Treinta y Tres.

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Nathalie había perdido la cuenta de cuántas veces había revisado los vendajes, los moretones, las cicatrices nuevas que aún no terminaban de cerrarse, podía ser cualquier día, podía no ocurrir nada más allá de la quietud sofocante de la guarida, p...

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Nathalie había perdido la cuenta de cuántas veces había revisado los vendajes, los moretones, las cicatrices nuevas que aún no terminaban de cerrarse, podía ser cualquier día, podía no ocurrir nada más allá de la quietud sofocante de la guarida, pero para ella no había descanso si no confirmaba que él estaba bien.

Gabriel permanecía sentado, con la camisa abierta, dejando que ella hiciera su ritual de revisarlo, a pesar de que las heridas casi habían sanado, sentía cómo el rubor le trepaba al rostro cada vez que sus dedos rozaban su piel con tanta delicadeza.

—¿Otra vez preocupada? —Murmura, con una sonrisa ladeada, intentando disimular lo nervioso que estaba por su cercanía.

—No puedo evitarlo… es solo que… —Nathalie no aparta la vista de la cicatriz de su costado. 

El roce de sus dedos sobre esa marca la detiene, un nudo le cierra la garganta, y al notarlo, intenta retirar la mano como si hubiera tocado algo prohibido, pero él se lo impide, sus dedos atraparon los de ella, sosteniéndolos con suavidad.

—Esto no es tu culpa —Gabriel inclina un poco la cabeza, buscándola con los ojos—. Yo volé demasiado cerca del sol.

—Pudiste haber muerto. —Su voz se quiebra apenas, llena de un miedo que todavía la perseguía.

El hombre sonríe, su mano, aún entrelazada con la de ella, la guía despacio hasta su pecho, justo sobre el latido firme de su corazón.

—Y sin embargo, sigo aquí… porque tenía una razón para volver.

El calor del contacto en su pecho, la seguridad de sus dedos atrapando los de ella, la forma en que la miraba como si no existiera nada más en ese encierro todo la hace vibrar. 

Ella no estaba acostumbrada a que alguien fuera tan abierto, tan directo con lo que sentía, él, en cambio, parecía no guardarse nada, no temía desnudar su corazón en cada palabra.

—¿No te agrado con cicatrices? —Pregunta casi inseguro con la voz baja. 

—¡No es eso! —Su voz sale con urgencia, como si temiera que él pudiera creerlo—. No pienses así, nunca —Lo observa fijamente, con la determinación encendida en sus ojos—. Te amo con todo lo que eres —Añade, y su voz se suaviza—. Me siento responsable, eso es todo.

—No deberías —Suspira con ternura, apretando un poco su mano—. No hiciste nada.

Nathalie baja la mirada, aunque sus manos se mueven por voluntad propia, siguiendo el contorno de su pecho, rozando su piel como si buscara convencerse de que realmente estaba ahí, vivo, con ella. 

Sus dedos dibujaron líneas suaves sobre él, y en ese momento, él la toma con lentitud de la cintura, atrayéndola poco a poco hacia sí, hasta que la tuvo completamente pegada a su cuerpo.

Ella alza la vista, atrapada por la profundidad de esos ojos que parecían querer sostenerla para siempre.

—Si estar marcado es el precio, lo pagó mil veces, porque al final, todo me trajo aquí, contigo.

Como una polilla cazando en la oscuridad  ‖Gabenath‖Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora