capítulo 34.

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Debo reconocer que le he tomado el pelo más de una vez a mis hermanas. En ocasiones, tras enseñarle alguna canción a Ariel, he hecho comentarios como "por suerte para ti, esta sólo tiene cuatro acordes" sólo para fastidiar. No tengo claro por qué es un requisito genético que las hermanas nos hagamos la vida imposible de vez en cuando, ni por qué su opinión vale el triple que la del resto.

Todo lo que sé es que cuando llego a casa esa noche y escucho las primeras notas de "Wish You Were Here", por un momento estoy convencida de estar oyendo un disco. Sin embargo, es mi hermana quien toca Pink Floyd. Sabía que había mejorado en los últimos meses, pero no era consciente de cuánto. Sonrío cuando empieza a cantar y me acerco a su cuarto en silencio, para no asustarla y que pare.

So, so you think you can tell heaven from hell? Blue skies from pain? Can you tell a green field... —Se interrumpe a sí misma cuando se equivoca—. Can you tell a green field from a cold steel rail? A smile from a veil? Do you think you can tell?

Estoy sonriendo tanto que me duele la cara. Ariel me ve en el reflejo de la pantalla de su ordenador y se lleva una mano al pecho. Lleva pantalones de pijama y mi camiseta de Fleetwood Mac. Me mira entre risas.

—Qué susto, Noni.

—Suena genial —le aseguro—. Creía que no te gustaba Pink Floyd.

—No me gustaban —coincide—, hasta que me enseñaste más canciones suyas. Esta es mi favorita.

Asiento con la cabeza. Lo comprendo.

—Bueno, no pares por mí. Voy a cenar algo.

—Nova —dice antes de que pueda moverme, sujetando su guitarra—. ¿Has dejado la gimnasia por aquello que dijo mamá? Ya sabes... en la comida de Navidad.

Se mordisquea el labio y sé que le da vergüenza mencionarlo. Que se avergüenza de no haberme defendido, y que ni ella ni Charlotte saben por qué no lo hacen. Yo misma he pasado noches en vela intentando resolverlo. ¿Por qué nunca dicen nada? Yo lo haría. He podido concluir en que la respuesta es, que no hay una respuesta. No sé por qué actúan de la forma en que lo hacen, ni por qué yo lo hago. Lo cierto es que a veces no hay una razón, una fórmula secreta para entender por qué las cosas son como son y si la hay, creo que no quiero encontrarla.

—No. Lo he dejado porque necesito recordar por qué empecé.

Ella asiente, como si con eso bastara para entenderlo. Entonces pregunto:

—¿Has cenado ya?

Ariel niega con la cabeza, casi con miedo a que la regañe.

—He estado practicando y se me ha ido la hora —reconoce, y a continuación pone su mejor cara de hermana pequeña—. ¿Me puedes hacer algo a mí también...? Y cenamos juntas. Yo aporto la música en directo.

Me sonríe con todos los dientes. Yo suelto una risa, sin dar crédito.

—¿Qué quieres?

—Un sándwich de queso fundido está bien.

—Ahora te lo traigo.


Es la mañana del treintaiuno de diciembre, el último día del año. Pero si me dijeses que es cualquier otro día, me lo creería. No siento nada especial, nada distinto en el aire que me lleve a imaginar. ¿Cómo será el año que viene? No cuento con grandes expectativas. Lo único que me persigue son las ganas de vomitar, presentes cada vez que pienso en contarle la verdad a los que me rodean. La verdad sobre mi accidente.

Me arrepiento de haber abandonado las sesiones con Delaney. Ella sabría lo que debo hacer. Primero, fui su alumna. Más tarde, su paciente. Ahora no tengo claro cuál es nuestra relación, y es deprimente.

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