30.

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𝐍𝐀𝐑𝐑𝐀𝐃𝐎𝐑 𝐎𝐌𝐈𝐂𝐄𝐍𝐓𝐄.

-Semanas atras


Un mensaje apareció en la pantalla de César justo cuando terminaba su café de la mañana.

Elizabhet_ibarra: Podemos hablar? En serio necesito decirte algo.

Leyó el texto varias veces antes de responder. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que hablaron que la idea de verla de nuevo le resultaba extraña.

Desde que ella se calmó tras su matrimonio, él no había sentido la necesidad de buscarla ni de cerrar el ciclo con más palabras. Pero ahí estaba, pidiéndole una oportunidad para hablar.

Cesar: Ok. Dónde?

Elizabhet_ibarra: Donde sea que te sientas cómodo.

Eligió una cafetería tranquila, lejos de miradas conocidas. No quería que nadie malinterpretara la situación. Cuando llegó, ella ya estaba ahí, removiendo la cuchara en su café sin mucha atención.

Se sentó frente a ella, cruzando los brazos.

—¿Qué querías decirme? —Su tono era neutral, sin intención de hacer la conversación más difícil de lo necesario.

La Gorda levantó la mirada, tragando saliva.

—Quería pedirte disculpas.

César se mantuvo en silencio, esperando a que continuara.

—Sé que no tengo justificación. Fui una mierda contigo… y con ella. Lo sé.

Él se mantuvo en silencio, dejando que hablara.

—Te falté al respeto en muchas formas. Te busqué cuando no debía, me obsesioné con cosas que ya no eran mías, dije cosas horribles de ella y… —hizo una pausa, tragando saliva—. Y hasta la golpeé.

César tensó la mandíbula. Ese era el punto que más le costaba olvidar.

—¿Te acuerdas? —Ella se rió sin humor, agachando la mirada—. Estaba peda, sí, pero no es excusa. No sé ni qué me pasó. Me ganó la rabia, la envidia, no sé. Me arrepentí en cuanto lo hice, pero ya era tarde.

César se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.

—¿Por qué hasta ahora?

Ella suspiró.

—Porque hasta ahora tengo la madurez para reconocerlo sin buscar excusas.

Él la miró, tratando de ver si había sinceridad en sus palabras. No quería caer en otro juego.

—¿De verdad cambiaste? —preguntó César, sin rodeos.

Ella asintió con firmeza.

—Mira —continuó ella—, estoy en una relación. Y estoy bien. No quiero problemas, no quiero malentendidos ni que pienses que busco arruinar lo que tienes. Solo quería cerrar esto bien.

—¿Tu novio sabe que estás aquí?

—Sí. De echo, el me animó a hablar contigo. Dice que es bueno cerrar ciclos, aunque sea tarde.

César asintió lentamente.

—Quiero disculparme con ella también —agregó—. No espero que me perdone, pero quiero hacerlo.

César suspiró, pasando una mano por su cabello. No estaba seguro de si su esposa querría escucharla. Después de todo, ella había sido la más afectada por la obsesión de La Gorda.

—No sé si ella va a querer escucharte —admitió—. Pero eso ya no depende de mí.

—Lo entiendo.

Hubo un momento de silencio entre ambos.

—Lo que hiciste… —César tomó aire, eligiendo bien sus palabras—. No fue solo inmadurez, fue jodido. No solo hablaste mal, hiciste daño.

—Lo sé.

César frotó su nuca, suspirando. Parte de él aún desconfiaba. Pero otra parte, la que había compartido años de historia con ella, le decía que tal vez valía la pena intentarlo.

—Pero si de verdad cambiaste… podemos intentarlo. Como amigos.

Ella sonrió con un toque de nostalgia.

—Como antes.

—Como antes —repitió César, sintiendo, por primera vez en años, que quizás el pasado por fin estaba quedando atrás.

El mesero interrumpió el momento trayendo otra ronda de café. César miró su taza, recordando cuando antes compartían conversaciones sin preocupaciones.

—¿Y cómo es él? —preguntó finalmente.

—¿Quién?

—Tu novio.

Ella sonrió levemente, removiendo su café.

—Es bueno para mí. Es paciente, tranquilo. Me ayudó a darme cuenta de muchas cosas.

César la observó por un momento. Había algo diferente en ella. No la intensidad de antes, no la desesperación por atención. Parecía… en paz.

—Me alegra —admitió finalmente.

Ella lo miró con cierta sorpresa.

—¿De verdad?

—Sí. Si esto significa que ya no va a haber más problemas entre nosotros, entonces sí, me alegra.

Ella soltó una pequeña risa, como si hubiera estado conteniendo la respiración.

—Gracias.

El silencio que cayó entre ellos ya no fue incómodo. Fue uno de esos silencios que significaban más que las palabras.

Por primera vez en mucho tiempo, no había rencor. Solo el eco de lo que alguna vez fueron.

Y quizás, el inicio de algo nuevo.


1/ ?









Que fuerte, ¿Qué pensamos?.

Lo prometido es deuda chulitas, las quiero.
Oigan, si no comentan ni votan , bye.

𝙎𝙞,𝙎𝙞 𝙚𝙧𝙚𝙨 𝙩𝙪 {𝘾𝙚𝙨𝙖𝙧 𝙋𝙖𝙧𝙧𝙖 𝙮 𝙏𝙣}Donde viven las historias. Descúbrelo ahora