33.

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𝐂𝐄𝐒𝐀𝐑 𝐏𝐀𝐑𝐑𝐀.

No fue de un día para otro. No hubo un momento exacto en el que dije “ya no más”. Fue algo que se fue acumulando. Como una gota constante, una tras otra, hasta que simplemente me rendí.

Los primeros días intentaba acercarme. Le hablaba, buscaba su mirada, proponía salir, preguntaba cómo estaba. Me inventaba cualquier excusa para verla sonreír, para encontrar un poco de esa calma que antes teníamos en casa. Pero ella no estaba.

O sí estaba, pero no conmigo.

Estaba en su trabajo, en sus eventos, en sus fotos, en sus mil pendientes diarios. Estaba con las chicas, con Vale, con Lillian, con Luna, con Andrea. Estaba, cada vez más seguido, con Luis.

Y eso me pesaba más de lo que quería admitir.

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La primera vez que empecé a dudar fue una tarde cualquiera. Estaba en la cocina, regresando del trabajo antes de lo normal. Había comprado su café favorito, uno de esos tontos gestos que me gustaba tener con ella. No era una gran cosa, pero me ilusionaba la idea de sorprenderla. De tener un momento que rompiera la rutina tensa que nos envolvía.

La escuché riendo en el patio. No era su risa cualquiera. Era esa risa suave que usaba cuando se sentía cómoda. Cuando alguien le agradaba.

Me asomé. Y ahí estaba él.

Luis.

Sentado frente a ella en una de las bancas, hablando de algo que no alcancé a oír. Pero la forma en que ella lo miraba, esa cercanía... me dolió. Porque hacía semanas que no me miraba así a mí.

Con quien se reía asi, en una tarde libre como esta, era conmigo, no con el.

Y lo peor es que no estaban haciendo nada fuera de lugar. No estaban tocándose, ni diciendo algo que yo pudiera reclamar. Solo estaban ahí. Tan cómodos. Tan... conectados.

Me metí sin hacer ruido y dejé el café sobre la barra. Me encerré en el cuarto como un cobarde.

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Después de eso, me volví más callado. Pero seguía intentando. Le preguntaba si quería ver una película, si quería salir a cenar, si podíamos hablar. Siempre tenía algo. Una junta, una sesión, una cena, una salida con las chicas. Siempre salía tarde. Siempre llegaba más tarde aún.

Y entonces, una noche, me encontré con Luis.

Fue de casualidad, en una gasolinería. Él no me vio al principio. Yo iba saliendo de pagar, y lo vi sentado dentro de su coche, solo. Dudé un segundo, pero al final caminé hasta su ventanilla. Él bajó el vidrio con esa expresión nerviosa que siempre tiene cuando no sabe cómo leerme.

Luis: ¿Está todo bien? —preguntó.

—Eso deberías decírmelo tú —le respondí. Y ahí supe que algo no andaba bien.

Luis no es idiota. Y tampoco sabe mentir bien. Se tensó, bajó la mirada, y murmuró un “no es lo que parece” sin que yo siquiera dijera nada.

—¿Qué no es lo que parece, Luis?

No respondió. Solo negó con la cabeza.

Y ese silencio fue peor que cualquier confesión.

No dije nada más. Me alejé, subí a mi coche, y conduje sin rumbo por más de una hora. No necesitaba que me lo dijera con palabras. Su cara lo dijo todo.

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Desde entonces, dejé de insistir.

No por orgullo.

𝙎𝙞,𝙎𝙞 𝙚𝙧𝙚𝙨 𝙩𝙪 {𝘾𝙚𝙨𝙖𝙧 𝙋𝙖𝙧𝙧𝙖 𝙮 𝙏𝙣}Donde viven las historias. Descúbrelo ahora