza de su pasado. No me cambié de apellido sólo porque este suene mucho más fabuloso—rueda los ojos, y yo me río—. Me lo cambié porque André Collins me recuerda a alguien que ya no quiero ser. Un chico gay de Alabama que dice salir con su mejor amiga para que sus padres estén contentos. Bueno, o por lo menos, no se lo negaba cuando lo asumían. Un chico que se esfuerza por tener interés en "cosas de hombres" pero pasa sus noches viendo videoclips de Destiny's Child.

—¿Fingió salir con una chica?

—Sí —responde horrorizado. Termina sacudiendo la cabeza, y alza las cejas—. El caso es que hice todas esas cosas, pero yo no soy esa persona. De hecho, nunca lo fui.

—Ya, pero yo sí. Soy exactamente lo que ellos decían que era.

—¿Y quiénes son "ellos"?

—Pues, todos. Y tenían razón en llamarme de todo menos guapa. Soy la peor persona que conozco, básicamente.

LeBlanc emite un sonido pensativo que me desquicia por completo. Guarda silencio unos segundos antes de hablar, con sus manos sobre sus rodillas.

—No sé, Masipag. No me preguntes por qué, pero... Tengo la sensación de que nadie te machaca tanto como tú. Y no me refiero a cuando estás en la estera. Aunque ahí también te pasas —me asegura, riñéndome—. Mendoza me dijo que te encontró entrenando en la barra sin supervisión.

El color me sube a la cara nada más recordar ese día. En realidad, no recuerdo casi nada.

—¿Qué más le contó?

—Nada. —Alza las manos, y sé que dice la verdad—. Estaba preocupada por ti. Está claro que le importas, y viceversa.

Rio con ironía.

—No sabía que hablabais tanto —bromeo. Pero LeBlanc se encuentra inexpresivo, y yo acabo suspirando—. Sí, es muy buena chica. Mucho. Nos... entendemos muy bien ahora.

—Casi desearía que no tanto. No me gustaría que a la hora de luchar por vuestro puesto en el equipo, no lo dierais todo. Sasha pretende ganarse su lugar otra vez, desde cero, pero sólo hay uno a llenar. Tenéis una situación bastante Hollaback Girl entre manos.

Suelto una risa y me impulso para levantarme.

—Bueno, no hace falta que nadie ponga a Gwen Stefani. Sasha estaba aquí antes que yo. Y en mi caso, lo único que debería estar rellenando es un formulario para entrar en un psiquiátrico. La gimnasia ya no es lo que era para mí. Llevo tiempo sin estar... bien.

LeBlanc también se levanta, y aunque no se ha ensuciado, sacude sus pantalones.

—Sé que crees que no, pero sería una lástima que te marcharas. Eres importante, Nova, entérate de una vez. Piénsatelo, ¿de acuerdo?

De acuerdo.

InfameDonde viven las historias. Descúbrelo ahora