𝙋𝙚𝙧𝙢𝙞𝙩𝙚𝙢𝙚 {𝘾𝙚𝙨𝙖𝙧 𝙋𝙖𝙧𝙧𝙖 𝙮 𝙏𝙣}
💌𝑺𝒆𝒈𝒖𝒏𝒅𝒂 𝑻𝒆𝒎𝒑𝒐𝒓𝒂𝒅𝒂💌
-Y es que eres tú
La mujer que yo soñaba
Que algún día me acompañara
Y poderla presumir
[...]
No fue falta de amor.
Fue falta de palabras.
Entre silencio...
El sonido de la alarma a las 5:30 ya no me molesta. Me he acostumbrado a despertarme con el cuerpo más que con la mente, como si fuera un reflejo automático. Me levanto, enciendo la cafetera y reviso mi agenda mientras el agua empieza a hervir. El primer photoshoot es a las ocho, pero tengo que pasar por el estudio antes para checar el vestuario y firmar unas cosas. Luego, reunión por Zoom con la marca de maquillaje, y en la tarde, cena con las chicas. Otro día lleno. Justo como quiero que sea.
La casa está en completo silencio. Solo el sonido de la cafetera burbujeando y el leve murmullo del agua en la regadera cuando me meto a bañarme. No escucho a César, pero sé que está ahí. En la cocina, seguramente. Siempre se despierta antes que yo últimamente, como si no pudiera dormir bien. A veces pienso que me espera para hablar, pero no dice nada. Y yo tampoco pregunto.
Salgo del cuarto ya lista, maquillaje ligero, bolso en mano, y justo cuando estoy a punto de abrir la puerta, lo escucho.
Cesar: ¿A qué hora regresas hoy?
No lo miro. No quiero. Su voz se me clava en la espalda, no como un reproche, sino como un intento suave, cansado.
—Tarde —respondo, abriendo la puerta sin detenerme.
Podría haberme girado. Podría haber dicho algo más. Pero no lo hago. No puedo. Si empiezo a hablar con él, todo se desmorona. Y no quiero romperme hoy. No hoy que tengo tantas cosas que hacer.
--------------------
El set es hermoso. Flores por todas partes, luces cálidas, un ambiente cuidado al detalle. Me reciben con sonrisas, me maquillan mientras revisamos el vestuario, y una parte de mí se relaja. Aquí puedo fingir que todo está bien. Aquí no tengo que enfrentar preguntas ni silencios incómodos. Solo tengo que posar, sonreír, actuar como si mi mundo no se estuviera viniendo abajo.
Durante un descanso, reviso mi celular. Luis me ha escrito.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
-¿A qué hora quieres que te pase a buscar? 12.30am
-Vale ya confirmó. Luna también va. 12.32am
- ¿Quieres que lleve vino para la noche? 12.35am
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Le respondo que sí, que me pase a buscar a las seis. No sé si tengo ganas de salir, pero tampoco tengo ganas de volver a casa temprano. A casa… a César… a esa tensión insoportable que crece cada vez que nos cruzamos en el pasillo.
--------------------
Luis: ¿Lista para una tarde sin dramas? —me dice desde el auto, con esa sonrisa suya que parece saber más de lo que dice.
—Necesito más de una tarde así —respondo riendo, aunque la risa no me sale del todo natural. Estoy cansada, pero agradecida de tener planes. Agradecida de no estar encerrada en cuatro paredes donde todo huele a palabras no dichas.
El restaurante donde nos encontramos es pequeño, acogedor, con luces tenues y paredes cubiertas de plantas. Vale ya está ahí, con Luna a su lado. Andrea llega unos minutos después, y Lillian también. Todas hablan a la vez, se ríen, piden cocteles. Me siento en medio de ellas y por fin respiro.
No menciono a César. Nadie lo hace al principio, aunque sé que todas lo notan.
Andrea empieza a hablar de un chico que conoció en una fiesta, Vale se queja del estrés que le esta dejando una campaña y el encargado neurótico, Luna cuenta de su última salida con sus amigos, y Lillian cuenta una anécdota de una fan que la confundió con su mamá. Todo fluye, se siente normal, se siente… bien.
Hasta que Luna, con toda su naturalidad, lanza la pregunta que todas esquivan con la mirada.
Luna: ¿Y tú? ¿Cómo estás en tu matrimonio con mi brother?
La mesa se queda en silencio por un segundo. Me tardo en responder.
—Bien —digo, bebiendo de mi copa de vino. —Solo… mucho trabajo últimamente.
Lillian: Te ves cansada —agrega con un tono suave.
—Es el ritmo —digo con una sonrisa que no llega a los ojos. —Pero me gusta tener la cabeza ocupada.
Nadie dice nada más, pero las miradas hablan por ellas. No soy tonta. Sé que notan lo que pasa. Que adivinan que algo no va bien.
--------------------
Regresé a casa tarde esa noche. Luis me dejó en la esquina para evitar que César viera el coche. No le pedí que lo hiciera, simplemente lo hizo, como si entendiera que no quiero dar explicaciones. Ni a César, ni a nadie. Caminé hasta la puerta sintiéndome más ligera… y al mismo tiempo más vacía.
La casa estaba en silencio. Otra vez. La televisión encendida en la sala, con el volumen bajo. La luz de la cocina apagada. Lo busqué con la mirada, pero no lo vi. Supuse que estaría en el cuarto. Subí sin hacer ruido, me cambié de ropa, me metí a la cama. Él estaba de espaldas, despierto. Lo supe por su respiración. Por cómo se tensó cuando me metí bajo las cobijas.
No dijo nada. Yo tampoco.
Ya ni siquiera intenta hablar conmigo. Antes, lo notaba insistente. Me preguntaba qué me pasaba, si podíamos hablar. Se acercaba. Buscaba momentos. Pero ya no. Ahora solo está ahí. Como si también estuviera contando los días. Como si el silencio fuera más cómodo que arriesgarse a una pelea más.
Y eso me duele más que cualquier discusión.
Porque al menos cuando discutíamos, sentía que le importaba.
Ahora solo parece… cansado.
Y yo… yo solo sé huir.
--------------------
Los días siguientes fueron una copia del anterior. Trabajo. Reuniones. Más fotos. Salidas con las chicas. A veces con Luis, a veces sola. Siempre buscando estar fuera. Siempre evitando llegar temprano.
Cada noche, él me preguntaba algo corto. Y yo respondía lo mínimo. Una rutina disfrazada de convivencia.
Pero una parte de mí empezaba a sentirlo.
La forma en que ya no me esperaba en la cocina con café.
La manera en que ya no me mandaba mensajes durante el día preguntando cómo iba todo.
Las noches donde se dormía antes de que yo llegara, o fingía hacerlo.
La forma en que poco a poco... estaba dejando de luchar.
Y aunque yo había sido la que se alejó primero, no podía evitar sentir cómo algo dentro de mí se quebraba al ver que él estaba empezando a dejarme ir.
Sin decirlo.
Sin hacer drama.
Simplemente… rindiéndose.
Y eso me dolía más que cualquier grito, cualquier reclamo, cualquier discusión.
Porque el silencio era peor que el enojo.
Porque el silencio… se sentía como el principio del final.