Veintiuno.

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La luz matinal se filtraba a través de las cortinas, tiñendo la habitación con un resplandor dorado

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La luz matinal se filtraba a través de las cortinas, tiñendo la habitación con un resplandor dorado.  

Nathalie parpadea, una, dos veces, sus ojos tardaron unos segundos en enfocarse por completo.  

La confusión la envuelve de inmediato; el techo que veía no le resultaba familiar, era liso, amplio, decorado con molduras discretas, así no era el suyo.  

Algo estaba mal.  

La habitación a su alrededor era espaciosa, elegante, pero completamente desconocida, la cama era amplia, había cortinas gruesas de tonos claros, una cómoda de madera oscura con un espejo grande y refinado.  

Todo demasiado sofisticado, demasiado elegante y definitivamente no era suyo.  

El desconcierto la invade, sus manos, aún sobre las mantas, se crisparon levemente, su instinto le exigía moverse, estar alerta mientras sus pensamientos comenzaban a ordenarse lentamente.  

Recordaba haber salido en el paseo en barco, recordaba estar en el auto después; el vino, el cansancio y entonces…  

Nada.  

No recordaba el resto, había cerrado los ojos un breve segundo o eso había creído y ahora estaba allí, en un lugar desconocido.  

Nathalie se incorpora con rapidez, apartando las mantas de su cuerpo, sienta los pies en el suelo.    

En ese instante, alguien llama a la puerta, él sonido era suave, educado pero la toma por sorpresa, sus músculos se tensan de inmediato.  

—Adelante. —Suelta con la voz más firme que puede, aunque la desorientación aún la invadía. 

La puerta se abre lentamente y ahí estaba Gabriel, de pie con una leve sonrisa, pero había algo diferente, él llevaba un delantal atado sobre la ropa, de esos que se usan para cocinar.  

Negro, simple, con un par de manchas de harina y lo que parecía un leve rastro de salsa cerca del borde.    

—Buenos días, me alegra ver que ya despertaste. —Su voz era suave, muy serena, como si todo aquello fuera lo más natural del mundo.  

Él da un par de pasos hacia el interior de la habitación, sin perder la sonrisa; la confusión en su rostro era evidente, pero ella intenta disimularlo.  

—¿Estoy en tu casa? —Él asiente con la misma tranquilidad.  

—Te quedaste dormida —Explica —, y decidí que era más seguro traerte aquí, espero que no te moleste. —Su voz era genuina, sin atisbo de segundas intenciones.  

Nathalie cruza los brazos sobre su regazo y lo mira con fingida severidad —¿Decidiste llevar a una mujer dormida a tu casa? —Pregunta con tono serio.  

El hombre la observa con algo de sorpresa, se queda en silencio, ¿Estaba molesta? De pronto, una leve preocupación se instala en su pecho, no había pensado mucho en ello la noche anterior, solo había querido asegurarse de que estuviera segura, de que pudiera descansar sin peligro, pero, ¿Se había precipitado?  

Como una polilla cazando en la oscuridad  ‖Gabenath‖Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora